lunes, 28 de julio de 2008

Habla bien del problema del mal


Ya van dos post acerca del problema del mal: uno por Wanderer y otro por viven.


Espero que el tema les interese porque vendrán muchos más, es un tema que, paradójicamente, me tiene mal.


Mientras llegan otros quiero compartir unos textos no muy conocidos de San Agustín agrupados en un libro que creo que lo han llamado "83 cuestiones diversas", si alguien pide precisiones lo buscaré.


¿El hombre es malvado, siendo Dios su creador?

Ningún hombre sabio que actúa hace perverso al hombre. En efecto, no es pequeña semejante culpa; más aún, es tan grade que no puede caber en un hombre que sea sabio. Ahora bien, Dios es superior a todo hombre sabio. Luego, mucho menos Dios creador hace perverso al hombre. Porque la voluntad de Dios es mucho más excelente que la del hombre sabio. En consecuencia, cuando se dice que Él es el Creador, se dice que Él lo quiere. Luego es un vicio de la voluntad lo que hace perverso al hombre. Vicio que, si está tan lejos de la voluntad de Dios, como lo demuestra la razón, es preciso investigar en qué consista.

¿Cuál es la causa de que el hombre sea perverso?

Para que el hombre se haga perverso, la causa está o en él mismo, o en algún otro, o en nada. Si está en la nada, no existe ninguna causa. Si por en la nada se entiende en el sentido de que el hombre fue hecho de la nada, o al menos de los elementos que fueron hechos de la nada, la causa estará de nuevo en él mismo, porque su cuasi-materia es la nada.

Si está en algún otro, hay que investigar si está en Dios, o en otro hombre cualquiera o tal vez en algo que no sea ni Dios ni hombre. Pero no está en Dios, porque Dios es la causa del bien. Si en el hombre, está o por la fuerza o por la seducción. Por la fuerza, de ningún modo: ¡cómo va a ser más fuerte que Dios!, ya que Dios creó al hombre tan perfectamente, que, si él quisiera permanecer perfecto, ninguno se lo podría impedir. Si concedemos que el hombre se pervierte por la seducción de otro hombre, habría que investigar de nuevo: este seductor por quién fue pervertido. En realidad, un seductor semejante no puede no ser malvado. Nos queda un no sé que, que no sea ni Dios ni hombre. Pero, sea lo que sea, o emplea la fuerza o la seducción. Si la fuerza, ya queda respondido arriba. Si la seducción como sea, porque la seducción no obliga al que no quiere, la causa de su perversión vuelve a la misma voluntad del hombre, ya sea pervertido con o sin seductor.

El mal

Todo lo que es, o es corpóreo o es incorpóreo. Lo corpóreo está contenido por la forma sensible; lo incorpóreo, por la forma inteligible. Ahora bien, lo que es no está sin una forma. Y donde hay una forma, necesariamente hay una medida y un modo, es algo bueno. Luego el sumo mal no tiene modo alguno, porque carece de todo bien. Por consiguiente no es, puesto que no es por forma alguna. Y todo este nombre de mal se deriva de la privación de forma.

¿No es Dios el autor del mal?

A quien es autor de todas las cosas que son, y a cuya bondad pertenece únicamente el que sea todo lo que es, no puede pertenecer en modo alguno el no ser. Todo lo que falta, deja el ser de aquello que es, y camina hacia el no ser. Pero ser y no fallar en nada es el bien, fallar es el mal. Más aún, aquel a quien no pertenece el no ser no es causa del fallar, es decir, del caminar hacia el no ser, porque, diciéndolo de una vez, es la causa del ser. En consecuencia, únicamente es la causa del bien, y por tanto Él es el Sumo Bien. Por lo cual no es autor del mal quien es autor de todas las cosas que son, porque en tanto son buenas en cuanto que son.

miércoles, 23 de julio de 2008

Mal...pero ¡viven!


Hace unos días, a raíz de un post ajeno, hice una primera incursión en un tema apasionante: el problema del mal. Un evento, del que les contaré seguidamente, me dió pie para volver, desde otro ángulo, al mismo problema.

Pero antes de adentrarnos en la cuestión a plantear quiero hacer una advertencia preliminar. Como aclaré también en ese post, el problema del mal admite, basicamente, dos perspectivas: el mal físico y el mal moral. El mal es siempre privación; en el caso del mal moral privación de rectitud (para resumirlo mucho) y en el caso del mal físico se trata de una privación que podríamos llamar "ontológica" de acuerdo con la naturaleza, es decir, falta algo que la naturaleza requiere. Como se puede comprender facilmente de lo dicho el mal físico puede sobrevenir como consecuencia del mal moral (propio o ajeno) o independientemente (un rayo me hizo perder un brazo).

