miércoles, 29 de julio de 2009

El Pastor herido

Este texto había descendido del Athos a la tierra mundana con ocasión del domingo anterior (19-7, aunque su redacción creo que es bastante anterior) que hablaba del Pastor y las ovejas. Como en el medio apareció el libro aparecido y luego continuamos con su hermenéutica este texto había quedado relegado.

En cualquier caso, en los pagos armenios del Narek (que es mi parroquia de exilio hasta tanto se terminen los tiempos porcinos y me vuelvan a dar la Comunión en la boca) este domingo se leyó el Evangelio de la oveja perdida.

Los dejo con el texto, de lo más bello que he visto bajar del Monte.

Natalio

Es el lento y pesado pisar sobre la rugosa alfombra ocre de crujientes hojas que cantan su última canción.

Avanza el pastor por las entrañas del espeso bosque. Hilos de luz descienden casi pidiendo permiso al señorío de las frondosas copas centenarias.

Bruma y humedad, líquenes musgos hongos y la hiriente música del ocre quebradizo bajo las sandalias.

Su rostro denota la misteriosa conjunción de experiencias tan diversas como lo son cada una de las formas y figuras de la selva primordial que lo circunda.

Sus rasgos curtidos semejan infinitos cauces de una cuenca milenaria que ha llevado alguna vez aguas al polvo agostado.

O pueda sospecharse también que esa cara tan surcada sea la versión en carne de una escritura arcana que está diciendo un nombre o una pasión, o ambas cosas.

Y mientras los haces puros descienden con callada parcimonia y las húmedas entrañas del orbe responden exhalando su incontenible bruma —gemido y nostalgia de un cosmos en espera—, los ojos del pastor parecen no condescender al contrapunto que unos y otros le ofrecen en ceremonial signo de pleitesía.

Él mira sin ver; o tal vez, muy por el contrario, esté viendo casi sin mirar.
Sabe que jamás un árbol le taparía el bosque, ni el más denso bosque le ocultaría el fresco brote asomando entre las agujas de pinocha.

¿Qué busca este cazador cuyos ojos muestran ansia, inquietud, prisa, atención, pasión, angustia, concentración, y tanto más?

¿Qué buscas, Hombre misterioso e inmenso del magno bosque?
¿Por qué a cada paso tiñes de rojo las caídas hojas inertes?
Hay sangre en tus sandalias y angustia en tu mirada. ¿Quién eres?
Y el pastor detiene con imprevista brusquedad su resuelto andar.
Todo calla repentinamente con él.

La canción de las hojas contienen el aliento mientras el pastor inclina su oído auscultando en un más allá que parece agrietarse detrás de cada corteza, en busca de una moneda, una oveja, un hijo, o todo ello junto.

Sólo su agitada respiración y el rotundo latir de su corazón dominan la muda escena.
El pastor está herido: de sangre están teñidos sus vestidos, manchados como los del lagarero.
Sangre manan sus manos y sus pies, aunque parece también haber un oscuro manchón brotando de su costado derecho.

Mira. Escucha. Piensa. Tal vez rece… cómo saberlo.

Lo cierto es que todo en él denota búsqueda. Un buscar “cuidadosamente”, como aporta Lucas (15,8).

Y el mayoral levanta su rostro cual elegante venado.
Como procurando descifrar en la delgada brisa la clave de su búsqueda.
Y repentinamente, como recibiendo una consigna de recóndita fuente, el pastor toma una flauta de su zurrón y comienza a entonar la canción. Describirla sería agravio y empresa perdida. Sólo decir que su melodía era hiriente como la nostalgia más profunda, y dulce como el arrullo con que una madre mese la cuna de su niño. De su único niño.

Y el bosque entero se inclinó. Ramas frondosas, rígidos troncos se doblaron cual tierna caña al viento ante este Encantador del sinuoso cosmos, nuevo Orfeo enamorado.
Pero la melodía no era para el bosque, ni para la bruma ni para el sol.
Lo entendimos cuando de la oscura entraña del monte una inerme oveja miraba al pastor, literalmente encantada.

Un hilo de luz la bañaba y atenuaba la totalidad de su entorno casi hasta la inexistencia.

Pastor y oveja sin más.
Sin contexto ni pretexto.
Casi sin tiempo ni espacio. Sin ese andamiaje con que las circunstancias le quitan vértigo a nuestra identidad.
Brutal y desnuda presencia de uno ante el otro.
Y él no disimuló que para ella era su canción, su frenética pesquisa, su pasión y hasta sus heridas. Sólo calló delatar que para ella era su mismísimo existir.
Y guardó su flauta.
Y se le acercó.
Más aún de lo cerca que podría estar ella de sí misma.
Y se inclinó como una muda catarata se derrama —voraz y serena— como hilos de fina sal sobre el indefenso abismo y no vuelve en bruma a las alturas sin haber fecundado la inerte piedra.

