martes, 30 de marzo de 2010

Cristianismo Mendigo III: Hacer de la necesidad oración


Hacer de la necesidad oración

Santa Teresa decía que había que hacer de la necesidad virtud. Nosotros podemos parafrasearlo dándole una valencia oracional. Pero aún queda por contestar algo crucial, que hace al meollo de todo este asunto: ¿de qué necesidad estamos hablando? ¿Qué límite ponerle al valor del límite? Cuando insistimos en los ‘beneficios’ de las miserias, ¿bajo qué acepción lo estamos diciendo?
Digámoslo sin vueltas: bajo toda acepción.


Y ese pretende ser el osado desafío que proponemos para este Adviento (Natalio pone acá cuaresma): juntar miserias, acopiar límites, defectos, debilidades... y hasta pecados, para transformarlos a todos en un grito vivo: ¡Ven, Señor Jesús! ¡No tardes más! ¡Que el agua me llega hasta el cuello!

En una sociedad que todo lo recicla, que todo lo aprovecha, que junta cartones, vidrios, y hasta basura... nosotros debemos aprender a aprovechar el pecado, a hacer un buen ‘compost’ de todo eso que en nosotros es falta, tropiezo, error. Hay que convencerse: cuanto más pestilente, mejor abona, más augura aquello de Hölderlin: que la flor abra.

Esta es toda la propuesta para amasar un cristianismo mendigo: dejar emerger, una a una, mis limitaciones: desde las más ‘inofensivas’, como lo pueden ser mis límites físicos, mi fealdad exterior, mis pocas luces para esta tarea, para este estudio... incrementando la ‘intensidad’: mis defectos o carencias psíquicas: esa depresión, esa tendencia al desánimo, ese indomable irascible, esos temores paralizante, o incluso -¡sin miedo!- esa inclinación desordenada de mi sexualidad, de mi afectividad, o esa tendencia compulsiva a la fabulación y la mentira... Pero hay más, hay ‘abono’ más fuerte aún, que no hay que despreciar en este provecho: mis tendencias frontales al mal moral: a la violencia, al rencor; mi atrofiante egoísmo que me repliega sobre mi mismo... y, en fin, mis pecados, uno por uno, como actos y como hábitos... todos han de sumar en esto que ningún libro podrá enseñarme jamás: a tocar mi indigencia, a palpar pliego por pliego, la rugosidad de mi ser-pura-necesidad.


Tocar esta verdad nos hace libres como jamás imaginamos. El salmo 4 que pone las cosas en su punto justo: “Tú, que en el aprieto me diste anchura.” No dice: después del aprieto, o a pesar del aprieto, sino “en”... Como Jesús insistirá respecto al céntuplo “en medio” de aprietos.

Y entonces sí, lo que tal vez hasta hoy hemos considerado ‘palos en la rueda’ que inhabilitan mi vida cristiana, descubramos que se nos ofrecen (los mismísimos palos) como ‘brazos de palanca’ que me muevan a la verdad más profunda de la condición humana y habiliten en mí el cristianismo mendigo que salva.


A veces nos quieren vender -o nos vendemos nosotros mismos- un cristianismo de super-héroes, cuando la propuesta divina es de ser super-niños, hijos en el Hijo, mendigos en el Mendigo.

Caer en Dios

Dos citas, para terminar, que expresan con elocuencia este doble movimiento de un Dios derramándose sobre el Hombre y un hombre cayendo, en su pobreza, en los brazos de Dios.




“Las hojas caen, caen como de lejos,
como marchitas en los lejanos jardines del cielo:
caen con ademán de negación.
Y en las noches cae la pesada tierra
desde todas las estrellas a la soledad.


Todos caemos. Esta misma mano cae.
Fíjate en los demás: ocurre en todos.
Y sin embargo hay Alguien que acoge estas caídas
con suavidad inmensa entre sus manos”

R. M. Rilke



El agua tiende a correr hacia abajo y también lo hace el amor,
siendo ésta su fuerza de gravitación.
Lo que procede de arriba no necesita de altura,
necesita profundidad, quiere la experiencia del abismo.
Lo que procede de arriba, es ya puro y seguro,
sólo puede manifestarse descendiendo.
Lo que procede de abajo, tiende naturalmente hacia la altura,
el instinto le empuja a la luz...
El hombre quiere subir y la Palabra quiere descender.
Es de este modo que ambos se encuentran,
a medio camino, en el centro,
en la gruta de Belén."


H. U. von Balthasar





el Athonita

martes, 23 de marzo de 2010

Todas las mañanas del mundo


Jesús fue al monte de olivos.
A la aurora, volvió al Templo.
Le ponen delante a la mujer adúltera.
Jesús, inclinándose,
comienza a escribir en el suelo
con el dedo.