En uno de los comentarios se me impugnó la distinción que acabo de reseñar. Dado que se trata de una distinción universal y que el impugnador no propuso otra ni dió razones de su impugnación, la mantengo. Si surgieran objeciones las charlamos.

Vamos, ahora sí, al tema del post que adelanto desde ya que trata acerca del "mal físico".

Esta semana fui invitado (y asistí) a un evento empresarial. El mismo consistía en una conferencia dictada por uno de los sobrevivientes de la "tragedia de los Andes" (popularizada por la película "Viven"): el señor Nando Parrado.

(Una acotación: lo presentaban como uno de los mejores "speaker" del mundo. Me quedé con la palabra speaker... me resultó espantoso que designen la labor de alguien como "speaker". Me suena a "hablador" o "charlatán".)

Aunque calculo que todos conocen, en más o en menos, la historia (si no saben de qué hablo lean los links antes de seguir) quiero puntualizar algunas cosas a tener en cuenta:

- El avión, al momento de impactar contra la montaña, volaba a velocidad y altura crucero (para que imaginen la fuerza del impacto).

- Los sobrevivientes al impacto quedan a más de 4.000 metros de altura con temperaturas por debajo de los -30º (sí, 30 grados bajo cero).

- El primer objetivo de todos era mantenerse con vida hasta que llegara el rescate, es decir, nadie pensaba en moverse (que lo veían como imposible) sino en construir (con los restos del avión) un refugio que los mantuviera con vida.

- Transcurrieron 72 días hasta que los rescataron.

- A los diez días del accidente escuchan (por una radio que pudieron armar) que se habían suspendido las búsquedas e intentos de rescate, se los consideraba muertos y ya nadie los buscaba.

De toda la charla lo que más despertó mi inquietud intelectual fue una pregunta hecha por una asistente al finalizar y su respuesta.

Pregunta: De los 72 días ¿cuál fue el momento más feliz y el momento más doloroso?

Respuesta: El más feliz fue, sin dudas, cuando ví al huaso que luego organizaría el rescate. El más doloroso fue cuando escuchamos que no nos buscaban más, fue como escuchar nuestra sentencia de muerte, era como pasar a un paredón de fusilamieto donde lo único claro es que vas a morir.

Hasta aquí los hechos, ahora dos pequeñas (porque se alargó todo demasiado) reflexiones sobre la respuesta.

En primer lugar me parece que esta respuesta espontánea (no fue parte de la charla) funciona como un dardo letal para los materialistas más enanos: los mejores y los peores momentos tienen que ver con la conciencia de la muerte (el peor) y del rescate (el mejor) más que con las cosas mismas. Es decir, dos momentos que un animal no hubiera entendido en su significación real son los que mueven el espíritu y calan más hondo que cualquier dolor "físico" (o material, para no confundir con el mal del cual hablamos).

En concreto (específicamente en el tema del mal físico) me llamó la atención que considerara como el peor mal un hecho imperceptible (de nuevo, en su real significación) físicamente. Una persona que pasó frío y hambre (vivió tres días comiendo UN maní con chocolate), que comió la carne de sus amigos, que estuvo en coma tres días y se despertó con la cabeza abierta pudiendo tocar su interior, soportó los primeros dos impactos del avión contra la montaña, perdió a su madre en el impacto, sostuvo un día a su hermana hasta que falleció en sus brazos, etc, etc. De todo eso (valoraciones aparte) lo peor fue el escuchar la noticia, es decir, la percepción conciente del mal más que su realidad efectiva.

El mal físico (en el sentido de opuesto al moral) más terrible anidó en el espíritu y no en el cuerpo. Quizás aquí encontremos una pista importante para su combate.

La segunda cuestión tiene que ver con el sentido que tiene el mal físico. En la teología católica se entiende siempre que Dios tolera o quiere el mal que nos sucede para sacar de allí un bien (sea físico o moral).

En el caso resulta muy patente. El peor mal que sufrió (según su confesión) fue, en definitiva, su salvación. Es decir, hasta el momento en el que escuchan que los consideran muertos todas sus fuerzas estaban dirigidas en subsistir (al frío, al hambre, etc) hasta que llegara el equipo de rescate. La noticia, si bien los desanima durante varios días, les otorga la certeza de que sólo dependen de sí mismos. Si no hubieran recibido la noticia (el peor momento que enfrentó) hubieran muerto indefectiblemente en la espera del rescate, jamás hubieran intentado cruzar la cordillera ¡¡¡¡caminando!!!!

El sentido purificador del dolor tiene las más variadas interpretaciones y vetas dentro de la teología católica pero, en definitiva, se trata de que para el cristiano no hay resurrección sin muerte, ni vida sin cruz pero, justamente, la muerte nos trae vida y la cruz la salvación.
Natalio

viernes, 18 de julio de 2008

Hércules el miedoso


El héroe más fuerte de toda la mitología universal es Heracles (Hércules para los romanos). Heracles es el instruido, el poderoso, el que nunca fue vencido... por otro.

