miércoles, 25 de noviembre de 2009

Joven athonita entrevista al Card. Ratzinger (I)

¡DIOS ANTE TODO!

DIÁLOGOS DE UN ADOLESCENTE CON UN CARDENAL

De chicos —durante la década del 70— viviendo en Holanda, íbamos mucho al sur de Alemania. La Vieja decía que por debajo de no sé qué línea imaginaria —el Rin, tal vez—, el tufillo protestante se desvanecía y alcanzaba con bajar un poco la ventanilla del legendario Taunus rural color sambayón, para empezar a percibir los perfumosos aires católicos de campanarios sembrados al horizonte y pétreas vírgenes floreciendo en las rotondas viales. Solíamos parar en “Munich” (qué risa nos daba esa che final en boca de los Viejos), pues vivían allí unos amigotes de ellos, con cuyos hijos hacíamos buenas migas. Familia muy pía, estaban todos —grandes y chicos— muy comprometidos con la labor pastoral que había lanzado con renovado entusiasmo su flamante obispo, un tal Joseph.

Pasaron los años. Muchos para esa edad; pocos en verdad. Nosotros volvimos al país; ellos se enraizaron nomás allí.

Era octubre del ‘85 cuando viajo a Europa y paso a visitar a esta familia, con uno de cuyos hijos —un poco más grande que yo— conservaba una buena amistad. Le cuento de una revistita que hemos encarado en el colegio —Oxígeno, se llamaba— que con mucho desalineo (político, religioso y demás), sin soporte doctrinal alguno, sólo atinaba a “denunciar” desde la indomable e invertebrada adolescencia en ebullición, todas las medias tintas, los masomenismos y minimalismos que percibíamos en el “mundo de la gente grande” al que nos empezábamos a asomar. Valía para la fe, valía para la política, valía para el compromiso social, y valía —no menos— para el ejercicio inclaudicable de la lapidaria razón. Y ahí estaba yo, con mis virulentos 17, obsesivo cazador de tautologías y falacias, boyando en busca de sentido.

Y me comenta este buen amigo, que anda justo por München el que fuera Obispo de ellos por varios años y con quien su familia había afianzado una linda amistad. Desde hacía 3 años lo habían mandado a Roma, para colaborar en no sé qué asuntos papales. Pero que era un flor de tipo, muy agradable y muy claro para decir las cosas... que por qué no me animaba a hacerle un reportaje para la revistita escolar... “Si le digo que tengo en casa un amigo que no termino de saber si es sudamericano u holandés, y que quiere entrevistarlo, seguro que acepta.”

—Y bueno, dale —arrojé con irresponsable suficiencia.

Al día siguiente ya tenía la respuesta: que sí, que cómo no. Que nos esperaba a ambos el jueves a las 11, en el barroco y muy rosado Palais Holnstein, de la angosta Prannerstrasse, sede arzobispal, donde él se estaba alojando.

Pero esa mañana, ya a punto de salir, con el pasacassette a cuestas, afilando mi endeble y grasiento alemán (el acento holandés, trasvasado al alemán, arroja por resultado un perfil inexorablemente ordinario[1]), llama este buen Obispo. Pensamos: palmó, se le complicó. Y no. Era que el día estaba tan lindo, y ya que el sol del otoño bávaro regalaba sus últimas bondades, por qué mejor no nos juntábamos en una plaza contigua a la Curia —la Maximiliansplatz—, donde tiraban una excelente cerveza.

Y así fue que conversé por casi dos horas y media, con José Ratzinger. Mucho podría volcar aquí sobre la impresión que me causó: su sencillez, su indisimulable timidez, su bonhomía, y su discurso impecable, apto para encumbrados teólogos como adolescentes sin rumbo. Pero prefiero dejar en el tintero todo ello y trascribirles aquí, sin más dilaciones, lo dialogado aquella prístina mañana otoñal, en el corazón de Baviera.

Me estiró muy parcamente la mano (un poco babé para nuestro gusto criollo) y nos invitó a tomar asiento. Mi amigo, hecha las presentaciones del caso, se disculpó y se retiró, pues tenía clase en la Facultad.