Jn 8,1-6


La tierra es maleable.
Por eso, a fin de grabar
de modo grácil y dúctil
la Ley nueva a transmitir,
la escribió en
tierra.

Santo Tomás de Aquino



Silente amanecer sobre brumoso Moldava —sentenció hacia sus adentros Jaromir, en respuesta a su propio juego: qué nombre le pondría al cuadro que enmarcaba la desvencijada ventana de su bohardilla.
Ciertamente estaba amaneciendo en una Praga aún quieta y otoñal. La bruma lo velaba todo con sus aristocráticas sedas. Los cobres del lúdico horizonte, ungiendo los olmos de la ribera confesaban que la paleta del supuesto pintor celaba con esmero el manejo de una sola gama. Jaromir se acordó de los períodos de Picasso y completó la ficha técnica de su curiosa pinacoteca: Silente amanecer sobre brumoso Moldava, del período ceniza y olivo.
Frotándola entre dos dedos, jugaba con una birome, ante un desmarañado pilón de hojas lisas color arena, llenas de desordenados garabatos, mientras sus ojos y entrañas seguían allí, inclinadas sobre el hiriente cuadro. —¿Qué estás escribiendo? —preguntó con desgano y en sordina la voz de ella sin sacar la cara apretada contra la almohada. Tras lo cual, se incorporó bruscamente sentándose sobre sus talones en el centro de la cama, que era una maraña de sábanas, edredones y almohadas: todo en incólume blanco. También ella era de una blancura transparente. —En serio, —insistió— ¿qué escribís?
—Mahler decía que él no componía, sino que era compuesto; yo no escribo: soy escrito —dijo de un tirón Jaromir sin darse vuelta ni distraerse de la aurora “en ceniza y olivo” en pleno acto. No perdía ese curioso hábito de sembrar el chiquero de perlas. Hacía no menos de diez años que se acostaba semanalmente con esa misma prostituta, en esa misma bohardilla, enredado en esas mismas sábanas... y un perverso placer le provocaba percibir la patética estulticia humana hecha estampa en la impermeable mueca de esa pobre mujer sin seso ni entraña, incapaz de alojar una palabra grave.
Era un modo, un tanto proléptico, de castigarse a sí mismo y constatar su propia deformidad en ese rostro lascivo y carnal, vacío y banal.
Se incorporó y le entregó los treinta euros en clara señal de pedirle que ya se fuera. Para volver a sumergir su dolor en ceniza y olivo.
Pensó en su mujer, en sus niños. En el intenso y vivo desayuno de su familia arrancando —apenas a unas cuadras de allí— un día normal y corriente: que mochilas de colegio, que tostadas a medio morder, que el firmado del cuaderno de notificaciones, que el celular, que el chirrear de la cafetera, que llaves... todo tan lejos y tan a la vuelta de su abrumada aurora.
Y las hojas de arena, empacadas, resueltas a rechazar su tinta. Noli me tangere, parecían decir. Y volvió a su cabeza la legendaria frase de Gustav Mahler...

Al quitarse las enlazadas manos de la cara, el Padre Jean-Luc no vio más que al Cristo crucificado enarbolando su inmenso y caótico escritorio, atiborrado de libros, folios, agendas, llaves, diccionarios, apuntes, un cenicero rebalsado de colillas y un cigarrillo casi entero vuelto intocada ceniza... —Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo —balbuceó para sí, pero notó que la briosa expresión del salmista, impostada desde sus entrañas carecía ya de aroma y color.
Lo habían enviado a estudiar exégesis bíblica a una pulcra universidad romana, como una salida elegante del pestilente fango en que llevaba escareándose por años: “perícopas lucanas en el evangelio de san Juan” decía el macilento título de la tesina en ciernes. Pero nadie había reparado en lo obvio: que el ladrón lo llevaba puesto; consigo. Como la lepra y el cáncer: van con uno. La lacerante apostasía interior también. Cuando la Fe deja de salar, ¿quién puede devolverle el sabor?
—Tanta cabriola para seguir en las mismas —pensó. “¡Mañana, mañana!” decían las pisadas de aquel cura de The Priest de Foulkner... para mañana volver a decir mañana, remataría san Lope de Vega. Claro que su caso no se salvaba anulando la dilación del propósito. ¿Acaso era factible volver a creer a fuerza de fuerza, por determinada determinación?
Suspiró sobre el Crucifijo, reparando en que el Cristo tenía los ojos muy cerrados. Más que expresar muerte —pensó— parecía esforzarse en apretarlos cerrados, como un niño que prefiere no mirar o como quien procura no distraer una lectura o escritura interior. Y brotó sola la plegaria, esta vez sin noria: —¿Qué lees, Señor mío; qué lees o escribes tan ensimismado en ese adentro sin fondo mientras en mi diminuta cáscara de nuez el agua me llega al cuello?
La Fe nace de la escucha —recordó—. Sólo el arenoso silencio, sin señas ni marcas, puede recibir la indómita caligrafía médica del punzante Logos. ¡Pero me ha tocado en suerte un Dios mudo alegando ser Palabra! —murmuró más con dolor que con bronca. Y recordó la no menuda paradoja que anota Borges: Aquel que se dice Verbo, Aquel de quien se han escrito bibliotecas enteras, no dejó escrito ni un escueto aforismo. Dudaría hasta de si sabría realmente escribir —pensó— de no ser por aquella única escena que lo registra escribiendo... ¡en la anodina arena irresistente! —Y parafraseando al Profeta Daniel, exclamó: —Oh Dedo como de mano humana: húndete y escribe en el fresco estuco de mi castillo interior!