Sí fue vencido por sí mismo, se dejó vencer por la ira (mató a varios por arrebatos que no pudo controlar), por el orgullo (protagonista principal en sus derrotas afectivas), por el miedo... Tanto lo venció el miedo que lo llevó al suicidio. Se suicidó por el miedo, por esa especie de angustia al futuro inminente incierto que proviene de mirar hacia el pasado con horror. Heracles sabía que el miedo tiene esos dos componentes, el pasado y el futuro, pero que no mira al presente, sino que huye de él. Tanto lo sabía que en centro de su escudo (según Hesíodo) aparecía Fobes, la personificación del pánico, del horror, una figura indescriptiblemente horrorosa, que miraba hacia atrás con ojos de fuego, mientras apuntaba hacia adelante con dientes rabiosos. Heracles tenía esa figura en su escudo, porque sabía que infundir miedo es la forma más barata de ganar un combate, porque el enemigo pierde el dominio de sí, pierde su libertad, pierde su humanidad.

Lo que nos dice Hesíodo (entre otros formadores de este mito) es que el miedo es uno de los motores negativos más grandes del hombre. Y no tenemos que ir tan atrás en el tiempo. El miedo es el causante de las enfermedades psicológicas que son epidemia en este siglo XXI (depresión sin causas fisiológicas, ansiedad, stress). Leí un supuesto informe de una Universidad de UK en el que se dice que estas enfermedades causarán más muertes en los próximos años que todo el resto de las epidemias juntas. Sea esto cierto o no, al menos es verosímil.

El miedo siempre es causa de mal. No existe lugar para el bien cuando se pierde la libertad (y la pérdida de la libertad es la consecuencia directa del miedo). Los ejemplos son tantos como los vicios del hombre (por eso, mirándonos a nosotros mismos, podemos cambiar nuestra realidad enfocándonos en perder los miedos). Puede verse en regímenes totalitarios pasados y presentes como el miedo del gobernante lleva al resentimiento, a la tiranía. Igual que en el caso de Heracles, el tirano vive intentando trasladar el miedo a los demás. En el plano individual, podemos ver que la avaricia se origina en un miedo a no poseer, la soberbia en un miedo a no ser, la ira en muchos miedos, según el caso, etc... pareciera que los únicos vicios que no se relacionan directamente con el miedo son los que provienen en forma causal del concupiscible, pero no tengo idea al respecto.

Volviendo a Grecia, Heracles es una gran muestra de que el miedo es invencible por el hombre, por más que se esfuerce, por sus propios medios (lo mismo ocurre en el caso de Edipo; donde toda su tragedia se inicia por miedo de sus padres, y continúa por los suyos propios). El héroe hijo de Zeus (en una de las versiones), el más instruido, más fuerte, más invencible, murió de miedo.La única forma de vencer el miedo, entonces, no pasa por el hombre. Sólo se lo vence teniendo el único temor que no es temor, el temor a ofender a Dios, y por su intermedio, el temor a las faltas de amor contra uno mismo y los demás.

La única forma de vencer al miedo es teniendo confianza en Dios. Con El todo se puede. El abandonarse a Él es la única forma de no dejar abandonado al hombre que somos.



Gregorio Santopoco

jueves, 17 de julio de 2008

Vaya un pollo por tantas gallinas


Hoy, mientras me cambiaba a la mañana, escuché la noticia.

Asomaron lagrimas en mis ojos, de verdad, me emocioné. No es que crea que todo está resuelto ni mucho menos, otro día intentaré analizar más a fondo la cuestión. Me parece que era tanta la desesperanza que el resultado me sorprendió hasta la emoción.

Sólo quería compartir una imagen.

Me regodeaba imaginando a Néstor en Olivos cantando esta preciosa canción de Charly.

Natalio

Pd: Por fin puedo cantar esta letra sin que me choque.

Pd1: Me hicieron reir los Fabulosos Cámpora

lunes, 14 de julio de 2008

La pasión: una discusión apasionada (parte I)


Desde que salió La Pasión (hecha y dirigida por Mel Gibson) se armó un despiporre fenomenal entre todas las filas católicas (y, en general, en las cristianas y otras religiones pero no es el tema).

Se escucharon voces en todos los sentidos y para todos los gustos: "es una carnicería"; "está inspirada por el Espíritu Santo"; "es morbosa"; "Mel Gibson es el profeta de la cristiandad"; "es el evangelio según Hollywood"; "al que no le gusta es hereje"; etc, etc, etc..... Entre espadas y cimitarras cualquier opinión es tildada de algo para diestra y siniestra.

