martes, 22 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (IV)


— ¿No le digo? Usted, si llega a Papa, qué amor ni esperanza: ¡nos va a machacar con la fe! Díganos entonces algo sobre la fe. Hoy se invierte mucha energía, devaneo y hasta ingenio por traer a la fe a los incrédulos. Como si la cosa fuera sin más por sí o por no: tengo fe, no tengo fe. Me pregunto si el peligro más grande no sea que los que tenemos fe la agüemos, se nos diluya, se nos evapore, o sin morir del todo quede vegetando en su versión más raquítica... digo, ¿hay energías teológicas y pastorales bien invertidas en este sentido? No sé si soy claro: no un libro de apologética que me diga: “razones para empezar a creer”, sino una tapa en que se lea en grandes letras: “el arte de engordar la fe”...

(El Cardenal miró el grabador y me preguntó si podía pararlo un rato. Que él tenía un rato más, pero estaba muerto de hambre; que si yo contaba con ganas y tiempo, me invitaba a almorzar, ahí mismo. Ante mi algo ruborizado natürlich, mit vergnügen, llamó muy suelto al mozo y pidió dos menúes. Le recordé que a Ángelo Scola le encanta repetir el cuento de que siendo él un joven estudiante, el Cardenal lo había invitado a almorzar ahí mismo, en Baviera y que tras explicarle entusiasta los pormenores de cada plato típico y recomendarle vivamente y convencerle que se pidiera la mitad del menú, le dijo al mozo: y a mí, lo de siempre. Y el pobre Scola tuvo que vérselas con variedad de platos y cervezas negras ante un impertérrito Ratzinger que masticaba estoico un sánguche con una limonada.[1]



Se rió y me aseguro que no, que estaba muerto de hambre.



Ya empuñados los cubiertos para atacar a su schnitzel mit kartoffelsalat, con parecido entusiasmo y energía le hincó el diente a la cuestión sobre la Fe):


— La situación del creyente es, sobre todo, una actitud: la palabra 'creo' entraña una opción fundamental ante la realidad como tal; no significa afirmar esto o aquello otro, sino más bien se trata de una forma primaria de situarse ante el ser, la existencia, lo real, todo lo propio de uno mismo o la misma realidad. [...] Digámoslo de otro modo: la fe es una decisión por la que afirmamos que, en lo más íntimo de la existencia humana, hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible; sino que linda de tal modo con lo que no se ve, que esto le afecta y se le presenta como algo necesario para su existencia.[2]

— Aunque así planteada, la Fe parece francamente más a mano (en definitiva, se trata de una decisión, como tantas que uno, con o sin vértigo, toma en la vida); digo, a pesar de eso, le confieso que guardo como una suerte de ‘esperanza’ de que alguien me explique la Fe más bien como un acto de conocimiento, como una operación cognitiva ‘subsidiada’ si se quiere, o ‘alternativa’ al conocimiento sensible o racional... pero conocimiento contante y sonante al fin. Quéseyo, que la fe tenga que ser ‘sostenida’ por una decisión, además de sonarme a una mera apuesta (me juego a que sea por acá), me resulta acalambrante que haya que ‘sostenerle la vela’ a las verdades creídas, durante toda la vida, con hercúlea tenacidad... cuando estas verdades —si en verdad son verdaderas— cabría sospechar que alumbraran con luz propia...

— A esta actitud de creer se llega (enfatizó este verbo con timbre y gesto) sólo por medio de lo que la Biblia llama "retorno", "conversión". El hombre tiene que cambiar de posición para darse cuenta de lo ciego que es al fiarse solamente de lo que sus ojos pueden ver. La fe siempre tiene algo de ruptura y de salto y siempre ha sido una decisión que afecta a la profundidad de la propia existencia, un cambio continuo del ser humano al que solo se puede llegar por medio de una firme resolución... La fe es la forma de situarse o posicionarse el hombre entero de modo firme ante la realidad.[3]

— Pensé que se venía la pleamar de su dialéctica y que arremetería con un ‘sed etiam’ que rescatara el ejercicio de la inteligencia en el acto de creer. Pero no. Y a mí gusto (no se enoje) con esto que agrega la sigue devaluando: ahora resulta directamente que para creer primero hay que convertirse... ¿Era Sartre el que decía que la Iglesia era como una tienda de ropa sin espejo ni probador?

— El contexto de la fe —casi silabeando, remarcó la sabrosa palabra Zusammenhang (contexto)— es el acto de conversión, el cambio del modo de ser, que pasa de la adoración de lo visible y factible a la confianza en lo invisible. Formalmente, la expresión 'yo creo' se podría traducir por 'yo paso a', 'yo acepto'. Con palabras de Heidegger, podemos afirmar que la fe es un 'viraje' de toda la persona, que estructura toda la existencia posterior.[4]

— Evidentemente la palabra “Fe” es un término análogo; y no sólo en su vasto abanico de acepciones no-religiosas, sino que incluso como virtud teologal maneja márgenes importantes, ¿no? Cuando Usted dice que es un modo de situarse ante la realidad, empiezan a surgir los sabores de corte más mental; en cambio si machaca con que es salto, resolución, ‘yo acepto’, vuelve a la boca el metálico sabor a voluntad. Remarca Usted lo de ‘la persona toda’, ‘el hombre entero’... ¿será que ante el acto fe nuestra griega distinción entre inteligencia y voluntad hace nomás agua y sea imprescindible aferrarse al Hombre bíblico, al Hombre entero?

— Efectivamente, la fe es una orientación de la totalidad de nuestra existencia: es una opción fundamental que se extiende a todos los ámbitos de nuestra existencia y que, además, sólo se alcanza si es portadora de todas las fuerzas de esa existencia nuestra. La fe no es un acontecimiento meramente intelectual, ni meramente voluntario, ni meramente emocional, sino todo ello a la vez: es un acto del yo en su totalidad, de la entera persona en su unidad abarcante. En este sentido, en la Biblia se le designa como un acto del 'corazón' (Rm 10,9)[5]
Creer cristianamente significa comprender nuestra existencia como respuesta integral a la Palabra, al Logos que todo lo sostiene y lo soporta. Significa afirmar que el sentido que nosotros no podemos construir y que sólo nos atañe recibir, nos ha sido regalado; de manera que lo único que hemos de hacer es aceptarlo con todo el ser y fiarnos de él.[6]

— Me empieza a gustar: la Fe como recibida donación de Logos. Si me permite insistirle en mi obsesión: no es que me interese entender la fe; pero sí me interesa que la fe entienda!

— ¡Claro que entiende! Creer es entender gracias a ‘algo’ que hemos recibido: acoger a Cristo, comprender todo con Él y después permanecer en Él.[7] El acto de fe consiste en un proceso en el que tanto la razón como la existencia individual desbordan sus propios límites; es un tomar la razón individual, aislada y escindida, y encauzarla hacia el espacio de aquel que es el Logos, la Razón y el Fundamento racional de todas las cosas y de todos los hombres...[8]

— Offshorizar el conocimiento hacia el ‘in altum’ de... ¡la mente de Cristo! ¿Eso es la Fe? ¿No pensar a Cristo sino directamente tener y operar con la mente de Cristo? Esto sí que no me lo esperaba...

—La fe -como te decía- requiere una conversión. Pero la conversión es un acto de obediencia a aquello que me precede y que no tiene origen en mí mismo. Y esta obediencia permanece, porque aquello que me precede, una vez que lo he conocido, no se convierte en una parte de mi pensamiento; ocurre exactamente lo contrario: soy yo el que me convierto en él; y así, esta fe permanece siempre por encima de mí mismo. Además, para el cristiano, lo que le precede no es un 'algo', una cosa, sino que es una persona; mejor todavía, un "Tú". Es Cristo, el Hijo de Dios hecho carne; Él es el nuevo inicio a partir del cual pensamos. Él es el nuevo sujeto, en el que ha desaparecido el límite de la subjetividad, han saltado por los aires las barreras entre sujeto y objeto, de manera que puedo decir: yo, pero ya no sólo yo.[9]

— Me entusiasma mucho lo que me dice, Padre. Mucho... Tan distinto a lo que puede llegar a sonar el Credo recitado en Misa, donde parece más bien que creo en cosas, como quien tilda apuestas a lo Pascal o resultados posibles del Prode...