No pudo resistirse a oler el perfume intenso al hallarse tan cerca de su nuca. La había llevado con prisa, de pasillo en pasillo, por el inmenso Pergamon de Berlín hasta el salón exacto donde pendía con gallardo señorío la pintura que había prometido llevarla a ver. Pero parte del trato era que él le taparía los ojos con sus manos, la acercaría hasta la proximidad del lienzo y como volcando un baldazo de terrible belleza, correría cual telón sus manos para que el payaso de Rouault le sonriera tristemente a Gertrüd. Un silencio único enmarcó el suceso. Johan alternaba mirar cómo ella miraba con mirar la mirada del cuadro. Ella estalló en llanto. Él la abrazó y le escondió el rostro sobre su pecho, como apartándola de una escena policial sangrienta. Jamás la había abrazado, más que en sueños. El payaso no dejó de mirar, ni de sonreír, ni de estar triste. —¿Por qué lo hiciste? —sollozó ella, insinuando que todo el plan de Johan tenía por cometido provocarle este quiebre. —Yo no lo hice —avisó él, cuidando que no sonara a alegato, mientras le ofrecía su impecable pañuelo blanco. —La belleza lastima e interpela sola —agregó mirándola ahora a los ojos—. Pero no reclama; sin más, actúa. No dice: “¡cambia tu vida!”; más bien susurra: “¡yo puedo cambiar tu vida!”. Y tomando su cara hecha cristales entre sus manos, como quien acoge suavemente el caer de todas las hojas del otoño, agregó con tono sentencioso: —Te traje hasta esta Faz para que dimitas ante Él tus mil intentos por devolverle lo usurpado, por restituirle tu deuda, por escribir tu vida de conversión. ¿No te das cuenta de que es Él Quien quiere escribirla?
—Quién es el payaso? —balbuceó ella. —Es Cristo —arremetió él sin demora—. Para que su alegría no nos lastime, nos la da envuelta en tristeza. Cuando el Logos se desangra, cuando la Gloria se aliena, en cóncava sintaxis, vuelve a conjugar el Mundo.
Sarah no había estado muy segura de hacerlo, cuando él le insistió: —Está bien, no lo haga; pero al menos léame; se lo ruego: al menos léame. Henry era un londinense de alcurnia y cultura, ahora abandonado de los suyos, tras llevar décadas postrado a causa de una fibrosis quística. Sarah era una de las enfermeras más jóvenes de la clínica: soltera, algo tímida, bien parecida, eficiente. Cargaba en su conciencia haber colaborado, desde su labor de enfermera, con cientos de abortos realizados en esa misma clínica. Un lacerante insomnio la horadaba por dentro cada noche con los rostros de esos niños masacrados. En el siempre tardío sueño, deambulaba por los corredores de la clínica con los descuartizados fetos entre manos hasta que la clínica mutaba en un inmenso desierto de arena, donde ella se hincaba y escarbaba frenéticamente a fin de ofrecerle sepultura a los nonatos. Pero la delgada arena volvía sola a su pozo que nunca cobraba hondura suficiente. Mientras tanto, el impávido Henry llevaba semanas acosándola con que lo desconectara o lo durmiera para siempre.
Aceptaría la propuesta de leerle. Una ciega economía le sugería que su deuda podía llegar a cancelarse por allí. —¿Algún autor o género en especial? —había animado esa mañana. —No; cualquier cosa. Una novela, en lo posible —recibió por amplia consigna.
Y allí estaba Sarah, fuera de su horario habitual, con su The end of the affair[1] de Graham Green lista para empezar. Algo nerviosa, con los pies muy juntos y el libro sobre la falda, carraspeó un poco la garganta para lanzar resuelta el epígrafe de León Bloy con que se inicia la novela: “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor.” Se sintió muy tonta al no poder continuar: un incontrolable llanto se había destrabado sobre el último compás de Bloy. Henry la miró impávido desde su cárcel.
—Señorita Miles —dijo con voz queda— somos ambos A burnt out case (un caso acabado), pero esa novela no hará falta que la lea, que ya hay Quien la escriba y entone con barroca minucia e intransferible dominio.