En este contexto voy a dar mi opinión sobre el tema en dos posts (en principio). En el primero (que es este como habrán imaginado) voy a adentrarme en la cuestión desde el punto de vista general. En el segundo abordaré las cuestiones que suscitó la película con mi opinión al respecto.

Empecemos por lo general.

A decir verdad, el tema me resulta realmente complicado. Cualquier intento de hacer nuevamente visible a "la imagen visible del Dios invisible" me parece horrenda, peligrosa y casi sacrílega. En definitiva se está creando, de un modo conciente, una caricatura.

Esto se agrava cuando luego vemos a Cristo disparando armas de fuego en otro canal o la bellísima Magdalena desnudándose en otra película. El problema de este punto creo que está en la necesaria sacralidad para referirse a Dios. Es decir, elegir lo mejor y separarlo para Dios. En este sentido no creo que hubiera sido tan difícil para Gibson elegir actores desconocidos (o no tan masivamente conocidos como en el caso de María) aunque, evidentemente, tenía que haber algo de show.

Los problemas que mencioné en cuanto a la imposibilidad de recrear la imagen de Cristo con algún sentido y la necesaria sacralidad (en cuanto separación de la obra en todas sus partes del resto de las cosas) me han llevado a un amor por la iconografía donde encuentro un equilibrio estable.

Ahora bien, si no fuera católico la cuestión terminaría allí, pero resulta que la Iglesia nos ha enseñado en su Tradición a rezar "con y por medio de" imágenes. En este lugar se impone una aclaración: muchos "católicos" (de esos que hacen gala de su formación y catolicismo) no tienen reparos en autoproclamarse "iconoclastas". El uso de la palabra, y peor su significación, son hartamente peligrosos en tanto es algo expresamente condenado por la misma Iglesia (II Concilio de Nicea).

Y entonces debemos recapitular lo dicho, en cuanto a la recomendación de las imágenes, a la luz de un "por qué".

En primer lugar porque la imagen posee un lugar privilegiado en el proceso de conocimiento humano, en tanto afianzamiento de lo percibido. Cuando lo percibido es, justamente una imagen, el conocimiento se acelera considerablemente. Esto que se sabía con claridad desde el punto de vista de la epistemología, traducido vulgarmente como "una imagen vale más que mil palabras", leí hace poco que tiene ahora también una explicación médico-neurológica. La enseñanza de la Iglesia en lo referido a esto pasa por la explicación de la encarnación como último fundamento de la necesidad de las imágenes.

Y en segundo lugar porque la imagen es siempre un signo que remite a algo significado. Si nos quedamos contemplando la imagen sin remitirnos a lo que ella nos conduce somos como el tonto que mira el dedo cuando éste señala la luna. Aquí la enseñanza de la Iglesia impone hacia las imágenes el trato, respeto y veneración que se le debe a lo que representan.

A esta altura se podría discutir si lo dicho respecto de las imágenes vale, sin más, para una película. Creo que la cuestión es muy compleja y, sin ánimo de resolver la cuestión, arrojo (sin mucha convicción) mi opinión al respecto: merece respeto por lo que evoca pero no veneración (en tanto hay actores y una interpretación de por medio).

Esto es demasiado por hoy, la seguimos en la próxima. De todos modos, invito a gente de buena voluntad a tirar ideas que colaboren en el discernimiento de la cuestión.

Natalio.

viernes, 11 de julio de 2008

Caperucita debe matar al lobo

Un psiquiatra de niños -Betheleheim- afirma en un reciente libro que los niños educados con cuentos de hadas no necesitaron terapia psicoanalítica de adultos.

Los cuentos a los que se refiere son -en su mayoría- los de los hermanos Grimm (los famosos filólogos que indagaron en el mito y folclore germano y dieron a luz Caperucita, Cenicienta, Hansel y Gretel, etc.), pero en sus versiones originales. Este último detalle no es menor, porque esas versiones son extremadamente crudas, especialmente en sus finales. Encontramos desde zapatos de hierro al rojo vivo que matan a sus malvadas portadoras al son de un baile frenético, a malvados quemados vivos en hornos o despeñados en un barranco.

Si pensamos nuevamente la idea y la analizamos a la luz de esos cuentos, nos llamará seguramente la atención que este autor es -antes que literato- psicoanalista... y de niños. ¿Cómo justifica un psicoanalista, entonces, esa tesis?

Según él (habría comprobaciones de gabinete), el niño se enfrenta en estos cuentos con los problemas existenciales universales; comprende el bien y el mal; las consecuencias del buen y mal obrar; encuentra su sentido religioso en interacción con la vida real; se enfrenta a la muerte, a la pérdida de los padres, a la soledad, al miedo, al fracaso, y, en todos los casos, sale, junto con los protagonistas, victorioso. Además -todo según sus palabras- los cuentos plantean naturalmente la dimensión religiosa y la intervención de Dios. Tiene sentido. Y con respecto a los finales, al parecer no son traumáticos para el niño, ya que hay una especie de destino natural comprensible, un cierto derecho natural que termina premiando a los buenos y castigando a los malos, que el niño puede comprender y aceptar como natural. Los malvados de los cuentos cumplen en sí las predicciones que Hesíodo anticipa a los jueces que -sobornados- favorecieron a su hermano Perses en la repartición injusta de la herencia.