— No, claro; el enunciado clave de la Fe no es 'creo en algo', sino 'creo en Ti'. Es encuentro con el hombre Jesús, y es en ese encuentro que se experimenta el sentido del mundo como persona. La fe es, pues, encontrar un Tú que me sostiene y vive de una inteligencia que no existe en estado puro, sino de una Inteligencia que me conoce y me ama; la Fe vive de un poder confiarme a Él con la misma seguridad con que un niño ve resueltos todos sus problemas en el tú de la madre.[10]

— Hmmm, con esta última imagen volvemos a categorías preracionales. ¿No valdrá decir que se trata de un acto de confianza... pero confianza que se cristaliza en conocimiento?

— Cuando decimos: 'te creo', es tanto como decir: 'confío en ti', 'pongo mi confianza en ti'; quizá incluso 'me apoyo en ti'. Y este Tú en el que yo confío me da una certeza... distinta, claro, pero no menos segura que la que viene del cálculo y de la experiencia.[11]


— A ver... capaz que con esto de los idiomas se me esté enredando la cosa por astringir el sentido de las palabras. Queda claro que no es una mera apuesta sino una certeza. Pero eso no lo homologa sin más a tratarse de un acto de conocimiento (que es mi secreta ilusión y sospecha). Por eso no me cerraba el ejemplo del bebe ante su madre: tiene certeza de que nada malo ha de pasarle en esos brazos... ¿pero tiene conocimiento de esa certeza? O en ejemplo más actual de nuestra propia experiencia: yo tengo plena certeza de la altura de la torre Eiffel o de que Aníbal cruzó los Alpes, porque son datos impermeables a la corrosión de la duda... pero no porque yo haya hecho la experiencia cognitiva de ellos. ¿La Fe es algo así? ¿Es certeza al modo como se confía en la profesora de geografía o el noticiero de la tele? ¿O me vincula al acontecimiento a percibir? Digo (para explicarle mi ilusión y sospecha), si Dios es tan bueno y tan poderoso, ¿por qué habría de limitar su ‘limosna’ a regalarnos unos peces de su propia pesca en vez de regalarnos la caña de pescar? Ya sé: no nos ‘debe’ ni lo uno ni lo otro... pero bueno, pregunto nomás... porque si es lo primero, me suena a un oftalmólogo que sabiendo y pudiendo operarle la vista a un ciego, le regalara un impecable bastón blanco y todavía le explicara: no sabés, es el último modelo; ya no hace falta doblarlo en tres sino que viene con reducción telescópica... Fah!
Con todo respeto: no me caería muy bien un Dios así...

— (Se ríe; pero de inmediato retoma un semblante muy serio, para decir, escogiendo lentamente cada una de sus palabras): El amor que procede de la fe ha de ser un amor comprensible, que no se contenta con darle al otro pan, sino que le enseña a ver. Pero si la fe, como amor, concede la facultad de la visión, tal como se dice plásticamente en el relato de la curación del ciego de nacimiento (Jn 9), aquí se expresa ya algo sobre la fe misma: esta fe no es un acto ciego, una confianza sin contenido, una vinculación a una doctrina esotérica o algo parecido. Todo lo contrario: quiere ser un abrir los ojos, un abrir al hombre a la verdad. La fe, en el sentido del Nuevo Testamento es algo más que una confianza elemental: el contenido creído forma parte de la forma estructural de la fe cristiana... Al principio es una fe de 'segunda mano', tan solo una entrada hacia la fe 'de primera mano', hacia el encuentro personal con el Señor.[12]

— Lo que me dice es música para mis oídos. Igual, desde mi supina ignorancia, se me hace que en esto deben haber si no escuelas, al menos ‘acentos’ diversos, ¿no? Pienso, por ejemplo, en la tesina del Papa reinante cuando alumno del Angelicum, sobre la Fe en san Juan de la Cruz... ahí ambos (el Doctor y el doctorando) articulan mucho esta categoría de “lazarillo”; la Fe como lazarillo.
Seguramente sin negar nada de esto, logra Usted complementarme la idea con esto de la Fe como auténtica visión. Aunque descarto que no refiere a la visual de los ojos corpóreos, ni a nada experimentable...

— ¡No te creas! Sin experiencia, no hay conocimiento: la afirmación es válida para cualquier incumbencia de lo humano. Sólo la experiencia de Dios puede formar el conocimiento de Dios... El tema de la experiencia y de la fe se ha ido haciendo cada vez más apremiante en los últimos años... Lo que late en torno a estas dos ideas (fe y experiencia) es la estructura del espíritu y del conocimiento humanos, el problema de cómo puede entrar Dios en el espíritu del hombre.
Jesús enseñaba fundamentalmente mediante parábolas y comparaciones. Es un hecho que las comparaciones no son un truco pedagógico del que se puede prescindir alegremente... No obstante, la realidad de Dios es siempre mayor que nuestras experiencias, incluidas las que tenemos sobre la divinidad... La fe parte de la experiencia, pero nunca se reduce a una experiencia que está allí sin más. Dios -que es siempre mayor- solo puede ser conocido en la superación del 'siempre más', en la corrección permanente de nuestras experiencias. Y así es como fe y experiencia configuran el continuum de un camino que debe llevar a metas cada vez más lejanas. Y con esto contesto un poco tu pregunta inicial sobre la fe: sólo de la mano de renovados progresos de la fe, crece la auténtica "experiencia de la fe".[13]

— Entiendo. La Fe engorda por repetición de actos, y actos que constituyen experiencias. Ahora, pregunto: cuando Usted habla de ‘experiencia’, ¿refiere directa y exclusivamente a la experiencia personal de Dios o cabe ampliarla a algún otro terreno —tal vez más accesible para muchos— donde otra realidad, más humana, también hecha experiencia, ofrezca pastos para el engorde de nuestra Fe?

— Algo mencioné cuando hablamos de apologética. Me refiero a la figura de los santos, que proporciona una expresión elevada de este fenómeno creyente cotidiano y constituye una de las funciones esenciales de la Iglesia. Los santos (como figuras vivientes de una fe experimentada y contrastada, de una trascendencia experimentada y acreditada) son, por así decido, ámbitos vitales en los que se puede entrar, en los que -en cierto modo- se almacena la fe como experiencia, se acondiciona antropológicamente y se acerca a nuestras vidas.[14]

— ¡Uau! Me deja Usted muy impresionado. No sé si es que Usted es muy original o yo muy ignorante, pero jamás había escuchado, ni imaginado, que el famoso ‘Depósitum Fidei’ más que un vetusto arcón lleno de cosas, fuera un Cuerpo viviente, un ámbito vital, donde la Fe late cual el pulso contrastable de un viviente.
Pero retrocedo un par de casilleros para retomarle el asunto este de la calidad cognitiva de la Fe. Queda claro que conoce. Pero, ¿cuán ‘cristalino’ es su acceso a lo conocido? Quéseyo, me cuesta convencerme que ese uso vulgar con que empleamos el verbo ‘creer’ en casi todos los idiomas, no guarde ninguna escala con nuestro acto de fe. Cuando digo ‘creo’, normalmente lo que estoy aseverando es no estar del todo seguro, pero tener orientado el juicio hacia esa dirección. Es como algo más que la mera duda, pero algo menos que la rotunda certeza. No sé si será lo óptimo, pero pregunto, ¿no es esa también una posibilidad en el campo religioso? ¿Acaso puede ser tan perfecto un conocimiento cuya certeza hay que andar pechando con la voluntad desde afuera de la inteligencia, porque ésta última sola no logra cerrar el caso?