Y ahí quedé yo, apretando el rojo botón de ―REC‖, facie ad faciem con José Cardenal. Me trataba de riguroso usted, hasta que —como notarán en seguida— por razones que ignoro si eran intrínsecas al sólido diálogo o al líquido lúpulo, pasó al tuteo.

Hubo un poco de chamulleo previo, sobre las cervezas holandesas y las bávaras, si ya tenía edad o no para tomar, sobre el Otoño y una anécdota de cuando él tenía mi edad, que no entendí... Tras lo cual se dio lo que acá transcribo casi literalmente:

— Padre (si me permite llamarlo así), sin preámbulos quisiera arrancar con una pregunta que admitiría muchos matices, pero que tal vez también admita ser hecha, alguna vez al menos, sin distingos y ribetes. Discúlpeme si le resulta un tanto ramplona o simplota. Tómela, si quiere, como indicio de mi juventud, hambrienta de contundencias. Y es esta: como Iglesia, ¿vamos bien o vamos mal? ¿Qué dice Usted?

— Mire, querido: en la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo realizó un viaje a su querida Holanda, donde la Iglesia cada vez hablaba más de sí misma, lo cual era visto por algunos como la imagen y esperanza de una Iglesia mejor para el mañana, y por otros como síntoma de una decadencia que era la lógica consecuencia de la actitud asumida. Esperábamos con cierta curiosidad el balance que nuestro amigo nos haría a su retorno. Dado que era un hombre leal y un observador preciso, nos habló de todos los fenómenos de descomposición de los que ya algo habíamos oído: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosos que grupalmente daban la espalda a su vocación, la desaparición de la confesión, la dramática caída de la frecuencia de asistencia a Misa, y así sucesivamente. Naturalmente fueron descritos también los experimentos y las novedades que no podían, a decir verdad, cambiar nada de las señales de decadencia sino que, más bien, las confirmaban.

— O sea, todo mal, en caída libre. Ahora, pregunto: aunque así fuera, aunque ese fuera el análisis más preciso (lo digo así, en potencial, pues hay ponderaciones de los tiempos actuales de la Iglesia muy alternativos al que Usted acaba de hacer... y bueno, más allá de su cargo y sapiencia, es justo decir que tampoco es que Usted sea Papa como para no errar en esto); digo, aunque así de negro fuera el panorama, me pregunto si ante una crisis es realmente provechoso encararla desde una ponderación tan negativa. O si por el contrario, no fuera más prometedor partir de una visión más entusiasta, relevando y arremetiendo desde las cosas positivas. Partir de lo que hay y no de lo que falta... el vaso medio lleno en vez de medio vacío... No afirmo: pregunto.

—Mire, para eso, nada más oportuno que terminar de desmenuzar el caso de estos holandeses... pues la verdadera sorpresa del balance fue la valoración conclusiva que ellos hacían de sí mismos: a pesar de todo, se consideraban una Iglesia grandiosa, ya que no había pesimismo por ninguna parte, todos iban llenos de optimismo al encuentro del futuro. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción, y bastaba para compensar todo lo negativo.— Se me quedó mirando y sonriendo. Y empinó el inmenso jarro de cerveza, mientras buscaba por dentro algún ejemplo que graficara mejor lo que intentaba decirme: —¿Qué se habría dicho de un hombre de negocios que está en rojo pero que, sin embargo, en lugar de reconocer sus pérdidas, buscar las razones y afrontarlo valientemente, se enfrenta a sus acreedores sólo con el optimismo? ¿Qué pensar de la glorificación de un optimismo que es, sencillamente, contrario a la realidad? El optimismo puede ser una simple cobertura, detrás de la cual se esconda precisamente la desesperación que se buscaba superar de tal modo.
El optimismo sería un modo de liberarnos del reclamo y la demanda, considerados ya desagradables, del Dios viviente sobre nuestra vida. Este optimismo del orgullo se habría servido de nuestro optimismo ingenuo, más aún, lo habría alimentado, como si tal optimismo no fuese otra cosa que la esperanza cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, mientras que en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza.[2]