Y el parecido a Hesíodo nos lleva a pensar que quizás lo que se esconde detrás de la tesis de este psiquiatra es la siguiente: el niño que es educado con sentido de la existencia de un orden natural no necesitará terapia: sobrellevará la muerte de otros, la soledad, la tristeza, el fracaso, el mal que le hagan. Entenderá mejor el mundo que lo rodea y comprenderá también que Dios no es un ser lejano (y separado de su cotidianeidad) sino un Dios fuerte y vivo que lo acompaña en cada paso.

El resultado ideal de esta educación será el mismo que el del joven Neoptolemo en el Filóctetes (de Sófocles) que, cuando es inducido por Ulises a mentir (para recuperar el arco de Heracles por medio de un engaño a Filóctetes) pregunta qué cara hay que poner para decir una mentira tan mala, porque la mentira es extraña a su naturaleza. Lo opuesto a esta educación es la locura del Ayante (también de Sófocles) que, creyendo que mata a sus enemigos la emprende con carneros y corderos. ¿Por qué? Porque sus ojos están cambiados (hechizados por Atenea) y ven sólo lo que otros (otra) quisieron que vea.

Atenea es igual a esos padres que ocultan lo que ellos creen que será perturbador para el niño y le dibujan ad hoc un mundo rosado. Lo que no tienen en cuenta esos padres es que el niño experimenta ya en su primera niñez la soledad, la angustia... Estas experiencias quedan fuera del alcance de ellos y no pueden ser afrontadas con naturalidad y sin culpa. El resultado es que tendrán el doble trabajo en su juventud (y siempre existe la posibilidad de que el trabajo sea vano, como en el caso del Ayante, que desesperó). Mejor matar al lobo antes de que crezca. O, lo que es lo mismo, siempre es más fácil encontrar el cauce del arroyo cuando el río que es su fuente está cerca.

Nuestra sociedad está formando locos. Estudios y estadísticas lo confirman cada día. Quizás esto podría empezar a cambiarse con más cuentos al borde de la cama y más tragedias griegas al borde de la adolescencia. Caperucita debe matar al lobo cuando todavía es Caperucita.
Gregorio Santopoco
Pd: el dibujo es de Doré

jueves, 10 de julio de 2008

Blogroll comentado III: Cruz y Fierro


Otro blog de acceso cotidiano es Cruz y Fierro.

Es una suerte de diario-agenda de un gran sector. Todo el universo derechoso-católico-tradicional-hispánico confluye, de un modo natural, en este espacio cibernético.

El contenido es doble. Por una parte, uno encuentra noticias de: charlas, Misas, conferencias, libros, seminarios, blogs, etc y por otra: artículos, extractos de libros o comentarios propios del posteador.

Lo interesante del caso es el modo de maniobrar entre tantas especies distintas. Creo que este es el gran logro del blog: une por lo que tienen en común gente y sectores de lo más variados, de un modo moderado (pero no tibio) y amplio (pero no tontamente ecuménico).

En este sentido, sus links a diversos blogs, páginas o revistas no tiene desperdicio. Todas las vetas y colores del sector están expuestas una junto a la otra. Un lector poco prevenido puede creer que Cosmín y Antonito son pareja en el truco o que Panorama y Radio Cristiandad tienen el mismo director. Sería divertido juntarlos a todos en un lugar cerrado durante un par de horas; una riña de gallos sería un episodio de los teletubbies, en comparación.

Un punto fuerte es la colección de libros virtuales que ofrece, algo de verdadera utilidad.

En definitiva, un lugar de gran contenido cultural e intelectual que funciona, a la vez, de agenda o noticiero de cuestiones realmente importantes.


Natalio

martes, 8 de julio de 2008

El carácter de Don Juan

Juan Cuatrecasas, en su ya famoso: "Psico-biología general de los instintos" añade un apéndice titulado "El subconciente colectivo de Don Juan Tenorio". Si bien no me parecen sensatas las bases de Young y Adler que utiliza y cuestionaría el título mismo, creo muy interesante este nuevo aporte a las teorías de los "donjuanes". Esos personajes, ya míticos, ya históricos, recreados por autores de casi todas las lenguas, se caracterizan, como todos sabemos, por blandir su inmadurez conquistando diversas mujeres y retando a duelo a diversos hombres.