— Es cierto que se dice, por ejemplo: 'creo que mañana hará buen tiempo'; o bien: 'creo que esta o aquella noticia no dice la verdad'. La palabra 'creer' equivale aquí a opinar: expresa una forma imperfecta de conocimiento. Se habla aquí de fe donde no se ha alcanzado el estatuto de saber. Muchas personas piensan que este significado de fe vale también en el ámbito religioso y que, entonces, los contenidos de la fe cristiana son un nivel previo e imperfecto del saber... Sin embargo, para los creyentes cristianos, la expresión 'creo' indica una certeza absolutamente peculiar, en algunos aspectos mayor que la de la ciencia; pero, desde luego, también lleva en sí misma un momento de 'sombra e imagen', un momento de 'todavía no'.
Cierto es también que el asentimiento del acto de Fe es causado por la voluntad, y no por la comprensión directa del entendimiento: en esto consiste la particular forma de libre albedrío en la decisión por la fe. Con esto se muestra la particular estructura espiritual de la fe. La fe no es solo un acto del entendimiento, sino un acto en el que confluyen todas las potencias espirituales del hombre... Ahora, sólo porque el fundamento del alma, el corazón, es tocado por Dios, es que se pone en marcha toda la estructura de las potencias espirituales que confluyen en este sí de la fe... Cuando el corazón entra en contacto con el Logos de Dios, con la Palabra encarnada, se toca ese íntimo punto de su existencia»[15]

— Ser tocado por el Logos, alcanzado por el Verbo, Quien pone en marcha toda la maquinaria interna del acto humano... creo que empiezo a entender. Al menos me ventila y oxigena la zona más encerrada del asunto que es esto de la voluntad instigando al entendimiento a que diga ‘ajá’... Es que me da miedo la autosugestión, me aterra que el convencimiento admita el reflexivo: “convencer-se” de algo me da pánico... tengo como fobia al autismo y la paranoia de que cualquier movimiento en falso, me puede tullir y atrofiar hacia un adentro sin retorno... Por eso, de la puesta a punto de la Fe, me importa –más que su funcionamiento mismo- su origen, su “ex”. Ya lo sé, san Pablo dirá: Fides ex auditu... pero acépteme que con eso corremos un poco la frontera, pero sin franquear los límites del propio yo. Sigo siendo yo el que escucha... No sé si entiende mi inquietud...

— Perfectamente. La fe no es fruto de mis pensamientos, sino que me viene de fuera. Esto es crucial. Por eso, la Palabra no es algo de lo que dispongo y cambio a mi antojo, sino que es anterior a mí mismo: precede siempre a mi pensamiento. La nota peculiar del acontecimiento de la fe es el carácter positivo de lo que viene a mí, de lo que no nace en mí y me abre a lo que no puedo darme a mí mismo. La fe depende por tanto de algo más que está fuera de mí mismo.[16]

— Bien. Con eso queda fundada la Fe al menos fuera del radio de gravitación del propio yo. Para mí era crucial que esa “cosa” llamada Fe no brotara como un hongo del suelo sino que cayera cual meteorito del cielo.
Resuelto el origen, pregunto entonces por la meta... aunque la Carta a los Hebreos nos prevenga de que se trata redondamente de lo mismo. Pero digo meta no tanto como objetivo sino como objeto, aunque debe ser lo mismo, capaz. Me importa esto: ¿qué enfoca la Fe? ¿A mi yo creyendo o al Dios creído?

Y con esto hago una voltereta da capo, pues de lo mucho que me viene diciendo, me ha quedado clavada como una daga eso de que la Iglesia se enferma en la medida en que se mira, se analiza y se concentra en sí misma... Y no puedo dejar de aplicar esto a la Fe... ¿era el cardenal Newman el que insistía que la verdadera Fe es incolora, o sea, transparente? Creo que dice algo así como que a través de la Fe el alma contempla a Cristo, pero que el alma sana repara tan poco en la Fe como el observador lo hace en el aire que atraviesa su mirada. Mirar a Cristo, remata el inglés, es quedar justificado por la Fe; pero pensar en que uno está justificado por la Fe es apartar la mirada de Cristo y hundirse, como Pedro caminando sobre las aguas...


continuará...


el Athonita


[1] [N. del E.]: Lo cuenta Scolla con mucha gracia al prologarle a Ratzinger su autobiografía (Mi vida, 1997)
[2] Introducción al Cristianismo, 1968
[3] Ibid.
[4] Teoría de los principios teológicos, 1985
[5] Evangelio, Catequesis, Catecismo, 1993
[6] Introducción al cristianismo.
[7] Fe y Futuro, 1983
[8] Teoría de los principios teológicos, 1985
[9] Conferencia en Toronto, 1986
[10] Una mirada a Europa, 1993
[11] La cita es de Fe y futuro, pero en realidad es una charla radiofónica del año 1970.
[12] Teoría de los principios teológicos, 1985
[13] Ibid.
[14] Ibid.
[15] Convocados en el camino de la Fe, 2004
[16] La Palabra en la Iglesia, 1976

lunes, 14 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (III)


(Llamó entonces al mozo para pedir más cervezas y una picada completa. Yo aproveché para dar vuelta el cassette. Lo veía no sólo muy dispuesto sino con ganas de darle rienda suelta a este sabroso diálogo. Así que no perdí tiempo y arremetí:)

— No sé si existe en alemán, pero en varias lenguas circula un dicho muy instalado que dice que la mentira tiene patas cortas. Le confieso que me llevo bastante mal con una gran cantidad de dichos populares, que ustedes los adultos compran por dos mangos y usan sin el menor análisis crítico. Pero éste en particular me provoca una profunda molestia: estoy por completo en desacuerdo. Y no es poco el vértigo que me produce constatar que los humanos pueden vivir y corretear por lustros, por décadas, por siglos cabalgando sobre faustas mentiras. El mismo aforismo, cruzando las generaciones a zancadas de garza, es muestra patente. Como tampoco —entrando en terreno eclesial— me va mucho aquello de Gamaliel: si no es de Dios, se pulveriza solo. Supongo que los exégetas ayudarán a relativizar aquella suerte de regla de oro del discernimiento, porque no sé, digo... hay males eclesiales que han durado cien años y algunos hasta mil, ¿o no?
Voy a esto: me resulta insólito fundar una apologética en la perduración de la Iglesia en el correr de los siglos. Y vamos que se hace. (De paso le abro un paréntesis, ya que aún no se inventaron los links: su Congregación debería no sólo corregir y amonestar cuando un teólogo dice algo osado, tras la frontera de la ortodoxia. Doble corrección y castigo habría que darle a los que simplemente dicen tonteras u obviedades, aun de este lado del coto. Un caso es este que le digo: “la Iglesia es obra de Dios, porque si no, hubiera desaparecido en alguna curva de la historia”. Mejor dejo de hablar y pregunto: ¿cómo lo ve Usted? ¿En qué apologética cree? ¿Hay algo empíricamente falsable que verifique la autenticidad del cristianismo?

— La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno. El Señor se hace creíble por la grandeza sublime de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los astutos subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia.[1]

— Ya sé que burdo seguro, pero pregunto si además de burdo sería falso decir que Usted se dedica en Roma a asegurarse la “ortodoxia”, a que todos los católicos pensemos igual...