A Oliveira solían cargarlo con su paulatina pérdida de hábitos porteños, y su creciente inserción parisina. Solían, pues a esta altura el único hábito que preservaba era aquel universal empeño por la bebida. En un prolijo y métrico goteo lo había ido perdiendo todo: familia, amigos, empleo, vivienda, dignidad. No era más que un mendigo ingrato, como se apodaba Bloy. —Converso con el hombre que siempre va conmigo —repite para sí, recordando vagamente un verso ya ni sabe de quién. Se pregunta cómo saber si ya ha cruzado la delgadísima frontera de la cordura para iniciar un onírico descenso final por la abrupta ladera de la locura... o si Aquel Mendigo divino había llegado de veras en franca compañía. —Si eres Tú... —su mente quedó en blanco, a causa del alcohol. Trató de manotear por dentro alguna conditio coherente. Pero esas eran orillas ya muy desorilladas. —Si eres Tú, eres Tú; y si no, no —sentenció en un rapto de notable sentido común.
Un vagabundo, que insistía en proceder de las islas Orcadas (esos puntos suspensivos en que se deslía hacia arriba el Reino Unido) exhalaba una filosa melancolía y le hablaba con obstinada recurrencia de un libro de arena, que llevaba tal nombre, mucho más que por carecer de inicio y término (como aquel de Borges), por su infinita ductilidad. Y explicaba el desgreñado linyera escocés, sin énfasis alguno: —la arena, sólo cuando hace muy a la vez de papel y tinta, admite incontables versiones.
—¿Y hace bien leer ese Libro? —inquirió Oliveira, en verdad tildado en cómo se darían vuelta las hojas del invertebrado libro.
—¿Leer el libro? —el sin-techo se esforzó por entender siquiera la pregunta, como un miope fuerza el foco; o mejor aún, como quien intenta con dificultad leer en un espejo. —Entiendo que el alcohol es poderoso, pero mirá que hace falta caudalosa fantasía para imaginar a la Maga leyendo la arenosa Rayuela, a Pierre de Craon, el sembrador de campanarios, leyendo muy cruzado de piernas, L’annonce fait à Marie, o a la pobre Katiusha mojarse el dedo para dar vueltas las páginas de Resurrección. Cada ejemplo le provocaba un asombro mayor, que lo estimulaba a hurgar más, como quien disfruta del vértigo y del ridículo. —O la hermana Blanche leyendo Dialogues des carmelites desde el púlpito del refectorio; Daniel, el Mochuelo, leyendo El Camino de Delibes... Un estruendo de voces, chillidos, insultos y empujones los interrumpió al pasar por la salida de una taberna que emanaba espesos vahos indescifrables. Pero al Extranjero más que distraerlo le trajo más letra a su catarata de ejemplos: —¡Oliver Twist leyéndose a sí mismo, al fondo de un conventillo!; ¡Gregorio Samsa, sosteniendo con sus tentáculos La Metamorfosis! —¡Basta! —lo interrumpió Oliveira con indisimulada incordia. Ya le he entendido su enfoque. No nos atañe leer el Libro de Arena, pues somos sus protagonistas... o actores de reparto al menos.
—Hay más que eso —redobló el Mendigo— pero posiblemente sea demasiado para esta espesa noche parisina. Somos menos que los personajes. O más, según se mire. Lo nuestro es ser arena, donde el Dedo divino hunde el peso de su Grafía para desplegar el Poema. El andrajoso escocés se detuvo, como se clava una lanza en su destino. Y mirando muy serio y fijo al desmañado borracho, sentenció con férreo vigor, sazonado de una peculiar tristeza: —Si te dejaras escribir, Oliveira; si te dejaras escribir, conformarías una página inolvidable del Libro de Arena, una estrofa exquisita del Poema divino. El Cura cerró con violencia el bodoque de exégesis moderna y barrió con su brazo cuanto acumulaba su escritorio. Hiriente estruendo cundió en el oscuro cuarto del convento romano. Sólo el Cristo de ojos apretados quedó en pie. Hincado al lado del escombrerío de sus utilitarios, manoteó el Cristo y lo empuñó como un guerrero blande su espada. Pero de inmediato se lo llevó a la cara para desarmarse en llanto y congoja