Así cargó sobre sí el pastor a su bella oveja.
Y sus sangrados pies de barro se tornaron pies de ciervo, de hábil cervatillo, que brincando de roca en roca dejaron atrás el murmurante y negro bosque para escalar al país de la luz, donde el pastor y ciervo como cordero incandescente alumbra la ciudad sin sombras.
el Athonita

viernes, 24 de julio de 2009

Hermenéutica de la continuidad o continuidad de la hermenéutica



Dado que me parece un tema autónomo e interesante para seguir discutiendo, transcribo una serie de comentarios sobre la hermenéutica de la continuidad para que podamos discutirla más adecuadamente.

Ya vendrá la reseña al libro del Abad, la organización de la cofradía, la continuación de otros temas y más, mientras tanto, discutamos un rato...

La cuestión la planteó el Fennian preguntando qué era la “hermenéutica de la continuidad”, dado que el autor del libro aparecía como un fanático de la idea.

Natalio intentó contestar:

Aunque estimo que otros de por aquí lo pueden hacer mejor, le adelanto algo acerca de la hermenéutica de la continuidad.

Con el Concilio (bastante antes como, entre otras cosas, quiere mostrar este blog) la Iglesia comenzó un aparente cambio profundo en toda su estructura.

Esto generó en muchos cristianos la idea de que la Iglesia había cambiado:

-Para unos la Iglesia Católica es la que nació del Concilio y todo lo anterior es viejo y malo.

-Para otros la Iglesia Católica es la que murió en el Concilio y todo lo posterior es nuevo y malo.

La hermenéutica de la continuidad (justa y adecuadamente explicada por el Papa creo que en su carta -alguien que me diga si fué allí o no- de aclaración sobre el levantamiento de las excomuniones a los obispos lefes) entiende que tanto el Concilio como el magisterio PUEDEN Y DEBEN ser interpretados y explicados a la luz de la Tradición de la Iglesia y TODO su magisterio.

Es decir, que la Iglesia Católica ni nació ni murió en el Concilio. Es la misma de siempre y dice lo mismo de siempre. Si uno entiende que se dice otra cosa.... es que entendió mal.

El Padre Eduardo acotó:

El tema de la “hermenéutica de continuidad” aparece por primera vez en Benedicto XVI en su alocución a la curia Romana del 22 de diciembre de 2005 (para más referencias ver el final del texto en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/december/documents/hf_ben_xvi_spe_20051222_roman-curia_sp.html).

Ahora bien, me parece bueno destacar que el Papa no habla de “hermenéutica de continuidad”, sino de “hermenéutica de la reforma”, donde deben articularse continuidad y discontinuidad (continuidad en el fondo y discontinuidad en las formas, aunque la expresión es injusta y necesitada de mayores precisiones). Una justa hermenéutica que articule bien estos dos aspectos es lo que Benedicto XVI propone y a la vez pide a la Iglesia.

En el mensaje que escribe con motivo del levantamiento de las excomuniones aparece este mismo tema pero con un matiz más pastoral y -me animaría a decir- afectivo.

Natalio matizó e invitó:

Como bien dice el Athos, es un tema para una entrada individual porque hay mucho por afinar.

En particular a mí lo de “Reforma” “no me va” mucho aunque entiendo que se puede decir lo mismo desde ese enunciado. Es decir, creo que es una cuestión “pastoral”, casi de Marketing, de lo mismo de siempre. Por ello creo que la “disontinuidad” es más formal que de contenido y por ello, también, creo que puede confundir hablar de continuidad y discontinuidad como si estuvieran en paralelo, como si lo que se continúa y lo que se discontinúa son del mismo órden.

No sé si logro explicarme, es complicado.

En cualquier caso los invito al Padre Eduardo, al Athos o a quien quiera, en blog propio o en este humilde recinto informático, a abordarlo en forma de post para discutirlo adecuadamente.

El monje del Athos atacó:

Va mi aporte a la cuestión “hermenéutica de la continuidad”.

No comparto del todo el planteo de Eduardo. Yo no presentaría el binomio continuidad-discontinuidad como los dos polos de una paradoja que se compensa o equilibra en el arco voltaico que describe entre sus opuestos vinculables.

Me parece que la paradoja y su arco se da entre lo antiguo y lo nuevo. Esas son las categorías a fogonear a lo Cusano. Lo antiguo y lo nuevo: es la propuesta —al menos— de Nuestro Señor: sacar de ambos con ingenio y libertad (Mt 13,52). A ese arco —me parece a mí— le cabe el nombre de “continuidad”, que justamente dice ambas cosas a la vez, y no sólo refiere a lo pretérito. Continuidad, en su resonancia líquida, alude al fluir dinámico de las mismas aguas divinas por la acequia de la historia. Alude —simul— a lo antiguo (que viene bajando desde las cimas) como a la nuevo (de la curva del río en juego).

Igual ocurre con la palabra “Tradición”, que no refiere tan sólo al bagaje recibido, sino también al ejercicio actual y fresco de darlo. Al punto que su etimología alude a esto último más que a lo primero (de ahí nuestro verbo “transmitir”).

El famoso “tradidi quod accepi” —más famoso por el epitafio de Lefebvre que por 1Cor 5,3— alude justamente a esta dinámica de cara al pasado y de cara al futuro.