Me quedé abrumado ante tanta contundencia. Me miró con un dejo de picardía, como diciendo: querías contundencia: tomá! Y señalándome el shop sobre la mesa, espetó: warum trinkst du nicht? (no pensás tomar?). Pero yo estaba forcejeando en lo interior con las brasas quemantes que este bávaro de ojos hundidos me había arrojado. Decirle a un joven latinoamericano que el optimismo es una parodia de la esperanza...No se lo iba a dejar así nomás, de modo que, aún sin armas, arremetí:

— O sea, para decirlo sin glosa: Usted considera que es saludable y provechoso que la Iglesia sea ante el Mundo, sin más, un agrio profeta de calamidades, obstinado en gritar en todas las equinas: todo está mal, todo está mal!... ¿Eso dice?




— Mire m‘hijo, no lo tome a mal, pero yo tengo la impresión de que hoy existe un vasto malentendido en torno a la categoría de lo profético. El profeta se suele entender como un gran acusador, que se coloca en la línea de los «maestros de la suspicacia» y percibe lo negativo por doquiera. Esto es tan falso como aquella opinión que prevalecía antaño y que confundía al profeta con el adivino. El profeta es en realidad el hombre espiritual, en el sentido que san Pablo da a esta expresión; es decir, es aquel que está totalmente penetrado del Espíritu de Dios y que por esa causa es capaz de ver rectamente y de juzgar en consecuencia. Su misión es, por lo tanto, hacer la obra del Espíritu Santo y ello significa convencer al mundo en orden al pecado, a la justicia y al juicio (Jn 16,8). Puesto que todo lo ve a la luz de Dios, posee una percepción inexorable en lo que al pecado respecta...

—¿no es más interesante convencer al mundo de la Gracia?, ¿más que señalarle el mal, indicarle el bien; más que machacar con la falsía y mentira, servir a la verdad, anunciar la verdad? Digo, por su escudito...




—Es que el profeta debe dejar primero al descubierto la hipocresía y la mentira ocultas en las cosas humanas, a fin de dejar despejado el camino hacia la verdad. Convencer al mundo del pecado significa juzgar a los hombres y a las circunstancias a partir de su relación para con Dios; introducir en la comunicación el juicio de Dios como el factor decisivo y remitirlo todo a Dios. Por esta causa, el lenguaje profético es religioso en grado máximo, es lenguaje «espiritual». Por eso, el lenguaje profético siempre aplica también la medida de lo positivo: la justicia «porque me voy al Padre» y el juicio de Dios. Precisamente por esta razón, el lenguaje profético es siempre portador de esperanza. Hablar proféticamente significa, en síntesis, interpretar la situación desde el punto de vista de Dios, reconocer la voluntad de Dios rectamente en una situación determinada y proclamarla.

—Está bien, supongo. Aunque suena un poco “de libro”. A la hora de la praxis, ¿no entran en escena otros factores para discernir qué hacer? ¿O siempre y en cualquier contexto hay que agarrar el megáfono y ponerse a cantar las cuarenta?





—Decidir si estamos llamados o no a hablar proféticamente y en qué circunstancias, demanda una introspección muy seria, pues nadie puede erigirse por cuenta propia en profeta.[3]




(continuará.....)



el Athonita

1] Como a la inversa, al oído holandés, el alemán le sabe afectado y hasta amanerado. Acostumbrado, por caso, a estampar un filoso y viril ‗tegenover‘ —con vigorosas jota y efe—, había que hacerle frente a un sutil y grácil "gegenüber", casi invertebrado.

[2] Mirar a Cristo, ejercicios de fe, esperanza y amor. (en castellano: 1990; hay una reedición del 2005; ambas de Ed. EDICEP. El original alemán es del ‘88).

[3] Diálogo con Jaime Antúnez, Revista Humanitas, 2001

martes, 24 de noviembre de 2009

Ha muerto un grande: Francesco Gentile


Dios le permita ingresar al "Topos Uranos" que supo vislumbrar desde la tierra.

Pido a los amigos una oración por el alma de este gran Filósofo (en especial a los sacerdotes).
Para quienes no lo conozcan pueden ver su In Memoriam desde Via Dialéctica.