— (se ríe) La síntesis entre catolicidad y unidad es una sinfonía, no es uniformidad. Lo dijeron los Padres de la Iglesia. Babilonia era uniformidad, y la técnica crea uniformidad. La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad.[2] Y ya que la nombra, quizás es útil recordar que en el término "ortodoxia" la segunda mitad de la palabra, "doxa", no significa "opinión" sino "esplendor", "glorificación": no se trata de una correcta opinión sobre Dios, sino de un modo correcto de glorificarlo, de darle una respuesta. Ya que esta es la pregunta fundamental del hombre que comienza a entenderse a sí mismo de la manera correcta: ¿cómo debo encontrar a Dios? Así, aprender el modo correcto de adorar -la ortodoxia- es lo que nos viene dado sobre todo por la fe.[3]

— Lo que es más preocupante (a mi ver) es cuando ya no el Prefecto para la Fe, sino un minúsculo grupo de Iglesia tiende a atrofiarse sobre sí misma, no sin la sorda convicción de ser portadores de la Verdad absoluta. Y no pienso en el Lefebvrismo, sino en moneda mucho más corriente y cotidiana: los movimientos eclesiales, con sus códigos, sus ritos, el fanatismo por sus fundadores... ¿cómo lo ve Usted?

— Por un lado soy muy amigo de estos movimientos. Pienso que son un signo de esta primavera y de la presencia del Espíritu Santo que esté regalando estos carismas nuevos a la Iglesia... Pero creo que es importante que estos movimientos no se cierren sobre sí mismos o se absoluticen. Tienen que entender que si bien son una manera, no son “la” manera; tienen que estar abiertos a otros, en comunión con otros. Especialmente debemos tener presente y ser obedientes a la Iglesia en la figura de los obispos y del Papa. Sólo con esta apertura a no absolutizarse con sus propias ideas y con la disposición para servir a la Iglesia común, la Iglesia universal, serán un camino para el mañana.[4]

— No le levanto el guante de lo de “primavera”... es Usted muy dialéctico; mejor dejémoslo ahí, así podemos pasear por más tópicos. Qué nos diría a los jóvenes respecto a la Liturgia...

— Estoy viendo cómo la nueva generación reencuentra el sentido del silencio, así como el sentido del esplendor de los símbolos, de la objetividad de una gran liturgia en la cual uno no se representa a sí mismo, no es animador, sino que representa el misterio más grande que puede haber para todo ser humano, que es la presencia del Señor.
Veo —y esto es muy natural— que el hombre y el alma cristiana no pueden perder completamente el sentido de esta riqueza, que quizás puede con todo ensombrecerse momentáneamente. Pero en la juventud, que ha vivido suficientemente estos nuevos descubrimientos de la información y la imagen, retorna ya el sentido de la gran liturgia auténtica y su dimensión contemplativa. Por otra parte, el clamor del espíritu cristiano, del pueblo cristiano, es tan fuerte, que no puede quedar sin respuesta. En este sentido, espero que con una nueva generación tendremos también un regreso auténtico de estos elementos tan importantes de la liturgia cristiana.[5]

— Nadie vuelve si no se fue: si dice “regreso”, supone un pródigo “egreso” o éxodo. Pero no quiero apretarlo ya más en este punto. Sino hablar de esta esperanza que Usted manifiesta en la nueva generación eclesial. Cualquiera podría sospechar que la cosa venía al revés: que los curas viejos eran los que se aferraban a una Liturgia más parca, más formal, más como acartonada, distante; y en cambio fueran los curitas jóvenes los que procuraran un poco más de buena-onda, de alegría, qué se yo... de “normalidad”, de cercanía en la Liturgia...

— Dejáme que te explique un poquito: con posterioridad al Concilio, muchos elevaron intencionadamente a nivel de programa la «desacralización», explicando que el Nuevo Testamento había abolido el culto del Templo: la cortina del Templo desgarrada en el momento de la muerte de cruz de Cristo significaría –según ellos– el final de lo sacro. La muerte de Jesús fuera de las murallas, es decir, en el ámbito público, es ahora el culto verdadero. El culto, si es que existe, se da en la no-sacralidad de la vida cotidiana, en el amor vivido. Empujados por esos razonamientos, se arrinconaron las vestimentas sagradas; se despojó a las iglesias, en la mayor medida posible, del esplendor que recuerda lo sacro; y se redujo la liturgia, en cuanto cabía, al lenguaje y gestos de la vida ordinaria, por medio de saludos, signos comunes de amistad y cosas parecidas.

— Más allá de la grasada en que se cristalizó, parece tener su teo-lógica...

— Sin embargo, con tales teorías y una tal praxis se desconocía completamente la conexión real entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; se había olvidado que este mundo todavía no es el Reino de Dios y que «el Santo de Dios» (Jn 6,69) sigue estando en contradicción con el mundo; que necesitamos de la purificación para acercarnos a Él; que lo profano, también después de la muerte y resurrección de Jesús, no ha llegado a ser lo santo. El Resucitado se ha aparecido sólo a aquellos cuyo corazón se ha dejado abrir para Él, para el Santo: no se ha manifestado a todo el mundo. De este mundo se ha abierto el nuevo espacio del culto, al que ahora estamos remitidos todos; a ese culto que consiste en acercarse a la comunidad del Resucitado, a cuyos pies se postraron las mujeres y lo adoraron (Mt 28,9).
No quiero en este momento desarrollar más este punto, sino sólo sacar directamente la conclusión: debemos recuperar la dimensión de lo sagrado en la liturgia. La liturgia no es festival, no es una reunión placentera. No tiene importancia, ni de lejos, que el párroco consiga llevar a cabo ideas sugestivas o elucubraciones imaginativas. La liturgia es el hacerse presente del Dios tres veces santo entre nosotros, es la zarza ardiente, y es la Alianza de Dios con el hombre en Jesucristo, el Muerto y Resucitado. La grandeza de la liturgia no se funda en que ofrezca un entretenimiento interesante, sino en que llega a tocarnos el Totalmente-Otro, a quien no podríamos hacer venir. ¡Viene porque quiere!
Dicho de otro modo, lo esencial en la liturgia es el Misterio, que se realiza en el rito común de la Iglesia; todo lo demás la rebaja. Los hombres lo experimentan vivamente, y se sienten engañados cuando el misterio se convierte en diversión, cuando el actor principal en la liturgia ya no es el Dios vivo, sino el sacerdote o el animador litúrgico.[6]

(Se había acalorado notablemente el tan comedido y recatado alemán. Se ve que el tema lo “entusiasma”, por decirlo en positivo).

— Viene porque quiere. Me gusta esta expresión. Rompe tanto con lo mágico como con una Iglesia ‘con derechos adquiridos’ sobre Dios. Me ha desayunado con esto de que el ‘viene porque quiere’ sea sinónimo de Misterio... se me hacía que Misterio refería más a lo inasible de la Verdad divina para la inteligencia humana y Usted lo vincula a lo indomable de la Bondad divina que no es funcional a la voluntad humana. Ahora, recuperar la dimensión de lo sagrado es el epicentro del conflicto y de su solución. Ese “qué” me queda claro. No así el “cómo”... qué sé yo, se ofrecen por doquier combos a mi gusto demasiado blindados respecto a cómo ejecutar este rescate. Será que nuestra generación está podrida de los combos, de que siempre esto se coma (y se “deba” comer) con esto otro... Volviendo a la cita que trajo Usted de Tertuliano, pregunto: ¿costumbre o tradición? ¿Gestalt o Verdad? Para bajar a lo concreto de los paradigmas litúrgicos: ¿no es factible, por ejemplo, romper la alternativa cómbica “de espaldas y en latín” o bien “de frente y en vernáculo”?