Por eso, me parece, las palabra “novedad” y “tradición” son ambas muy nobles y evangélicas. Como ambas pierden su nobleza y sabor evangélico si se las ensucia con el sufijo “ismo”. Todo “ismo” —en algún sentido— es ideológico.

Creo que hemos de poder ser tradicionales sin ser tradicionalistas; novedosos sin ser progresistas; evangélicos sin ser evangelistas.

Pero hay más —y acá se arma la podrida, me sospecho—: este recurso del pater familae al Thesauro, de donde saca lo “nova et vétera”... tiene un ‘toch’ que los conservadores descuidan (y que los Padres han comentado sin remilgues): y es que “nuevo” alude al dinamismo con que el Espíritu Santo sigue inspirando y “completando” la Verdad desde la Ascensión hasta la Parusía, sin descanso ni salteándose siglo alguno, conforme lo prometió el Señor (Jn 16,13).

De ahí que la Iglesia tenga por tarea no sólo “renovar” los modos expresivos en que transmitir lo de siempre (que es la concesión que de mala gana terminan admitiendo algunos conservadores), sino incluso el deber de seguir sondeando las profundidades del Misterio, fecundada por el Espíritu, para seguir creciendo en el conocimiento de la Verdad. No aceptar esto es propio del evangelismo reformista con su “sola Scriptura”. Nosotros creemos en la Acción continua del Espíritu. Que sopló a los Apóstoles; a los Padres, a los Doctores escolásticos, y lo sigue haciendo (a veces con mejores resultados que otros). (Acá hay que asumir lo del canon patrístico, pero eso es otro asunto).

El proceso de maduración del dogma eucarístico es un ejemplo patente. O la infabilidad papal, tras 18 siglos de cristianismo, o la mariología, o la eclesiología...

Claro que acá urge esta salvedad a hacer: no se trata de un proceso de prueba y error; sino un “áugere”, un progresivo incremento de gracia en gracia, de bien en mejor.
Como un árbol crece sin retrocesos, así la Tradición avanza hacia la Parusía.

Y por eso, coincido con Natalio, la palabrita “reforma” no es feliz.

Primero porque no está en el Concilio (como tantas otras); segundo porque en su sentido más literal dice algo muy grave, como lo es un cambio de “morphé”, un cambio de naturaleza/esencia/sustancia; y tercero, porque en la Historia alude claramente a los cismas del Renacimiento.

Si quieren un “re”, que sea una “refiguración”, pero no más.
Y si no, bienvenida la palabrita mágica del Papa: continuidad (creo que el Papa sí la empleó,,, pero puede que esté errado en esto))).

Ni estancamiento. Ni reinicio. “Continuidad” lo dice todo, lo dice bien. Carga en sí la paradoja y —me resulta a mí— no necesita ser paradojada con algún opuesto externo a ella.

¿Qué dice Fennian? ¿Y vos Edu? ¿And the rest? Lindo tema...

El Padre eduardo aclaró:

Una aclaración: la referencia a continuidad y discontinuidad no es mía. La extraigo del discurso de Benedicto: son sus palabras.

Por lo demás, me gustó mucho el planteo del Athos. Coincido con que acá la clave que ayuda a integrar todo es la pneumatológica: el Espíritu es quien permite justamente la fidelidad y la audacia, la capacidad de ser tradicionales y siempre nuevos. Él es el que extrae los siempre nuevos tesoros del corazón del Hijo y quien siempre nos retrotrae al principio (entendido como “principium” y no “initium”).

Natalio no termina de estar de acuerdo ni con uno ni con otro. Quizás se sólo cuestión de palabras, quizás no. La seguimos en los comentarios...

Natalio

Pd: ¿Se nota mucho que no sé hacer un collage?


lunes, 20 de julio de 2009

Un libro aparecido


Pocos días antes de partir, un amigo me hizo llegar abundantes regalos. Entre ellos había un par de libros y otras varias cosas para leer que cambiaron por completo mis planes de lectura campestre.

No me gusta recomendar libros "masivamente", es más, considero que no es bueno. Tengo una idea medio "providencialista" de las lecturas, no creo que cualquier libro sea para cualquier persona en cualquier momento de su vida. En fin, tema largo.

No obstante, hoy quiero recomendar uno que me parece indispensable para los tiempos que corren y para la vida de la Iglesia. Me parece un libro que es necesario leer y debatir.

Tiene un título y varios subtítulos, se los pongo por orden de aparición: "El caso auténtico" del "vengan y vean" al "vayan y hagan" - Venir y ver - Apreciando el "Discípulos y misioneros" de Aparecida.

Como recomendación del libro se vienen a continuación: una confesión; una breve descripción temática (mi visión del problema, para la del autor o las propuestas de solución está el libro) y algunas propuestas para debatir y seguir calibrando (en el escaso límite de un post porque da para toda una vida de conversaciones a media luz...).

La confesión

A decir verdad cuando tomé el libro en mis manos sufrí un encontronazo de sentimientos. Por un lado, la alegría, admiración, ansia, etc. que el hecho de leer algo de ese autor me generaba, pero por otro el remate del subtítulo y su mención al documento de Aparecida me generaban un profundo rechazo.