Natalio
Pd: un día de luto, mañana seguimos con la primera parte de la entrevista.

lunes, 16 de noviembre de 2009

El principe Pablo (de Rosario)

El amigo Pablo (de Rosario) ha accedido a algo que siempre le pido a mis amicales contertulios y aportó para el blog.
Mis respetos para él.

Natalio


Respetado Natalio:

Veo que ha respondido a mi pedido, y me ha prestado su blog, por un día. Agradecido, quisiera compartir con Ud. y sus lectores la recomendación de una miniserie que, para mí, es lo mejor que he visto este año. Quien quiera ahorrarse la lectura de las tonterías que voy a decir a continuación, bien puede saltearse los párrafos que siguen, e ir directamente a CÓMO DESCARGAR, si es que quiere arriesgarse a verla. Ahora, si luego no le gusta, recuerde que el que avisa no es traidor.

Lejos de mí la pretensión de ponerme en lugar crítico de cine o cosa que se le parezca. Lo más que puedo decir es la obviedad que a menudo escuchamos: me gusta el cine, el buen cine. ¿Y qué es el buen cine? Desde mi ignorancia, podría decir que es como el signo: da que pensar… O que el buen cine es el que nos lleva a la captación de valores.

Me gusta, en general, el cine inglés. No por anglofilia, sino en tanto es revelador de una idiosincrasia, de un temperamento. El cine británico me gusta por su estilo narrativo singular, cargado de ironías e insinuaciones, con ese modo peculiar de plasmar las escenas, tan revelador del afecto que tienen por su propio entorno geográfico y, sobre todo, por el predominio del diálogo sobre la acción. Considerado aburrido, largo, de lento desarrollo, por muchos, puede que lo sea en comparación con el cine norteamericano.

Dentro de los géneros, me gusta especialmente el denominado “cine de época”, en su intento por reconstruir el pasado. Me fascina la manera en que el cine de época británico despliega las imágenes, el contenido de sus diálogos, la reconstrucción de usos y costumbres, los escenarios naturales y arquitectónicos que exhibe, y ese cúmulo de pequeños detalles, reveladores del espíritu de una época. También me atrapa el recurrente tema de la afectividad, mejor o peor tratado, pero siempre rico en resonancias antropológicas y espirituales; y todo lo relacionado con ese delicado arte de gobernar los sentimientos, las diversas maneras de expresarlos, las variadas tonalidades afectivas de los personajes, el analfabetismo sentimental de algunos, etc.

La BBC suele producir “miniseries de época”. Y este año me encontré con una del año 2003, que me dejó tocado: The Lost Prince. Es la historia, poco conocida y muy humana, de una familia única y de un extraordinario muchacho: el príncipe John, el más joven hijo de George V y la reina Mary. El niño sufre de epilepsia y padece síntomas de autismo que le producen dificultad para aprender, lo que lo hace permanecer recluido, fuera de la vida pública de la familia. A pesar de los esfuerzos de su hermano mayor George, y de la niñera Lalla, que intenta rodearlo de algún vestigio de vida normal y amorosa, el príncipe John se verá progresivamente apartado de su familia.

En su simpleza, John resulta entrañable. En él veo el valor de la niñez, la riqueza de sus sentimientos, la dignidad de un niño doliente que no tiene total conciencia de serlo. Un pequeño que muestra la dignidad de las personas tenidas por poco útiles. Porque los “inútiles”, los “anormales”, nos recuerdan con fuerza impresionante que somos criaturas, que venimos de un Dios que nos crea y nos gobierna, limitándonos.

Otro personaje destacable es Lalla, la nurse del príncipe John. ¿Por qué Lalla? Tal vez, porque encarna a su modo el servicio desinteresado. A mí, además, me produjo una particular empatía, que aquí no sería del caso explicar.

Para más información:
http://www.europaeuropa.tv/Contenidos/Peliculas.aspx?Pelicula=gfoVdaxc0iAV5R
http://www.screenonline.org.uk/tv/id/1262391/

Como era de suponerse, resultó imposible alquilar o comprar el DVD original en la Argentina, cosa que hubiera hecho con gusto. De las compras en el exterior con tarjeta, ya hice suficiente experiencia de robo o pérdida en la aduana...