—(ríe con ganas). Claro que sí. El ‘versus orientem’ yo soy un convencido que puede ayudar, ya que es una tradición de los tiempos de los Apóstoles, y no es sólo una norma sino la expresión de la dimensión cósmica e histórica de la liturgia. Celebramos con el cosmos, con el mundo. Es la dirección del futuro del mundo, de nuestra historia representada en el sol y en las realidades cósmicas... Los gestos externos no son sólo un remedio de por sí, pero podría ayudar dado que es una interpretación muy clásica de la dirección de la liturgia.
Ahora, lo otro... en términos generales, pienso que fue bueno traducir la liturgia en las lenguas locales porque la entendemos, participamos también con nuestras mentes. La presencia del latín en algunos elementos ayuda a darle una dimensión universal, darle la oportunidad a la gente para que vea y diga “estoy en la misma Iglesia”... Pero en general, las lenguas locales son una muy válida solución.[7]

— Mire Usted. Le confieso que pensé que iba a tratar de convencerme de que los combos no se tocan, no se mezclan, no se combinan... Me entusiasma esta “libertad” no de la voluntad sino de la inteligencia para reponderar cada elemento atendiendo a su peso específico. Me da Usted una inmensa alegría. Porque (para volver al ejemplo en cuestión) me entusiasma la idea de que el sacerdote (que es un ser humano como nosotros, que es parte del Pueblo de Dios) no nos enfrente sino que rece con nosotros, en nuestra misma dirección... pero que eso hubiera que comerlo sí o sí con el asunto de los latines, puntillas y almidones, me hacía mucho ruido. Sin entender un pito, intuía que ambos asuntos tenían pesos específicos muy diferentes. Como no menos, del combo vanguardista me dan ganas de “probarlo todo y quedarme con lo mejor”... claro que para eso hay que saber, ¿no?. Por caso, me entusiasma el rescate de lo bíblico y lo patrístico tras tantos siglos de barrocas “devociones a bobas” (como decía santa Teresa), y espiritualidades “kempísticas” del voluntarismo contrareformista. Me entusiasma la búsqueda de la pureza de las formas (al modo románico) deponiendo los ruidosos ribetes barrocos. Pero le confieso algo y le hablo ahora desde mi más crispada virulencia adolescente: no entiendo a los grandes en esa tara mental y afectiva por pendularlo todo. ¿Sólo cabía abrirse del barroco asumiendo una gélida iconoclasia? ¿Quitar los angelotes renacentistas implicaba enchapar los templos en fórmica, vidrio y aluminio? ¿No cabe una actuosa participatio sin show-man? Ni entiendo esto otro, que no se inscribe en la tragedia del péndulo, sino... qué se yo, en la llana contradicción: se habla de la acuciante necesidad y urgencia por alejarnos del clericalismo del Novecento, y su funcional desprecio al laicado como cristianos de cuarta. Y acto seguido (por ser benévolo y no decir: en el mismo acto) el cura se adueña del centro de la escena para ser el tipo piola, el showman que nos quiere comprar a todos... No lo entiendo, Padre. No digo ‘no estoy de acuerdo’, sino algo previo: no lo entiendo; no entiendo siquiera la lógica interna que pueda tener eso en el propio ideario de los más entusiastas reformadores: querer sacar al cura del centro... instalándolo en el centro. Me da la bruta sensación de que la necesaria desclericalización desembocó imprevistamente en una hiperclericalización... Reforzar, como lo hace el Concilio, la idea casi topográfica, del cura tomado de entre los hombres y colocado a favor de los hombres para que ofrezca, como hermano de los hombres, el Sacrificio por los pecados de todos... pero en vez de hacer de punta de lanza, salta el mostrador para ponerse “gegenüber” (enfrentándonos)... Más que por tradicional o no tradicional, me resulta, en la gramática gestual, un tanto disléxico...

— La idea que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la cristiandad moderna y es completamente extraña en la antigua. Sacerdote y pueblo ciertamente no rezan el uno hacia el otro, sino hacia el único Señor. Por tanto durante la oración miran en la misma dirección: o hacia Oriente como símbolo cósmico para el Señor que viene, o, donde esto no fuese posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como hizo el Señor en la oración sacerdotal la noche antes de su Pasión (Jn 17, 1). Mientras tanto se está abriendo paso cada vez más, afortunadamente, la propuesta hecha por mí: no proceder a nuevas transformaciones, sino proponer simplemente la cruz al centro del altar, hacia la cual puedan mirar juntos el sacerdote y los fieles, para dejarse guiar de tal modo hacia el Señor, al que todos juntos rezamos.[8]

— Ya le dije que me gusta esto que acentúa del desenfoque del celebrante para tornarnos hacia el Señor. Me gustaría sacarlo del contexto litúrgico y traspolarlo al ejercicio más general de la vida eclesial. No lo tome a mal, pero... ¿no le parece, Padre, que la Iglesia vive demasiado pendiente de sí misma, como esas adolescentes que se pasan horas al espejo depilándose una ceja? Me atrevo a planteárselo sin vueltas porque me parece que me dejó ese “pie” al comienzo de nuestro diálogo, con aquello de que la decadencia de los holandeses se inició el día que empezaron a hablar de sí mismos...

— Creo que en este sentido tenemos mucho que aprender. Sí: nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, de las cuestiones estructurales, del celibato, de la ordenación de las mujeres, de los consejos pastorales, de los derechos de estos consejos, de los sínodos... Trabajamos siempre sobre nuestros problemas internos y no nos damos cuenta de que el mundo tiene necesidad de respuestas, no sabe cómo vivir. Esta incapacidad de vivir del mundo se ve en la droga, en el terrorismo, etc. Por tanto, el mundo tiene sed de respuestas, y nosotros nos quedamos en nuestros problemas. Estoy convencido de que si salimos al encuentro de los demás y presentamos a los demás de manera apropiada el Evangelio, se relativizarán y resolverán incluso los problemas internos. Para mí este es un punto fundamental: tenemos que hacer el Evangelio accesible al mundo secularizado de hoy.[9]
Hay que recortar la autoexaltación del hombre y de las instituciones; todo lo que se ha vuelto demasiado grande debe volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor mismo.[10]

— Ahora convengamos, Padre: que se diga esto desde el ala más “tradicional” de la Iglesia no deja de ser curioso. Digo, porque se los suele asociar a la pompa y lo fastuoso; mientras que los sectores más de avanzada patrocinan la sencillez y la pobreza. Y respecto a la “institución”, los conservadores viven en la nostalgia de aquella exitosa y triunfal “Cristiandad”, mientras la progresía dice querer una Iglesia más abyecta y sin halagos. Pero vuelven las paradojas: cuando la Iglesia decidió no aplaudirse más, empezaron las aplausos en las iglesias...

—Y sí. Es importante denunciar el peligroso y nuevo triunfalismo en el que caen con frecuencia precisamente los contestadores del triunfalismo pasado. Mientras la Iglesia peregrine sobre la tierra no tiene derecho a gloriarse de sí misma. Esta actitud podría resultar más insidiosa que las tiaras y sillas gestatorias, que, en todo caso, son ya motivo más de sonrisas que de orgullo.[11]

— Si tuviera que elegir una, una sola palabra-clave como consigna, como norte, sobre todo para nosotros los jóvenes, ¿cuál escogería?

— Adoración. Y lo pienso en la diferente acepción de la palabra «adoración» en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.[12]

— Esta pregunta me la va a tirar por la cabeza... porque otra vez procura sacarle una respuesta desmatizada. Y es: ¿cuál es el peligro más grande al que está expuesta la Iglesia actual? Hemos repasado algunos escabrosos tópicos y muchos otros no. Desde los desmanes litúrgicos hasta la pederastia, el costumbrismo y el vano optimismo... Pero si le pusieran sobre su mesa de trabajo todos los órganos inmunodeprimidos del cuerpo de la Iglesia y le dijeran: proteja a uno, levántele las defensas a uno solo, ¿en qué Flandes trincharía su pica?