Como se ve en el blog el tema religioso me apasiona, pero desde una suerte de "anticlericalismo galopante". Con la salvedad del presente Papa, los textos o documentos de encuentros, sínodos, asambleas, tertulias o lo que fuera me espantan por completo. En el caso concreto, Aparecida me importó un rábano (me confieso pecador y golpeo mi pecho mientras esto escribo).

Evidentemente las ganas de leer al monacal autor fue más fuerte y comencé a leerlo de inmediato.

Pero volvió el ataque anticlerical. En mi última asistencia a una actividad académica antes de la partida los que veían mi libro decían: ¿estás leyendo un libro sobre Aparecida? ¿estás bien? Y yo tenía que explicar que sí pero que no, que el autor tal cosa y tal otra....

Luego de leerlo puedo advertir a los que tienen sentimientos parecidos a los míos que el libro no habla del documento, lo usa (casi siempre sólo en las notas) como trampolín. Habla él sobre la temática tratada en el documento de Aparecida.

Termina siendo una propuesta apetitosa, sea para los anticlericales en tanto sólo aborda la temática y lo hace desde los padres, literatos, filósofos, librepensadores, etc., o para los clericales, en tanto sirve como una ayuda interpretativa del documento en cuestión.

Descripción temática

El tema del libro es lo que tiene una urgencia e importancia cruciales para la vida cotidiana de la Iglesia.

Es el viejo asunto de la misión y los misioneros ¿quién misiona? ¿qué misiona? ¿para qué misiona? ¿cómo misiona?

Muchas veces parece confundirse (la denuncia la hace el Papa) a la Iglesia con una suerte de ONG. Se considera que "misionar" es ir a ayudar a los pobres. Que la función de la Iglesia es que a nadie le falte nada.

Y la consecuencia de ello es que ya no importa el prepararse "para" misionar. ¿Qué hace falta para misionar? "Tener ganas de ayudar al otro...."

La "misión" se convierte en un hecho específico y los "misioneros" en jóvenes idealistas que quieren cambiar el mundo.

En esa instancia aparece la tensión entre "la acción" y "la contemplación"; Marta y María; los discípulos y los misioneros; vida activa y vida contemplativa, etc.

El punto de partida del libro vendría a ser: "nadie da lo que no tiene", ergo, hay que dar por desborde, por abundancia, etc. La tensión no es tal, todos debemos ser primero María y después Marta; primero discípulos y después misioneros; primero orantes y luego oradores; etc.

Pequeños apuntes (muy pequeños para no alargar más)

Al comienzo enumera el instrumental que usará para afrontar y explorar los extremos en tensión: acción-contemplación.

El primero es la paradoja. Varios en el blog son cultores de este instrumento y lo usan con altura y soltura. Los dejo a ellos pero, en el caso, es la verdadera clave del libro.

El segundo es el de la analogía y creo que se puede emplear mucho más (en especial en alguna cuestión que luego propondré como continuación para el diálogo). En particular, el uso de ella en el libro me hizo recordar otra tradición etimológica distinta a la usual. Generalmente se la describe como la diferencia (ana) en la unión (logos) pero existe otra que considera el "ana" como ascenso. En esta otra visión, lo diferente encuentra en lo alto lo común (el logos). La diferencia tiene en su altura un logos común.

La tercera es la Perijóresis o el Pericón Trinitario. El autor explica mediante citas como el dos exige el tres y así las Tres Personas divinas danzan entre ellas. Pero así como el 2 llama al tres, el tres llama al cuatro y la danza Trinitaria invita a una cuarta que es nuestra Madre Hermosa (todo un tema para charlar con literatura incluida). En cualquier caso, en el libro aparece siempre la Señora enseñando el paso de baile justo.

Saliendo ya del instrumental, y dado que ha quedado muy largo, marco dos cuestiones para charlar sobre los enunciados.

Aparece por allí una antinomia entre "tradicionalismo" y "novedosismo". Creo que no hay que dejar que los atunes, los jureles y demás "conservas" nos roben la palabra. La antinomia es "conservadurismo" y "novedosismo". La Tradición es, justamente, el equilibrio virtuoso donde lo viejo se hace nuevo, donde la misma tierra da frutos nuevos, etc.

Por último, una cuestión para afinar más (con el instrumento analogía por ej.). Es la cuestión del mandato a misionar: quién lo tiene, quién lo da, cómo lo da, etc. Y es que la Iglesia es "constitutivamente" jerárquica. Todas las lecturas del Domingo apuntaban a la figura del Pastor y la tendencia es a extender, sin más, lo mandado a los apóstoles a todo el resto, lo mandado a los pastores a las ovejas. Esta cuestión -que en algún modo excede el objeto del libro- me parece que puede ser el punto a afinar en conversaciones y debates.

En fin, demasiadas palabras para decir que es un sabroso y ameno libro que es más que conveniente leer.