Gracias a la ayuda del Coronel Kurtz, y con un poquito de google, finalmente apareció la miniserie para bajarla de la web.

Apreciado Natalio, espero que Ud. y sus contertulios virtuales tengan la oportunidad de verla.

Cordiales saludos.


Pablo (Rosario)

* * *

CÓMO BAJAR.

1.- Recomiendo instalar algún gestor de descargas, ya que se trata de dos archivos avi de 700 mb., comprimidos en varias partes. A mí me funciona muy bien el JDDOWNLOADER. Hay que bajarlo e instalarlo:
http://jdownloader.org/download/index

2.- Uno de los sitios de los que se puede bajar la miniserie completa es del siguiente blog:
http://porsiempreorgulloyprejuicio.blogspot.com/2009/10/lost-prince-2003-miniserie-bbc-vose.html

La primera parte tiene subtítulos en castellano. Para la segunda parte, sólo encontré subtítulos en inglés, que dejo aquí:
http://rapidshare.com/files/305710326/TLP2.srt.html

3.- Otra opción, para los que tienen buen ancho de banda y conexión estable es una página que tiene los dos archivos de video, completos, listos para descarga directa. También aquí es recomendable usar gestor de descargas.

- Para bajar las dos películas los enlaces son:
http://www.frozentears.org/Sasha/Spikes/TheLostPrinceOne.avi
http://www.frozentears.org/Sasha/Spikes/TheLostPrinceTwo.avi

- Y para los subtítulos:
http://www.megaupload.com/?d=Q45V15OX
http://rapidshare.com/files/305710326/TLP2.srt.html

Nuevamente, la primera parte tiene subtítulos en castellano y la segunda sólo en inglés.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La duda de Abrahám


Conversando sobre la Duda, Mary trajo un asunto que siempre me resultó delicado: es el de la suspensión ética de la que habla Kierkegaard en Temor y Temblor.

En algún momento lo estudié en filosofía, luego me apareció en el libro de Castellani, cada tanto en una y otra lectura y, por último (paradójicamente), lo encontré en el libro.

Sé que se podría armar todo un club de fans del Danés entre los amigos del blog y que, de algún modo, al cuestionarlo me estaré convirtiendo en blanco de críticas y cuestionamientos.

No obstante, y ya que apareció en las conversaciones del sótano (y me parece que viene muy a cuento de lo que se charlaba), me voy a animar a arrojar mi piedrita. Y para que se pueda apreciar lo ínfimo de la piedra debo comenzar aclarando que es poco (en especial con relación a semejante obra) lo que he leído de él (estoy en estos tiempos leyendo todo lo que cae en mis manos…).

Para quien no conozca el planteo los remito al comentario de Mary y se lo podemos reducir más o menos así:

Al llegar al plano religioso se produce una “suspensión de la ética”, donde sus reglas o normas dejan de tener la misma relevancia o aplicación.

Kierkegaard toma el ejemplo de Abrahám:

Desde el punto de vista ético Abrahám actúa mal para con él mismo, para con Isaac y para con Sara. Desde el punto de vista Ético él es más que un asesino, es un perverso en su peor expresión que mata (quiere o "está dispuesto a"), no sólo a su hijo, su único hijo, sino que mata el cumplimiento de la promesa divina.

Desde el punto de vista religioso Abrahám se arrojó en la obediencia divina sin guardarse absolutamente nada. Por eso es el modelo perfecto del hombre religioso, del hombre santo.

La pregunta que surge es ¿es posible que exista una "suspensión de la ética"?

Y esto puede implicar o bien que se considera que la ética "llega tan sólo hasta cierto punto" pasado el cual "ya no rige" o bien que se le asigna a la palabra "ética" un uso distinto y una significación diferente a la asignada por la tradición católica (desde las rocas "paganas" como Sócrates, Platón, Aristóteles hasta las perlas "católicas" como San Agustín y Santoto).

Porque si de verdad considero que existe una suspensión ética en el plano religioso "el salto a la Fe" del Danés se convierte en un salto al nominalismo voluntarista. Es decir, matar está mal porque Dios dice que matar está mal. Si Dios dijera que matar está bien entonces matar estaría bien. El bien y el mal dependen "directamente" de lo que Dios diga que es bueno o malo.