Cuatrecasas menciona al Don Juan de Byron, al de Puchkin, al de Shaw, al de Moliere y al de Tirso, pero se limita al caso del Don Juan de Zorrilla, quien tiene su instinto de conservación deformado en prepotencia, irritabilidad, altivez y afán de pelea y su instinto de reproducción deformado en histeria, multiplicación de sus apetencias, falta de concentración de la voluntad y superficialidad. La crisis de ambos instintos en la formación del carácter dan como resultado un egocentrismo exagerado, que termina en la consecuente enajenación e irrealidad en la formación de juicios.

El análisis resulta muy interesante cuando analiza las causas de la conducta de Don Juan. Por un lado, la falta de firmeza de voluntad propia en el encause de los instintos; por el otro, la necesidad de contraste con su padre Don Diego, con el comendador y con todo otro personaje masculino que aparezca como autoridad. El caso de Don Diego es muy interesante y realmente responde, su análisis, a una realidad incontrastable: un padre autoritario, poco interesado por su hijo, viciosamente escrupuloso, rígido e hipócrita es un buen caldo para que un hijo salga torcido (sólo un caldo, porque la principal responsabilidad, como es obvio, es del propio torcido). También es admitible la simplificación, por reducción, que incluye en ese caldo de cultivo a una sociedad poco amistosa, viciosa, rígida e hipócrita (y no hay necesidad de acudir al presunto subconciente colectivo como lo hace). Lo que no parece admisible es que meta al gran Felipe II en la misma bolsa y llame a la corrupción de la sociedad española (de una sociedad cabelleresca a una sociedad de apariencias y descomposición interna) "felipismo". Tampoco parece razonable que se le atribuya a Carlos I y a su hijo ya mencionado"obsesión necrofílica". Lo que Cuatrecasas confunde con "religión teatral de los muertos y la ultratumba" es exactamente lo contrario: una religión de vivos, con conciencia del tránsito que significa la muerte. Felipe II está de paso por el mundo, como buen cristiano; de ahí su ascesis y su austeridad; de ahí su grandeza y su sentido psicológico y moral de distinción entre lo importante y lo banal.

En realidad, Cuatrecasas falla, a mi entender, por intentar analizar a Zorrilla, como autor, por un lado, como fruto de su época, por el otro, intercambiando el análisis con el de su personaje: Don Juan. Al querer analizarlos juntos no ve lo principal. Don Juan no es un invento de Zorrilla (por eso no es tan distinto de los "donjuanes" mencionados, como pretende). Es un joven muy infeliz, que personifica una fábula que resulta aleccionadora y educativa en casi todas sus versiones. Aleccionadora y educativa, justamente, para la formación del carácter, que es la formación en la virtud y el camino hacia la felicidad.



Gregorio Santopoco




Santopoco aporta mucho: un nuevo colaborador

En estos tiempos de presentaciones quiero presentar a un nuevo colaborador del blog.

Su nombre es Gregorio Santopoco, afamado intelectual de muchas tierras.

Como podrán ir viendo sus temas están más relacionados con la literatura, la psicología, la mitología, etc. Verán que es completamente distinto en cuanto a los enfoques, los modos y las citas pero, en el fondo, es prácticamente lo mismo.

Los dejo con él y con su foto.

Natalio

viernes, 4 de julio de 2008

Arte sin seducción


Hace un par de día vimos (con mi hermosa esposa) "El arte de seducir" (o algo así). Una de esas películas que uno ve porque es, en las noches que no hay ganas de leer, lo que resulta más potable de la paupérrima programación del cable (ni hablar de la televisión abierta).

La película cumplió decentemente su cometido: distraernos un rato sin ser nada digno de recomendar.

Se trata de una gran parodia al arte moderno, focalizada en una universidad de arte. Es muy buena la caricaturización de la universidad y los especímenes que concurren.

De hecho, la trama consiste en un chico joven (el que eligió al actor se sacó un 10) que entra con vocación por la pintura pero se encuentra con la realidad de esos ambientes: los que tienen verdadera vocación artística son una reducidísima minoría, mientras que el resto son tipos con serios problemas de personalidad y un profundo vacío interior.

La caracterización de los personajes es realmente muy buena (John Malcovich o como se escriba está impecable).

Más allá de los detalles fílmicos (de lo que no tengo ni la remota idea) me gustó el modo de plantear la gran hipocrecía que existe alrededor del arte moderno. Con independencia de lo que considero que puede tener algún tipo de seriedad (aunque luego se discuta su real valor artístico en muchísimos casos), como ocurre con el trabajo de las formas sin atender al contenido (o su contrario, como veremos algún día que les cuente sobre Dogville), creo que existe una mentira organizada que se refugia en lo más absurdo de la subjetividad.