Natalio

Pd: La similitud entre el estilo del autor y el de algún amigo o comentarista del blog es mera coincidencia...

viernes, 10 de julio de 2009

NO ACLARES, QUE OSCURECE

EL PELIGRO DE DESPRESURIZAR EL MISTERIO
Cada sombra es una esperanza; cada luz prendida, un desengaño
Vindicación de la Magia, Alejandro Dolina

“Hay cosas que sólo se perciben a media luz”.
La frase pertenece a una de esas novelas intensas del inmenso Tolstoi: Resurrección. Aunque cabe decir, sin riesgo a estar exagerando, que la máxima resuena como un pedal de fondo de la Literatura occidental completa. Cambiándole apenas una o dos palabras, puede estar en boca del Zorro del Principito, del Padre Brown de Chesterton, de algún cura borracho de Graham Green, en un poema de Dante, Rilke o Claudel y cómo no, en boca de los hombres sensibles de Flores: esos muchachos porteños que el desopilante Dolina pone en pugna contra los Refutadores de Leyendas.
La penumbra, el entrevelamiento, no sólo como clima o atmósfera, sino también como una táctica cognitiva para acceder a ciertas realidades a las que ni la nocturna oscuridad, ni la estridencia cenital favorecen.

¿A qué me refiero con “ciertas” realidades?
A todo aquello que es más de lo que es.
Es decir, que cuenta con un frente y un fondo; cálido y frondoso traspatio al que no se accede más que desde el prolijo frente.
Claro, en verdad de todo lo real podemos decir que cuenta con forma y figura hasta la sepultura... pero hay cosas y cosas. O mejorado: hay traspatios y traspatios.
Fácil es sospechar las razones por las que la oscuridad entorpece el acceso. Pero, ¿qué daño puede infligirle el mezzogiorno? Titila el cursor mientras me debato entre dar la fatigosa explicación filosófica o decirlo en sombras... Tal vez de entre las cosas que sólo se perciben a media luz esté la misma explicación de que hayan cosas que sólo se perciben a media luz...
Pues digamos entonces tan sólo que la luz meridiana, esa de la hora sin sombras, desluce por completo el encanto del traspatio en juego.
Un niño soplando un panadero; un anciano absorto en sus propias manos, hamacándose al crepúsculo; el asombro ante un regalo inmerecido; un potrillo en la punta de un cerro mirando quedo el planeo de aguiluchos; el aroma a tierra mojada y el dominó de recuerdos que destraba; la henchida gota de lluvia colgada del alambrado; el extraño silencio previo a una nevada... son más que eso. Y a ese “más” sólo se accede a media luz. O mejor, ese “más” sólo esplende a trasluz.

Bien. Y yo proclamo, sin más preámbulos: el Cristo viviente, Señor y Dios nuestro, presente y presenciable en medio de nosotros, es una de esas “cosas” que sólo lucen a media luz.

Pero retrocedamos algunos casilleros para tomar envión desde el terreno firme de las rocosas verdades teológicas.
Dios, Realidad infinita, ha resuelto darse a conocer. Y no parcialmente sino del todo. Todo Dios cognoscible en la Carne de Uno de la Trinidad.
Este desafío divino no es menor. ¿Cómo hacer para que este Universal concreto, Infinito preciso, sea “entregable” de un modo completo y cabal a la percepción del diminuto microbio humano? Para san Juan Damasceno, por ejemplo, no hay milagro más grande que éste. Y dirá, hablando de la deslumbrante Transfiguración en el Tabor, que ese episodio es de algún modo el intervalo, la escueta interrupción del auténtico milagro, que es el del resto de la vida oculta y pública de Cristo: el milagro continuo de lograr conservar en serena opacidad el indomable refulgir de su flamígera condición divina.

Y Dios, en su asombroso ingenio, le puso nombre a este milagro continuo: se llamará Misterio.
¿Qué es el Misterio? No es lo recóndito, lo inaccesible, la recámara secreta intratrinitaria donde Dios custodia bajo siete llaves ciertas intimidades divinas que no está dispuesto a revelar. No. Misterio es la salvífica Voluntad divina resuelta a darnos a conocer el bagaje completo de su Ser, sin recortes ni censuras.
Lo que sí: “comprimido”. Es —nos guste o no— el único formato factible.
A esta increíble y asombrosa compresión de información —inevitable para hacer posible la transferencia de datos al diminuto disco humano— se le ha llamado en la Escritura y la Tradición: “el Misterio”. Invalorable destreza divina que hace capaz de apretar el Océano completo en un dedal sin dejar en la cuenca una sola gota.

Y acá entra en escena una de las confusiones más ramplonas en que se ha enredado nuestra generación eclesial.
Y es considerar como sosias del misterio, lo misterioso.
Minúsculo malentendido (parvus error in principio), que se tornó con las décadas descontroladamente inmenso (magnus in fine).
La raíz del malentendido es evidente: un mal ejercicio de etimología. Pero también —convengamos— por rozarse ambos conceptos en cierto segmento. Veamos.