— Creo que el peligro más grande está en que nos convirtamos en una organización social que no esté fundada en la fe del Señor. A primera vista, parece que sólo importara lo que estamos haciendo y que la fe no es tan importante. Pero si la fe desaparece, todas las otras cosas, como hemos visto, se descomponen. Pienso que existe el peligro, con todas estas actividades y visiones externas, de subestimar la importancia de la fe y perderla, comenzar a vivir en una Iglesia en la que la fe no sea tan importante.[13]

— ¿No le digo? Usted, si llega a Papa, qué amor ni esperanza: ¡nos va a machacar con la fe! Díganos entonces algo sobre la fe. Hoy se invierte mucha energía, devaneo y hasta ingenio por traer a la fe a los incrédulos. Como si la cosa fuera sin más por sí o por no: tengo fe, no tengo fe. Me pregunto si “el peligro más grande” no sea que los que tenemos fe la agüemos, se nos diluya, se nos evapore, o sin morir del todo quede vegetando en su versión más raquítica... digo, ¿hay energías teológicas y pastorales bien invertidas en este sentido? No sé si soy claro: no un libro de apologética que me diga: “razones para empezar a creer”, sino una tapa en que se lea en grandes letras: “el arte de engordar la fe”...

(El Cardenal miró el grabador y me preguntó si podía pararlo un rato. Que él tenía un rato más, pero estaba muerto de hambre; que si yo contaba con ganas y tiempo, me invitaba a almorzar, ahí mismo. Ante mi algo ruborizado natürlich, mit vergnügen, llamó muy suelto al mozo y pidió dos menúes.)


Continuará...


el Athonita



[1] Informe sobre la Fe, Diálogo con Vittorio Messori; Alpes tiroleses, 1985.
[2] Encuentro con periodistas, Universidad Católica de san Antonio de Murcia, 2002.
[3] Prólogo Opera Omnia 23 Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[4] Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[5] Humanitas, Ibid, 2001.
[6] Discurso al Episcopado chileno, Valparaíso, 1988.
[7] Reportaje al canal EWTN, septiembre 2003.
[8] Prólogo a la Opera Omnia.
[9] Encuentro con periodistas, Universidad Católica de san Antonio de Murcia, 2002.
[10] Jesús de Nazaret, 2007.
[11] El Nuevo Pueblo de Dios, 1968.
[12] Homilía Misa de clausura Jornada mundial de la juventud, Marienfield, Köln, 2005.
[13] EWTN, septiembre 2003.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Joven Athonita entrevista al Card. Ratzinger (II)


—Bueno. Eso me tranquiliza un poco... Padre: permítame retomar el diagnóstico de fondo: se lo nota a Usted francamente convencido de que la Iglesia está seriamente enferma. De que sus cuentas (como Usted mismo ejemplificó) están al rojo vivo, al borde del default. Ahora, ¿no atenta un poco esto contra cierta certeza que nos otorga la fe, respecto a que el Espíritu Santo no abandona la Nave y la lleva de bien en mejor, en una labor evolutiva de ir "completando" la Verdad? Digo, sin saber mucho, ¿es muy peregrino pensar en algo así como una "ley de la evolución" sobrenatural, donde la Historia salvífica que va de la Ascensión a la Parusía recorre un inexorable ascenso hacia el Pleroma del Cuerpo místico? Digo, mirando un poco para atrás, san Benito no contaba con el Rosario, ni san Ambrosio con la adoración eucarística, ni santo Tomás logra siquiera bosquejar una eclesiología... Ahora, si es real esta curva ascendente de "gracia sobre gracia", de progreso perenne, ¿cómo se come esto de que, acercándonos al segundo milenio de la cristiandad, ahora de golpe porrazo está todo mal?


—Es posible que un optimismo (como el que describía de los holandeses) sea justamente una variante de la fe liberal en el progreso perenne: el sucedáneo burgués de la esperanza perdida de la fe... Para Bloch (y para algunos teólogos que lo siguen), el optimismo es la forma y la expresión de la fe en la historia y, por lo tanto, es necesario para quien quiere servir a la liberación, a la evocación revolucionaria del mundo nuevo y del hombre nuevo. En el sistema cristiano de las virtudes, la desesperación, es decir, la radical oposición a la fe y la esperanza, es calificada como pecado contra el Espíritu Santo porque excluye Su poder de sanar y de perdonar, negando así la redención. En la nueva religión, le corresponde el hecho de que el "pesimismo" es el pecado de todos los pecados ya que la duda sobre el optimismo, sobre el progreso, sobre la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es la contestación de su credo fundamental sobre el cual se funda su seguridad, que sin embargo está continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad ilusoria que es la historia.



—Usted es un tanto dialéctico. Si le sugiero cierta presencia de Dios en la historia me refriega que no hay que divinizar la historia. Es como el pesimista que siempre retruca: pesimista no; re-a-lis-ta !


—(se ríe con ganas). Mire, esto mismo me vino a la mente estos días cuando estalló el debate respecto a mi “Informe sobre la fe”, publicado hace un par de meses. El grito de revuelta levantado por este libro sin pretensiones terminaba en la acusación: es un libro pesimista! En algún lugar, se está intentando incluso prohibir la venta porque una herejía de esta magnitud sencillamente no puede ser tolerada. Los poseedores del poder de opinión pusieron el libro en el index. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra el espíritu de la época que el ser culpable de una falta de optimismo. De hecho, el planteo no fue: si es verdadero o falso lo que se afirma, si los diagnósticos son correctos o no; he podido constatar que no se molestan en plantearse semejantes cuestiones pasadas de moda. El criterio es muy sencillo: es optimista o no. Y frente a este criterio, el libro es, sin más, un fracaso. Y justamente por lo que Usted menciona: por cuestionar el dogma del progreso.


—Bueno. Vale. De todos modos, me parece que queda como escuálida la esperanza. Usted está a cargo del ministerio sobre la fe y es lógico que lo haya... pero siempre me he preguntado por qué no tendrá el Vaticano un ministerio para "custodiar" la esperanza. Si se lo propone al Polaco, no olvide decirle que fue idea mía. Imagino el candidato casi natural al cargo: nuestro argentinísimo Pironio. Él vive diciendo que ha ido a Roma a ocuparse de los religiosos no para apagar incendios sino para promover el bien. Déle unos años: ya verá Usted los frutos!


— (me mira un poco tenso, como diciendo: ¿te contesto o lo dejo pasar?, y encontrando el atajo para optar conjuntamente por ambas alternativas, esgrime:) Yo creo, muchacho, que es posible comprender la verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla, sólo si se miran de frente las imitaciones deformadoras que tratan de introducirse por todas partes. La grandeza y la razón de la esperanza cristiana salen a la luz sólo cuando nos liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas.


— Ya veo. Se me hace que si Usted llegara a Papa, su prioridad y urgencia sería hablar de la fe, ajustar los términos nítidos del contenido de nuestra fe. Y que la esperanza y el amor esperen, qué tanto; para algo se los enumera desde siempre en ese orden, ¿no?


—(Sonríe y calla. Piensa. Y remata escuetamente): Nuestro Dios es un Dios abundante en sorpresas...


— Entiendo lo de las alquimias profanas, pero no me responde del todo la pregunta: ¿qué pasa con la promesa del Espíritu Santo? ¿No queda algo devaluada la bendita "indefectibilidad"?