Todo esto destruye la noción de naturaleza y, consiguientemente, de ley natural, derecho natural, orden natural, etc. No hay conexión alguna entre el individuo y sus actos y la naturaleza y su orden.

Llegados a este punto se imponen dos aclaraciones:

Una es la casi-imposible concreción absoluta del juicio moral sobre la conducta individual y concreta. Es decir, la certeza que se obtiene del principio moral (grabado en nuestros corazones) se torna dialécticamente problemática en el caso concreto. El mandamiento no es "no matar" en abstracto sino no matar injustamente. Matar en legítima defensa no está mal, ergo matar no siempre está mal.... Esto hace que no existan dos pecados iguales: si yo robo el mismo paquete de arroz que mi vecino ambos cometemos pecados distintos.

Y eso nos lleva a un segundo punto donde podemos encontrar algo que nos lleve a una explicación "tradicional" de la "suspensión ética". Lo que sí podría ocurrir (y aún esto habría que limarlo con muchísimo cuidado) es una suspensión del "conocimiento ético" por parte de quien obra. Lo cual no implica que el acto éticamente malo deje de ser malo sino que siendo bueno el individuo no lo reconoce como bueno y "pega el salto" aferrado a la confianza en Dios que le dice que es bueno.

Pero en este último caso no me parece que se pueda hablar de una suspensión ética porque, sencillamente, no la hay. En todo caso puede existir una suspensión del "conocimiento ético".

Y justamente pensaba esto a partir del ejemplo práctico que trae Mary sobre la monja de la película. Bien podría considerar ella que su mentira, su juicio infundado, sus actos difamatorios, etc. no fueran malos porque hay una "suspensión ética" fundada en un mandato divino. Y tan así podría ser visto que su misma angustia del final puede ser vista como la angustia humana ante el salto irreflexivo hacia Dios. ¿O alguien puede dudar de lo angustiosa que debe haber sido la duda de Abrahám?


Como dice Milkus, siempre dejo los temas abiertos.....


Natalio

domingo, 1 de noviembre de 2009

Orar con los Santos


Liquidez es palabra clave en el mundo financiero. Casi sin imagen material nos refiere a lo que fluye libre y suelto; el “cash” que tenemos a mano: disponible, como nos dice el ticket de Banelco.

El término tiene una fuerte impronta cristiana: vivimos de la liquidez del Resucitado. Sus gloriosas Llagas nos hablan de Sangre sin coagular, Sangre y Vida que fluyen sin atascamientos.
Es el Amor líquido.

Y lo que se dice de la Cabeza, se dice de su Cuerpo: liquidez y disponible vuelven a ser palabras clave para expresar el vínculo del Cielo con la tierra.
Todo está puesto en común. “Koinonía” es la palabrita bíblica.
Todo está abierto. “Omnia nuda et aperta”...

Es la Comunión de los Santos. Y Comunión de lo santo...
Los méritos de Cristo fluyen como sabia y sangre por todos los sarmientos. Los méritos de los santos fluyen igual por todo el organismo eclesial. Organismo que se dilata, esponja y expande, mientras esta liquidez de la Vida de Dios irriga y se difunde.
Pero no sólo los méritos. Sino el pulso mismo del amor en ejercicio es liquidez y disponible puesto en común. Es la oración del Cielo... “disponible”.

Si en el curso de esta vida mortal lo esencial es morir por los otros, pasados al ámbito eterno, lo esencial es vivir por los otros. Donde “por” no es sólo intencional sino atravesante.

Las bellas e intensas imágenes del Apocalipsis lo expresan con notable contundencia.
En ese Océano de Amor líquido disponible, vivimos, nos movemos y existimos. Ahí estamos desde el sumergimiento del día de nuestro bautismo.

No obstante.
Podemos permanecer impermeables. Encapsulados. Cerrados sobre nuestro propio yo, sólo dispuestos a con-vivir con lo ajeno divino-eclesial y no a per-vivir con ese Mundo divino.
Es una pena que el cristiano muchas veces se aísle en su oración, en vez de disfrutar de esta fiesta sinfónica. Que repliegue, atrofie, automargine su plegaria.