Lo misterioso dice secreto. Alude de algún modo a una intención de ocultamiento, a un querer esconder, a una privación deliberada de divulgación. Lo misterioso, por tanto, es lo contrario a lo transparente, a lo diáfano, límpido y franco.
Pero lo diáfano, límpido y franco son características propias del Misterio, que es —digámoslo una vez más— la genuina e ingenua, cristalina y abierta expresión de un Dios sin disimulos. Lo que ocurre es que el Misterio es una realidad infinita, y por eso mismo, sin contornos; y por eso mismo, inasible. Es un objeto sin fondo. Y en esto es que se acerca al concepto de misterioso. Pues, al igual que éste, no se termina de conocer. Pero a diferencia abrupta con éste, tal fenómeno se da no en virtud de una intención de ocultamiento por parte del sujeto sino en virtud de lo ilimitado del objeto.

Lo misterioso encripta deliberadamente su diminuto objeto.
El Misterio expone abiertamente[1] su inmensidad.

“Os he dado a conocer Todo...” dice el Señor (Jn 15,15). Pero este “Todo” eficazmente entregado, precisa de un delicado “descompresor” que complete el milagro y haga contundentemente posible que el Hombre conozca a Dios.
Y a esto es que llamamos —con la complicidad de todas las artes bellas— la insustituible “media luz”.
La media luz, como un demorado goteo de cristales, derrama suavemente las gigantescas Verdades divinas, en el inerme y minúsculo corazón humano, cual si fueran levísimas hojas de otoño zigzagueando su cauto aterrizaje.

El Misterio —ampliando la gama de analogías— es como la belleza con que un niño puede ser candoroso, transparente y tan a la vez tímido y callado. La franqueza de ese niño equidista notablemente del desvergonzado y desinhibido farabute, cuanto del chico raro y retorcido, intrigante y rebuscado, cargado de oscuros secretos y mentiras.
El Misterio, como luna llena de Pascua, equidista en su estilo lumínico tanto de la estridencia solar como de la noche cerrada.
El Misterio, como dice el Señor, es la pascua del ver: “me verán... me dejarán de ver... me volverán a ver” (Jn 16,16).

*****
El Concilio, en su acorde inicial (SC 1), blanqueando de entrada su nítido y límpido propósito de incrementar, vigorizar (áugere) la vida de los cristianos, decide arrancar por una punta crucial: la Liturgia de la Iglesia, a fin de desempolvarla[2] y promoverla en orden a este “áugere”. Y dirá sin dilaciones que el meollo, la brújula, para ejecutar este “instaurandam atque fovendam” consistirá en repensar cómo expresar el Misterio, que es “Mysterium Christi”. Desglosado un poco, pormenorizan los Padres conciliares: cómo expresar esa maravillosa tensión paradojal entre lo humano y lo divino de la Iglesia, que también es en sí misma Misterio; cómo expresar y articular la plena dependencia y referencia de lo visible —que abunda en su fisonomía terrena— al orden invisible, al cual se ordena y subordina[3] como lo hace lo humano respecto a lo divino, su presencia terrenal respecto a la Jerusalén Celestial.
Cómo —diríamos desde lo ya dicho— descomprimir correctamente el Misterio en el corazón del hombre de hoy. Procurando evitar los dos fracasos posibles: que falle el proceso y el destinatario se quede con un “punto rar” absolutamente ininteligible; o bien, que se descomprima correctamente, pero el desopilante peso destroce el disco, y se cuelgue todo y este pobre hombre se quede sin revelación ni sistema.

Prosaica analogía me ha salido. Volvamos más bien a la analogía estética, pues desde la Belleza se entiende bastante mejor cómo es esto de velar y revelar en graciosa y lúdica dinámica. O bajemos, mejor aún, a los hechos contundentes...

¿Qué distingue al “Ecce quam bonum” del “Toma mi mano hermano”, o el “Ubi Caritas” del “Como Cristo nos amó”? ¿Tan sólo –más allá del idioma- un detalle de estilo, de ritmo musical?
No. Hay algo “más”. Y este plus es la media luz, la penumbra en que lo sacro se revela y vela a la vez, en un inatrapable juego de amor, que nos deja “pagando”; que deja al alma —diría fray Juan, en preciosa onomatopeya— en un no sé qué que queda balbuciendo.

La confundida pretensión pastoral de los años setenta, afanada en “echar luz” sobre el Misterio, a fin de sacarlo del supuesto oscurantismo en que la Iglesia vieja encriptaba las verdades de la fe, fracasó.
Los polvos del oscurantismo se tornaron lodos iluministas. Y —como remataría Jesús— el final de ese hombre fue peor que al principio...
¿Qué pasó?
Prendimos todas las reflectoras que encontramos a mano sobre el inerme ícono de Cristo. Buscando —ciertamente, y valga decirlo con todas las letras— ponerlo en relieve, ofrecerlo sin escatimosos recortes, sin disimulos ni claves, a la lectura franca, desnuda y abierta de todos fieles.
Pero arruinamos el cometido.
Lo saturamos de luz y le rompimos el encanto. Sí, dije bien: el encanto.
Pues se trata de eso: de un encantamiento que ejerce el Misterio cuando se le permite manifestarse por sí mismo, sin iluminación artificial, sin traductores simultáneos, ni subtitulados, ni comentadores ni aclaradores.
Como le dice Lewis a Malcolm, cuando la descripción (del Misterio) cobra la forma de algo minuciosamente bueno y logrado, se torna inexorablemente falsa.