— Pienso que tenemos que recordar a Nuestro Señor que nos dijo ―Dentro de los campos de la Iglesia no sólo habrá trigo sino también paja; de los mares del mundo obtendrán no sólo peces sino también cosas inaceptables. Entonces, el Señor nos anuncia como comunidad, una Iglesia en la que existirán escándalos y pecadores. Tenemos que recordar que San Pedro, el primero de los apóstoles, fue un gran pecador y a pesar de eso el Señor quiso que este Pedro pecador sea la roca de la Iglesia. Con esto, ya nos había indicado que no esperemos que todos los Papas sean grandes santos, cabe presuponer que algunos de ellos sean pecadores. Nos anuncia que en los campos de la Iglesia habrá mucha paja. Esto no debería sorprendernos si consideramos la historia de la Iglesia. Han existido otros tiempos que por lo menos han sido tan complicados como los nuestros con escándalos, cosas, etc. Todo lo que debemos hacer es pensar en el siglo IX, el X, el renacimiento. Entonces, contemplando las palabras del Señor en la historia de la Iglesia, cabe relativizar los errores y escándalos de hoy...



— Bien. Osado lo suyo. Me gustó. Le cambio de tema... o no tanto. Porque con esto del optimismo y el pesimismo, se me viene a la cabeza el asunto del mal. Le parecerá petulante de mi parte; o necio tal vez, pero me parece que lo más delgado de nuestra fe (y por donde el hilo se deshilacha fácilmente) es esto de un Dios bueno castigando nuestros desaciertos. Los castigos intratemporales tienen su minúscula lógica: son correctivos, son el zamarreo, el megáfono de Dios llamando a alerta máxima... (de todos modos, curar un mal infligiendo un mal tiene sus grietas pedagógicas); pero sobre todo: del castigo eterno, ¿qué bien puede seguirse? No entiendo la lógica del castigo...


— Dios no nos hace el mal; ello iría contra la esencia de Dios, que no quiere el mal. Pero la consecuencia interior del pecado es que sentiré un día las consecuencias inherentes al mal mismo. No es Dios quien nos impone algún mal para curarnos, pero Dios me libra, por así decirlo, a la lógica de mi acción y, dejado a esta lógica de mi acción, soy ya castigado por la esencia de mi mal. En mi mal está implicado también el castigo mismo; no viene del corazón, viene de la lógica de mi acción, y así puedo entender que he estado en oposición con mi verdad, y estando en oposición con mi verdad estoy en oposición con Dios, y debo ver que la oposición con Dios es siempre autodestructiva, no porque Dios me destruya, sino porque el pecado destruye.


—Tan sólo para azuzar un poco el avispero, le pregunto con sorna: ¿el Concilio Vaticano II habló de Dios? No digo de parte de Dios —tema más espinoso— sino acerca de Dios...


—Bueno, bueno. Convengamos en que El Concilio Vaticano II inició sus labores con la discusión del esquema sobre la liturgia, que luego fue solemnemente votado el 4 de diciembre de 1963 como primer fruto de la gran asamblea de la Iglesia, con el rango de una constitución. Que el tema de la liturgia fuera su primer resultado fue considerado a primera vista más bien una casualidad. Pero lo que a simple vista podría parecer una casualidad, también se revela —mirando a partir de la jerarquía de los temas y de las tareas de la Iglesia— como la cosa intrínsecamente más correcta. Comenzando con el tema "liturgia", se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, la prioridad del tema "Dios". Dios ante todo, así nos lo dice el inicio de la constitución sobre la liturgia. Cuando la mirada de Dios no es determinante todo lo demás pierde su orientación.


— Dios ante todo... podría quedar como el título de este reportaje, ¿no? O como lema episcopal para tiempos vacilantes... o —quién le dice— hasta para encíclica papal en tiempos finales. Más allá del guiño a la Regla de san Benito, tiene un aire a san Miguel, a ese gallardo ―Quién-como-Dios-, ¿no? Capaz que se pensó que hacia este fin de milenio la gran estocada de Satán pasara o bien por afianzar el ateísmo o bien por promover sin rodeos el satanismo. Pero al hontanear los movimientos de la tropa enemiga se percibe más bien una estrategia alternativa: licuarlo a Dios; un Dios diluido; un Dios al que simplemente se le desmorone el "ante todo"... El plan sería: si no puedes contra Él, ni puedes unirte a Él... ¡devalúalo, licúalo! ¿No le parece?


— Claro que sí. El tentador no es tan burdo como para proponernos directamente adorar al diablo. Sólo nos propone decidirnos por lo racional, preferir un mundo planificado y organizado, en el que Dios puede ocupar un lugar, pero como asunto privado, sin interferir en nuestros propósitos esenciales.


—Así que en su opinión el Concilio, sin pretenderlo (porque era Sumo Sacerdote ese año, acotaría Juan) priorizó nomás a Dios. No todos piensan lo mismo, ¿no? Si no es pedirle lo indebido, qué nos puede decir sobre el Tradicionalismo....


— Recuerdo siempre las palabras de Tertuliano, que comentó una vez: «Cristo no ha dicho: "Yo soy la costumbre, sino "yo soy la Verdad"». Y es que Cristo no sanciona simplemente la costumbre; al contrario, él nos arranca de las costumbres. Él desea que las abandonemos, nos exige que busquemos la verdad, lo que nos introduce en la realidad del Creador, del Salvador, de nuestro propio ser. No obstante, las cosas no ocurren porque sí... ―existe una actitud de miras estrechas que aísla el (Concilio)Vaticano II y que ha provocado la oposición. Muchas exposiciones dan la impresión de que, después del Vaticano II, todo haya cambiado y lo anterior ya no puede tener validez, o, en el mejor de los casos, sólo la tendrá a la luz del Vaticano II. Y entonces el Concilio Vaticano Segundo no se trata como parte de la totalidad de la Tradición viva de la Iglesia, sino directamente como el fin de la Tradición y como un recomenzar enteramente de cero. La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún dogma y ha querido de modo consciente expresarse en un rango más modesto, meramente como Concilio pastoral; sin embargo, muchos lo interpretan como si fuera casi el superdogma que quita importancia a todo lo demás.


— Pero espere... permítame retroceder para ir de lo más fácil a lo más difícil; de lo empírico, lo fáctico, hacia estos devaneos un tanto abstractos. Pregunto, como al inicio, sin mayores matices: tras el Concilio, ¿llegó o no llegó la famosa "primavera" profetizada? El pragmatismo se lo plantearía así: los resultados, padre; la pregunta del millón es por los resultados...


— ¿Que cuál ha sido el resultado del Concilio? Yo sumo varias más, íntimamente vinculadas: ¿ha sido recibido de modo correcto? En la recepción del Concilio, ¿qué se ha hecho bien?, ¿qué ha sido insuficiente o equivocado?, ¿qué queda aún por hacer? Nadie puede negar que, en vastas partes de la Iglesia, la recepción del Concilio se ha realizado de un modo más bien difícil, aunque no queremos aplicar a lo que ha sucedido en estos años la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea: la compara con una batalla naval en la oscuridad de la tempestad, diciendo entre otras cosas: ―El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe… No queremos aplicar precisamente esta descripción dramática a la situación del posconcilio, pero refleja algo de lo que ha acontecido.


— No pero sí. Está bien. Me gusta la cita porque evidentemente no salpica a Nicea, sino al posnicea. Y trasvasado a lo nuestro, salva al Concilio y bota el agua sucia de la tina posconciliar. ¿Sería así?


— Desde ya que hoy podemos volver con gratitud nuestra mirada al Concilio Vaticano II: si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia.


—No sé si Usted u otro teólogo alemán dijo hace unos años que en definitiva todos los posconcilios son un poco traumáticos en lo inmediato. Y que la Historia de la Iglesia parece como corroborar siempre "la ley del dos-tiempos". Como que la primera impresión es floja o confusa, y segundas ponderaciones son las que terminan fraguando para la capitalización del patrimonio doctrinal perenne. Se me ocurre que, aunque 20 años hoy en día parecen muchísimos, no sea aún el segundo tiempo. Tal vez estemos en el entretiempo, y no le toque a este Papa sino al próximo reinterpretar al Concilio, ¿no cree? Pero más allá de a quién le toque, ¿de qué depende o cuál sería la lente a cambiar para pasar de la visión miope o primaria a la panorámica y definitiva?