Para ejemplificar un poco a lo que me refiero (además de la parodia fílmica) les contaré dos casos: uno es una anécdota personal y el otro es un personaje (muy reconocido) de la ciencia-arte-música-vida (es decir, de todo o de nada según la perspectiva).

Primero la anécdota: En una ocasión nos disponíamos a salir con mi hermano, su novia, una amiga de la novia y su hermana. Pasamos por la casa de la amiga y, mientras ella se terminaba de arreglar y mi hermano conversaba con su novia, yo me encontré teniendo que conversar con la hermana, a quien nunca había visto.

A poco de iniciada la conversación surgió un dato que me conmocionó: estaba hablando con una artista. Aclaro aquí que tengo un respeto casi sacro por el artista que tiene la valentía de dedicar su estudio, su trabajo y su vida al arte (el artista verdadero en definitiva).

Resulta que nuestra artista pintaba y, cuando solicité ver alguna de sus pinturas, me indicó que estaba parado de espaldas a una de ellas. Cuando posé mis ojos sobre la pared ví lo que siempre vemos (a veces más a veces menos) en un museo de arte moderno: una serie de manchas sobre un cacho de tela.

En ese momento, y ante la mirada inquisidora de mi ocasional interlocutora, mi cerebro se debatía entre: ser políticamente correcto o manifestar directamente mi parecer. Si era políticamente correcto me quedaría sin poder indagar acerca de qué siente una persona al pintar semejante mamarracho, si optaba por expresarme libremente arruinaba indefectiblemente la salida de mi hermano, de su novia y de la amiga de la novia.

Opté por un camino intermedio: sin manifestar mi opinión le planteé mi inquietud. Más o menos el diálogo fue el siguiente (han pasado mucho años y, salvo a mi hermano, no volví a ver a ninguna de las demás):

-¿Qué se supone que es?

-Decímelo vos.

-Pero yo no lo pinté, contame vos qué pintaste.

-Lo que yo vea en el cuadro no tiene ninguna importancia. Contame qué ves.

-Veo una serie de manchas que no evocan nada en mi imaginación ni en mi memoria. Ahora que contesté, contame vos qué quisiste pintar o qué ves vos en el cuadro.

-Lo que veo no te lo puedo decir porque condicionaría tu percepción. La idea no es pintar algo concreto sino que el contenido o lo que la obra sea lo definís vos (con evidente tono de molestia).

Luego seguimos largo rato conversando (discutiendo, en realidad), pero lo que me importa ahora está presente en esa transcripción: el arte no transmite nada, el receptor pone el contenido.

Para el conozca algo del asunto le cuento que se trataba de "surrealismo abstracto" (el que no sabe de qué se trata no se pierde nada pero le cuento que una pista la tiene con la pintura de Miró que puse arriba).

A todo esto que ya viene largo y absurdo le falta todavía su pico más alto: John Cage.

Como me extendí demasiado no voy a contarles mucho de él (porque además es muy conocido y abundan sus fanáticos que les podrán contar infinidad de cosas).

Lo que me interesa aquí es su obra: 4', 33". Si hacen click en el link no podrán creer lo que escuchan (o, mejor, lo que no escuchan). Más allá de todas las explicaciones que encontrarán si buscan, la realidad es que su genialidad consiste en una partitura que ordena al intérprete a ¡no emitir sonido alguno durante 4 minutos y 33 segundos!!!!!!!!!!

Es el mismo concepto de mi interlocutora artista pero llevado al paroxismo: no hay nada, el receptor pone todo.

Pero lo peor del caso es que lo llamó "música no intencional". Es decir, al silencio lo llamamos música. Personalmente, me encanta el silencio pero el silencio es silencio y la música es música.

Cuando llamo música al silencio estoy mintiendo. Y la mentira, "como y por" lo que dijimos en el post anterior, además de mala.... es fea.


Natalio

miércoles, 2 de julio de 2008

Wanderer, el Atónito y el mal


El amigo Wanderer ha colgado un post del Athonita sobre el tema del mal. No sé quién sea el Athonita (de hecho me imagino un monje en medio del monte, dentro de su cueva de piedra con su noteboock y una bruta antena para conectarse vía wi fi con internet de algún país vecino; mentira... no puedo imaginarme un athonita cibernético, me suena a un oxímoron) pero lo respeto por efecto transitivo. Respeto a Wanderer, Wanderer lo respeta, yo lo respeto.

Me limité a hacer un comentario en el blog relacionado con una pequeña introducción hecha por Wanderer sobre el concepto tradicional de mal que intuía despreciado por él ("es verdad, es muy bueno pero la verdad no sirve para un comino"). Wanderer me contestó desde la ortodoxia y la literatura y yo le responderé (también en su blog) con una nueva cita y no mucho más.

Ahora bien, contestando y no a Wanderer y contestando y no al Athonita aprovecho la ocasión para adentrarme en un tema que siempre me a gustado y, desde otra óptica, considero fundamental.