Y algo de esto nos pasó.
El suave susurro, el manso y sereno silbo del Misterio, fue ahogado por la estridencia de lo que se nos había tornado una obsesión: explicarlo todo.

¡No lo aclares que oscurece! parece suplicarnos hoy el Misterio mismo, cuando interferimos su estilo comunicacional, su exquisita “media luz”. Pues no se cumple en esto lo del dicho popular: lo que abunda no daña. Aquí, lo que sobra, estorba. El exceso no es un simple desecho prescindible, sino que genera su efecto contrario. Como el confianzudo genera desconfianza; como el pacifista desata agresividad; como el exceso de ruido deja sordo y el silencio dilata la capacidad auditiva.
Así, quien procurando alejarse de una religión mistérica, oscurantista, iniciática, promueve un acercamiento excesivo al Misterio, un acostumbramiento, una desmedida “familiaridad”... corre el riesgo de que se le cumpla el Evangelio del domingo pasado (Mc 6,1-6).

Jesús es taxativo: nadie es profeta en su tierra. Lo interesante y no siempre reparado es que el impedimento no es coyuntural. Esta imposibilidad de hacer milagros en Nazareth no obedece a una obstinación puntual y casual de los nazarenos de turno. De ahí que el Señor traiga a colación la inexorable profecía. La excesiva familiaridad no favorece la fe de nadie; no favorece —objetivamente— el acceso al Misterio.

El misterio es como la belleza: se da a quien se le acerca en puntas de pie, y se repliega ante quien la aborda con atropello. El Misterio, al igual que la Belleza —que es Nombre divino— fascina y cautiva en la sola y justa medida en que provoca. Y provoca porque se muestra y oculta a la vez. En la misma medida en que se expone franca y límpidamente, lo expuesto produce la inconfundible experiencia de haber un “más” siempre inasible, como lo es el horizonte, que por más que lo corramos, se corre con nosotros. Y esa experiencia de haber siempre un “más” inatrapable... cautiva, encanta, nos mantiene en vilo, atónitos, enamorados.
Quien, en medio de este proceso, nos prenda abruptamente la luz, nos quiebra el clima y nos arruina el encuentro.

Y me pregunto demorado: eso que la penumbra es a la visión, ¿qué será respecto a la escucha? Pues hay un hablar y un callar; tajantes ambos. ¿Pero qué se dice del orden del verbal cuando éste logra instalarse en ese umbral de bronces y cobres de aurora? San Benito dedica un capítulo entero a este tópico: De Taciturnitate. Y sí, es eso mismo: el taciturno no es ni el mudo ni el locuaz. Es el que habla, piensa y hasta reza “a media voz”. Como contempla “a media luz”.

En esto anda la Iglesia. Procurando reencontrarse con la mistagogía. Para restituir el encantamiento perdido.
Sí: perdido. No es bueno engañarnos más en esto.
Así como le hace daño al país el autismo del gobierno negando la inflación, negando haber equivocado el rumbo, y trastocando los números del Indec; tampoco en la Iglesia nos sienta bien insistir en una supuesta “primavera” en que fructificaría el Concilio, cuando en el año 50 iban a Misa 13 millones de católicos y hoy sólo van un millón setecientos mil...
Algo pasó. Algo hicimos mal.
Y si bien difícilmente ese “algo” admita el singular y sea un complejo conglomerado de asuntos, me atrevo a ubicar en la cumbre del ranking a esta cuestión: desencantamos el Misterio, cuyo poder de fascinación corría enteramente por cuenta propia. Queriendo aclararlo, lo oscurecimos todo.

Si hay un camino de retorno —como parece estar abocado a diseñar nuestro amado Papa Benedicto— éste ha de tener como eje transversal la recuperación del sentido del Misterio.
Dicho en positivo: nos urge aceitar una auténtica mistagogía.
Dicho en negativo: nos urge acallar a los ruidosos explicadores. Y esto, en todos los órdenes: al exégeta que quiere apabullarnos y “desencantarnos” la Lectio divina con su fruncido criticismo histórico, habrá que decirle —amablemente—: ¡no aclare, que oscurece! Al moralista o director espiritual que quiere cuadricularnos en tablitas y planillas de cálculo el estado de gracia y pecado en que nos hallamos, habrá que decirle —insisto: amablemente— ¡no aclare, que oscurece! Al animador litúrgico, empeñado en atorarnos con sus minuciosos guiones y carteles, habrá que decirle —con no menor amabilidad— ¡no aclare, que oscurece! E via dicendo...