— Sí, puede ser que sea asunto del primer Papa del tercer milenio. A él le atañerá reenfocar una ―correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, una correcta hermenéutica, para una correcta clave de lectura y aplicación. (Tendrá que explicar que) los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos. Por una parte existe una interpretación que podría llamar "hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura"; a menudo ha contado con la simpatía de los medios de comunicación y también de una parte de la teología moderna. Por otra parte, está la "hermenéutica de la reforma", de la renovación dentro de la continuidad del único sujeto-Iglesia, que el Señor nos ha dado; es un sujeto que crece en el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre el mismo, único sujeto del pueblo de Dios en camino.
(Pero ojo, que si es honesto con la historia y con sus predecesores, se esmerará en citar) ―las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que el Concilio "quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones"


— Se entiende lo de la doble hermenéutica. Y se sobreentiende cuál es la más sana. No obstante no deja de inquietarme esto: ¿y por qué hay que convocarlo a Hermes con su lleva y trae del texto a nosotros? ¿Tan confusa o ambigua ha sido la redacción? Porque eso le objetan algunos. A mí no me parece... ¿No cabría —me pregunto— en vez de hablar de una alternativa hermenéutica hablar de los que en nombre de no sé qué "espíritu" se alejan del texto y los que se atienen sin más a la letra y destilan —¡sin Hermes alguno!— su sentido? Digo, el piedeletrismo es bien objetable en textos milenarios y ante determinados géneros literarios, pero ¿un Documento con apenas 20 años pretendiendo decir las cosas sin parábolas, ¿no le haríamos un gran bien entendiendo lo que diga sin tanta interpretación?


—Estoy convencido de que [en los trabajos y documentos que abordamos desde el Dicasterio] hemos interpretado, por ejemplo, de manera totalmente fiel y casi literal la «Lumen Gentium» del Vaticano II, mientras que en estos últimos veinte años se ha ido atenuando el texto. De hecho, nuestros críticos, nos han dicho que nos hemos quedado en la letra del Concilio, pero que no hemos entendido el Concilio. Al menos reconocen que somos fieles a la letra.


— Sí! Me gusta eso: "fieles a la letra"! Suena un poco plano, ramplón, como de poco vuelo... pero se me hace que, cuando todo se ha volado demasiado, poner los pies en la letra es un modo también de volver a las fuentes. Por poner un ejemplo (y evitar el más trillado, el del uso del latín tan recomendado por el Concilio) pienso en el Diablo, tan desdibujado hoy en día, y nombrado en los documentos conciliares 17 veces... o en el Cielo, del cual tan poco se predica, y que los textos conciliares refieren en abundancia...


— Pensá que cuando Pablo VI puso de relieve la existencia real de Satanás y condenó los intentos de disolverlo en un concepto abstracto, muchos colegas teólogos le recriminaron al Papa el caer en una visión arcaica del mundo, el confundir lo que en la Escritura es estructura de la fe (el pecado) con lo que no es más que una expresión histórica y transitoria (Satanás)... Digan lo que digan algunos teólogos superficiales, el Diablo es, para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal. Y es una realidad poderosa («el Príncipe de este mundo», como le llama el Nuevo Testamento, que nos recuerda repetidamente su existencia), una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios; así nos lo muestra una lectura realista de la historia, con su abismo de atrocidades continuamente renovadas y que no pueden explicarse meramente con el comportamiento humano... Podríamos quizá decir que la desaparición de la conciencia de lo demoníaco pone de manifiesto un descenso paralelo de la santidad. El Diablo puede refugiarse en su elemento preferido, el anonimato.


— ¡Me está desordenando el reportaje, Padre! No era francamente mi intención conversar sobre demonios en esta bella mañana de otoño. Era sólo un ejemplo de asuntos conciliares evaporados en el posconcilio. Pero bueno, ya que le hincó el diente a Satán, antes de volver al Concilio dígame entonces algo también sobre el Cielo, así no le queda tan rengo el acento.


— Cielo es la plenitud definitiva de la existencia humana... Es algo primariamente cristológico. No un lugar ahistórico "al que" se llega... Esa plenitud no es para el cristiano simple música de futuro, sino lo que ocurre al encuentro con Cristo. Por eso hablar de Cielo no significa perderse en fantasías tropicales sino conocer con más profundidad la oculta Presencia que nos hace vivir de verdad y que, sin embargo, continuamente dejamos que nos la tape lo aparente, apartándonos de ella. El Cielo, en cuanto uno con Cristo, tiene el neto carácter de adoración. Donde Cristo es el templo escatológico (Jn 2,19), el "lugar" donde se rinde culto a Dios... claro que todos los elegidos no se encuentran "en" el Cielo unos al lado de los otros, sino que los unos con los otros son el Cielo en cuanto el Cristo único. Entonces toda la creación será "Cántico", gesto generoso de la liberación del ser adentrándose en el todo, y al mismo tiempo, penetración del todo en lo individual; alegría, en la que toda pregunta se resuelva y alcance la plenitud.


(Todo esto del Cielo lo dijo con un entusiasmo tal, que tuve interiormente que retractarme de un bruto prejuicio: no; definitivamente este hombre no era un mero fustigador del error y la perdición, sino un enardecido promotor de la Verdad y del Bien: del Cielo. Pero me pareció oportuno volver a la cuestión de la que procedíamos, para que él pudiera redondear esto de la letra del Concilio):


— Retomando el culebrón: digo, capaz que en vez de "re-interpretar" el Concilio lo que haga falta sea "des-interpretarlo": removedor y viruta y que quede la veta limpia de la noble madera original. ¿No?


— Pero claro. Si justamente estas absurdas situaciones (anticonciliares) han podido mantenerse hasta ahora gracias precisamente a la arbitrariedad y la imprudencia de ciertas interpretaciones posconciliares. Mostremos el verdadero rostro del Concilio y caerán por su base estas falsas protestas.


— Mire Usted. Le confieso que más bien imaginé que me insistiría en que el modo de desactivar el cisma fuera bajándole decibeles a cierta "conciliolatría"... Es que Usted mismo hace un rato me acaba de apuntar hacia allí desinflando esta tendencia a considerárselo un "superdogma" y refrescando las pretensiones más modestas y meramente pastorales de los Padres conciliares. Si lo corren para un lado, objeta que no se lo tome por superdogma, si lo apuran del otro, fustiga la minimalización... ¿Usted busca un "punto" o se trata nomás de salir a apagar incendios por donde crezca el fuego? Mire que la dialéctica no es heterodoxa... mientras sea la de Dionisio y no la de Hegel... Le propongo se pase en limpio respondiéndome esto: ¿cómo se cura esta crisis?


(No le gustó mucho mis desinhibidas y casi irrespetuosas estocadas. Pestañó un par de veces y como si sacudiera con ambas manos una cajita invisible a la altura del pecho, lanzó con vehemencia):


— Repito que para esta curación, el Vaticano II es una realidad que debe aceptarse plenamente. Con la condición, incluso, de que no se considere como un mero punto de partida del cual haya luego que alejarse a toda prisa, sino como una base sobre la cual construir sólidamente. Además, estamos recién hoy descubriendo la función «profética» del Concilio... He aquí por qué volver de nuevo a los documentos resulta hoy particularmente actual: ponen en nuestras manos los instrumentos adecuados para afrontar los problemas de nuestro tiempo. Estamos llamados a reconstruir la Iglesia, no a pesar, sino gracias al verdadero Concilio.


— Bueno. Le agradezco: ha Usted desactivado así el maldito péndulo. Espero francamente —sepa disculpar mi indomable desconfianza— que llegado el momento de dialogar con el Lefebvrismo el Papa o Prefecto de turno se expresen con igual contundencia.


Continuará......



el athonita