Rezar atravesados por el Cielo abierto, fluyendo íntegro por nuestro interior, es una consigna concreta para esa hincada de cada día: “que no me cierre, Señor, sobre mí; que me abra entero al Amor líquido, a la fluida y acústica Plegaria de todos los redimidos.”

(Perijóresis o circumincesión son palabras difíciles y técnicas que tuvo que inventar la teología para expresar este misterio que se da entre las Personas divinas, entre las dos naturalezas de Cristo y entre los miembros de la Iglesia de arriba y de abajo...).

Más que ‘inter’-actuar –como se dice tanto hoy- se trata de ‘intro’-meterse...

Rezar en la Comunión de los Santos es el misterioso y vertiginoso desafío a permear el yo orante a la plegaria ajena. Embeberlo en lo ajeno.
Es algo más abismal que el rezar por las intenciones de los demás: es dejar que la plegaria ajena fluya por mí, me recorra y suba –por mí- al Padre.

Rezar con san Pablo, o el santo que fuera, por tanto no puede reducirse ni a la tara racionalista de informarse para ‘entender’ cómo rezaba, ni a la tara voluntarista de observar para ‘imitar’ un modelo externo: se trata de incorporar esta plegaria líquida, activada, en ejercicio, por el inmenso Pablo de Tarso, que en Cristo, vive y ora para siempre... en mí.

Digamos también que esta liquidez no nos licua en un todo amorfo. Cada uno conserva su nítido yo, con su voz, su libertad, su historia y entraña personal.
Tal vez sólo la analogía musical nos pueda acercar a describirlo: ese acorde, esa sinfonía, donde cada nota sigue siendo tal, pero luce y reverbera al ser atravesado por los sonido diferentes –en timbre y nota- de los otros.

Hay una imagen oriental muy feliz —aunque habría que limarle algunos detalles— que es la del espejo. La vida del orante como la vida de un espejo. (Occidente ha demonizado a los espejos porque se ha tarado en la imagen de Narciso, que enfrenta al espejo; cuando en la estética de Oriente, los espejos acercan lo alejado, integran lo escindido).
Veamos qué nos aporta como símbolo del orante: no emite desde sí, pero responde sin retener. Refracta desde una identidad y ángulo auténticos (que constituyen su mismidad) (su estar ahí y su estar así) pero lo que emite no es nada de sí mismo, sino lo siempre ajeno... Es inmóvil en su superficie, y capaz de expresar el mayor torbellino...

Tras la misma plegaria de Cristo, que es la primera que fluye por las venas de nuestra fe, Zaqueo, Bartimeo, Magdalena, el Centurión, el Buen Ladrón, el Bautista, los Apóstoles y la Tradición completa de los Orantes de la Iglesia rezan con y en nosotros.
Y no sólo ellos: nuestros abuelos, nuestros padres difuntos, nuestros hermanos e hijos que ya partieron...
No sólo rezaron antes, ni sólo rezan ahora por: también rezan “con”. Y es injertando nuestro diminuto balbuceo orante en el todo sinfónico de este majestuoso Cántico Nuevo que oramos en la Iglesia.

El Catecismo dedica dos números enteros (2683 y 2684) a los maestros de la oración: la muchedumbre de testigos que conforman la tradición viva de la oración. “Tradición viva” dirá, expresando magníficamente la tensión justa entre lo antiguo y lo nuevo, entre lo ya pasado y lo en pleno despliegue: son ellos los que siguen orando y estimulando la más ínfima plegaria elevada desde nuestro Valle. Y trae a colación el Catecismo la “entrega” que hace Elías a su discípulo Eliseo de dos tercios de su propio espíritu (2Re 2,9), que éste último sólo podrá recoger mientras su maestro es raptado hacia lo alto...

Lo hemos dicho mucho, pero vaya una vez más: hay un famoso tratado sobre la oración de una mística suiza llamado “el Mundo de la Oración”. Parece un título simple, estereotipado, poco esmerado. Y lo primero que dice es justamente lo contrario: que no quisiera decir mucho más que eso, tan difícil de decir, y es decir que la oración es un mundo...