Y entonces, cuando todas las nerviosas voces se apacigüen, y las estridentes luces se entrevelen, y el Misterio desnudo y abierto quede nimbando en sereno susurro ante el Hombre actual, éste podrá hacer la experiencia que han hecho todas las generaciones: constatar que Dios no estaba ni en el trueno ni el huracán, ni en el chirrido de trompetas ni en el tremolar del orbe... sino en la brisa ligera que vela y desvela la amorosa identidad del Dios auténtico, tan íntimo y cercano como inatrapable. Y entonces, la cosa andará, porque, como dice el Principito: Quand le mystère est trop impressionnant, on n'ose pas désobéir.



el Athonita




[1] “Yo he hablado abiertamente al mundo” (Jn 18,20). Este denso adverbio “palam” o “parresía” admite espantosas traducciones. Lo abierto como modalidad es un modo muy logrado de decirlo en castellano sin contaminar el concepto con lo explícito, lo desinhibido o lo exhaustivo. Abierto —cuando de Cielo se trata— incluye el rasgo de inconcluso.
[2] Valga acotar que el verbo orfébricamente escogido por los Padres conciliares es el verbo “instauro” que dice refrescar, restablecer, revitalizar, renovar, volver al origen; no “reformar” como se suele traducir torpemente.
[3] Visibile ad invisibile ordinetur eique subordinetur (SC 2).

sábado, 4 de julio de 2009

Un combate singular


Unos siglos antes de Cristo (cuando se abrían los portales de la “plenitud de los tiempos” como podemos charlar otro día) dos ideas se batieron a duelo en combate singular. Dicho duelo era un antecedente del que librarían la Vida y la muerte en el Viernes Santo y es, a la vez, otra manifestación de un duelo “casi” eterno, desde los primeros padres hasta la vuelta de Cristo.

En esta u otras formas el combate siempre es el mismo y tanto la Tradición, como la Revelación -e incluso la historia- nos muestran reediciones (cada una de ellas, en especial las bíblicas, dan para varios post que voy a intentar retomar) de lo mismo.

En la manifestación en la que me centraré hoy, las ideas usaron como armas dos hombres singulares que plantearon la cuestión en los siguientes términos:

“El hombre es la medida de todas las cosas” dijo uno.

“Dios es la medida de todas las cosas” le replicó el otro.

Si bien los enunciados aparecen como irreconciliables y antagónicos, la realidad es que, si no conoce el origen de una idea y, a pesar de ello, nos adentramos en el desarrollo de alguna de sus consecuencias, es muy complicado percibir una u otra cosmovisión.

Si atendemos al enunciado, vemos que, con sólo afinarlo un poco, la confusión entre el trigo y la cizaña se manifiesta:

“El hombre es la medida de todas las cosas, incluso de Dios”.

“Dios es la medida de todas las cosas, incluso del hombre”.

Así planteadas las cosas queda un espacio compartido de confusión entre las dos ideas antagónicas donde “hombre” y “Dios” comparten “algo” de la medida.

Si ahora tomamos los antropomorfismos de todas las culturas y tradiciones (con minúscula porque, propiamente o en sentido restringido, no hay Tradición si no hay Verdad) encontramos lo mismo. Sea que busquemos en la mitología griega, sea en el Popol Vuh, sea en las tradiciones védicas o en donde se quiera, se encuentra algún tipo de antropomorfismo divino.

Si tomamos el Antiguo Testamento la cuestión se reedita hasta límites “humanamente” casi irreverentes para con Dios.

Pero ahora volvamos al principio, las dos ideas se baten en un duelo a muerte, son incompatibles, una es divina la otra demoníaca, una nos salva la otra nos pierde…

Pero además de mandarnos al Salvador, Dios se encargó de que nos quedara bien clara la cuestión, mandando al Pontífice (puente) entre Dios y el hombre, la Piedra Angular, la Llave Decodificadora, el Hombre-Dios. Y para que nadie se confundiera Cristo nos dijo con todas las letras que Platón tenía razón: “sed perfectos como el Padre Celestial es perfecto” (Cristian escribió recientemente sobre esto), Dios es la medida del hombre y de todas las cosas.

Pero después de Cristo el combate continuó y continúa: la Vida sigue persiguiendo “divinizar al hombre” mientras que la muerte intenta “humanizar a Dios”, una sigue tirando al hombre para arriba la otra sigue tirando a Dios para abajo…

Y la mala hierba se arropó en elementos del gnosticismo cristiano, de herejías cristianas (desde el monofisismo hasta el arrianismo pasando por el pelagianismo), de la cábala judía, de religiones orientales occidentalizadas para la nueva era y otros engendros feos y peligrosos que volvieron entreverados en nuestro siglo como el cabalismo gnóstico esotérico, new age, progresismo ideológico (por ej. Rahner, y aclaro –para que no me acusen de nada- que esta crítica no la hago desde Fabro o Meinvielle sino desde su ex amigo y discípulo, el entonces Card. Ratzinger) o tradicionalismo místico.

Desde el “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza” y el “se os abrirán los ojos y seréis como Dios”, el Padre nos quiere elevar y el diablo abajar a Dios.

Natalio

Pd: me salí del tema pero, como se darán cuenta tiene mucho que ver…

Pd1: Otra vez la introducción se comió el post y no llegué al punto que buscaba, otro día será…