El mal (dicen tantos que para qué citar) consiste en la privación, ausencia, carencia o como quieran llamarlo (dentro de lo que se dirá respecto de la naturaleza) de bien, ser o como quieran llamarlo.

Ocurre que, siguiendo la doctrina tradicional de los universales, el Ente, lo Bueno, lo Bello, etc son convertibles entre sí. En tanto algo es ente (y en esa medida) es también bueno, bello etc. El mal es ausencia o privación del ente y, en la misma medida, malo y feo. Por eso el mal nos repugna tanto (en el caso que motivó el post), porque no sólo lo vemos malo sino también vacío y feo. El pecado es feo además de malo.

¿Y cuál es el criterio para saber que a algo le falta algo? La Naturaleza o entelequia (responden a coro Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Menvielle, Castellani y Bilardo). Lo bueno es lo perfecto, es decir, lo que no defecciona por exceso ni por defecto y, en la misma medida es amable. Lo malo es lo que defecciona (Castellani dice, muy ocurrentemente, que por eso el mal no tiene causa "eficiente" sino que tiene causa "deficiente"), le sobra o le falta algo (en definitiva siempre le falta) y, por ello mismo, nos produce rechazo.

¿Qué opina hasta aquí Wanderer? No tengo la menor idea pero lo imagino con su whiskey diciendo: es la doctrina tradicional.

Pero es en las consecuencias donde aparecen las divergencias y se muestra que, en definitiva, no está tan claro que estemos hablando de lo mismo. Es lo que vamos a ver.

Pero antes una aclaración. Hay que distinguir el mal llamado generalmente físico (del cual el dolor y el sufrimiento son manifestaciones) del mal moral. El Athonita los une por su causa última (el pecado original) pero creo que, por sus causas próximas, por sus consecuencias y por los remedios, merecen ser diferenciados.

En cuanto uno le da algún tipo de entidad (que no es lo mismo que existencia que indudablemente la tiene) al mal ("el mal está vivo", "presencia activa", "presencia operante") requiere ubicarlo en algún lugar, más aún, por diversas cuestiones (que van desde lo semántico a lo histórico) se tiende a personalizarlo. En cuanto lo tengo ubicado puedo luchar contra él pero, evidentemente, hay que buscarlo fuera. Una vez que lo encuentro y lo agarro la cuestión es más sencilla: lo quemo, lo ahorco o lo azoto. Mauro Schechtel mató y violó, ergo, pena de muerte para Mauro se pide desde el teclado sin saber cómo, cuándo, dónde, etc.

No tengo problemas con la legitimidad de la pena de muerte (otro día hablaremos del punto) pero no creo que se trate de eso. Cuando uno mira delinquir a otro y piensa que uno jamás podría cometer semejante delito, no se llama cristiano (cita de memoria de Castellani que cita de memoria un sermón San Agustín). Cuando el mal cobra entidad se termina atacando al pecador y no al pecado, pero, lo más terrible es que al atacar al pecador dejo de atacar al pecado, a mi pecado. La Vida y la muerte combaten ¿dónde? en tu alma.

¿Pero no hay que combatir al demonio al mundo y a la carne? Sí, sin dudas. ¿Y no son ellos el mal? No, sólo en un sentido metafórico podemos decir que son el mal. El que hace o conduce al mal no es el mal. El mal lo tenemos o lo hacemos nosotros. Por eso cuando rezamos el Agnus Dei no decimos: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo - Destrúyelos Señor, sino que decimos, implorando, ten piedad de nosotros.

Bueno pero ¿cómo hacemos entonces para combatir el mal? Si el mal es privación de la naturaleza el bien se hace (y el mal se combate) restituyendo el orden natural que permite a cada individuo alcanzar su propia naturaleza o perfección.

Un dato evangélico en este sentido. En la parábola del hijo pródigo lo que mueve al arrepentimiento es la comprobación del mal en cuanto privación de lo que le correspondía por naturaleza. Primero dice que él pasa hambre mientras los jornaleros de su padre tienen pan en abundancia y luego "iré a mi padre y le diré".

Las cuestiones dan para muchos aspecto y comentarios más pero se ha hecho tarde y largo. Otro día se puede charlar de los ribetes internacionales del asunto, de la injusticia (como término análogo) y de otras muchas cosas.

Y, también en otra ocasión, podremos tratar un punto donde quizás converjan dos modos de decir lo mismo (y, en definitiva, no estuviéramos en desacuerdo): qué significa el "sed libera nos a malo".

Natalio

Pd: Tanta cita de Castellani obedece a que necesitaba un autor que no pudiera ser tratado como ucatomista por Wanderer y, por tanto, descalificado de plano (si es que citarlo requiere alguna justificación).