Un mundo de vivientes. Un mundo de vínculos. Un mundo de armónicos. Un atravesante mundo sinfónico. Al que somos invitados a entrar, subir y “participar”, como se dice hoy tanto.
Hablar de “oración privada” es casi una contradicción en términos.
La oración es un bien corporativo. Ni hay que privatizarla ni hay que protegerla en barrio cerrado.

La oración de Cristo, de su Madre, de los santos, están ahí, dentro de nosotros, presentes. Sólo que inactivos. A un “click” de distancia para destildar esta resistencia y permitirles que fluyan libres, resuenen gráciles en nuestra ‘caja de resonancia’ interior.
La oración –como Mundo- no se inventa ni se fuerza. No se “construye” (Babel). Se destraba, se desanuda como un moño, con dos dedos...

No peleen por dentro. No aprieten dientes pujando por sacar a flote un ruego... Es maña más que fuerza... Como le dice Mozart a Salieri en Amadeus: it surface by itself (emerge —en el sentido de flotar— solo).

Dice Knox que quien quiere sacarse de encima las distracciones en la oración a los manotazos, es como cuando uno trata de espantarse una mosca: más y más seguirá revoloteando encima nuestro.
Como cuando nos enseñaban a hacer la plancha en la pileta: quien se aquieta, flota solito en el líquido Misterio.
Insértense (o déjense insertar-injertar) en la fluida y líquida corriente de amor y plegaria del Cielo y de la Tierra.
Los más pequeños sobre los hombros de los mayores.
Los más pecadores escondidos tras los menos.
Los santos tras los ángeles. Y hacia el centro, la Madre de Dios, sobre cuya vertical asciende su Hijo, como flecha encendida hacia el Padre... Todo y todos en un mismo sentido.

Como aquello que cuentan de san Silvano del monte Athos que no gustaba rezar “enfrentado” a los íconos, sino que los tomaba, los daba vuelta, los apretaba contra el pecho o la frente y rezaba con ellos por delante...
Podría decirse, doblando el sentido: ¡un “modo extraordinario” de rezar!

La última obra de Jack Lewis —Cartas a Malcolm— es un tratadillo sobre la oración. Y, ejemplificando esta insoluble paradoja entre el hacer y el dejar hacer, emplea la imagen de la batuta del director de orquesta: ¿saca música, hace música? No. Más bien recoge y engolfa al viento sonidos ajenos, salidos de instrumentos ajenos, siguiendo una partitura ajena... that’s our job!, remata el inglés.
Como cuentan que fue el final de san Agustín: agonizando, escuchaba que se acercaba la música, cada vez más intensa, más bella, irresistible...y se dejó cautivar y llevar por ella.
Cerrar los ojos, recogerse en ese mundo de oración, y ante la liquidez de la plegaria completa de la comunión de los santos, tras el “la” que Cristo, el Nuevo Orfeo, ofrece a todos, elevar nuestra batuta, mirar la divina partitura, mirarlos fijos a todos, y habilitar en el anfiteatro interior la más bella música: el cántico nuevo, el canto de los resucitados.

Y entonces, serenamente, darle la entrada —como dice el Te Deum— a los ángeles todos, querubines y serafines y demás potestades, que en su fraseo, en su delicado aleteo, dibujan el comienzo del solemne Sanctus... hasta que entra el grave y grueso coro glorioso de los Apóstoles, y el imprevisible coro de la multitud admirable de los Profetas; la voz intensa y sanguínea del blanco ejército de mártires... el sabor de los doctores, la bucólica de los pastores... y -¡qué bello!- la limpia y cristalina, diáfana y aguda cadencia de las vírgenes... todo fluyendo, líquido, al pulso insustituible del propio corazón, que gime por piedad con unos, danza de júbilo con otros, alaba, bendice, sacrifica y ofrece la apropiada música ajena de la plegaria cristiana.

No recen solos.
Sáquenle la mejor de las músicas a los músicos del Cielo.
La partitura es de Dios; la maestría en cada fraseo es de ellos; pero la destreza de ustedes es crucial: es estirar los brazos, cargar de presión el silencio, y hacerlo estallar en música. Música callada, soledad sonora... que recrea y enamora.


el Athonita