incrustándose el yeso en el rostro. —Mírame, Señor mío; ¡mírame! —clamó en un tono cercano a la impertinencia—. ¿Hasta cuándo persistirás en tu enojo? ¿Vas a estar enojado para siempre? Ciertamente no eran preguntas de un exégeta moderno. Ni tan siquiera eran preguntas. El solo timbre, estridente y desmañado, delataba un Sitz im Leben diferente de la pregunta del perito... Más bien era la supurante llaga del Hombre enlodado, clamando por una gota de piedad. —¿No ves que no soy más que polvo? Arena inconsistente, arena revuelta, tierra reseca... ¡Escríbeme, Señor! ¡Escríbeme de nuevo! Sin letras de molde; sin cuidada caligrafía: a mano alzada, como caen en danza las hojas otoñales, mit verneinender Gebärde... [2] ¡No grabes ya tu Ley en la impenetrable piedra inerte! ¡Escríbela en la arena suelta, en la tierra blanda, en el humillado humus de mi tierra abierta, que no se resiste a tu gramática! Mientras estacionaba en doble fila, sobre la Zeltnergasse, a la entrada del colegio de los chicos, repitió para sí esta imprevista frase, que llegaba con cristalina dicción desde sus napas más oscuras. —¡Escríbeme de vuelta! —dijo en voz alta y serena, paladeando cada letra. Detenido y con balizas, se había aferrado al volante como si avanzara a altísima velocidad y se dispusiera a afrontar un brusco impacto. Al fondo de la calle, como pidiendo permiso para asomarse, las hirientes agujas de la centenaria San Vito parecían imantarlo. Jean-Luc llora como un niño; como cuando alguno de esos cuatro vándalos —que ahora irrumpen en el auto sin aviso— se golpean o se asustan. —Write me again! —leyó Sarah entonando, muy compenetrada, la línea en que un tal Maurice le suplica a su amante (casada con su amigo) que no se aparte del todo, que al menos le vuelva a escribir... Pero ella ha prometido otra cosa. —Prometer cosas a Dios es usurparle su lugar —interrumpió Henry, molesto—. El Hombre no tiene palabra. Ni tiene sentido que procure tenerla. Dios tiene palabra. Y la escribe, no poniendo, como se vierte tinta, sino sacando, como se talla, se graba... como se escribe en la arena. Gertrüd, volcada sobre el petril de hierro del Oberbaumbrüche, miraba las silenciosas y dóciles aguas del plateado Spree en aurora, y masculló: —La irresistencia, la irresistencia... Henry le pidió a Sarah que se acercara lo más posible a él, rostro ante rostro, que no temiera, que no la besaría, que tan sólo quería, más que mirarla, saberse mirado por ella. El Mendigo, mientras comenzaba a clarear, se escurrió por la angosta y empedrada rue des Lombards, bajo sus añosos olivos. Antes de ensombrecerse al final de la cuadra, dándose vuelta declamó con egregia entonación: —¡Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullece aquella en que he sido escrito yo! Johan le besó las manos, sin atreverse a más: —¿quién te condena, mujer? —aventuró en un hilo de voz—. Tu nombre ha sido escrito en el Cielo, porque el Suyo dejaste grabar en tu suelo. Y allí, a la sola distancia del espesor de un velo, Henry le dijo con cuidada modulación: —Somos Escritura de Dios, Sarah; sólo que a algunos nos es dado ser el intervalo entre ciertas letras, como planea Bretón en su Lo escrito se lo lleva el viento. ¡Que nos lleve el Viento, Sarah; que nos lleve el Viento!
Acababa de despuntar el sol en la empedrada Roma. —La sombra del ciprés es alargada —susurró para sí Jean-Luc subiendo por la Via della Purificazione, al notar cómo los primeros rayos del día manchaban en sombra la calle. Pensó en Rouault y la dolida pregunta del payaso trágico: Qui ne se grime pas?[3] Es ist in allen[4] —se contestó desde Rilke. Las graves y solventes campanas de la catedral de Praga tañeron el Ángelus. Jaromir se hincó en la vereda sin resto de respeto humano. —Fiat mihi Verbum tuum[5] —balbuceó, mientras una muy aseñorada dama dejó caer una moneda a sus pies.

***
Lo mismo da Roma que Praga, Londres, París o Berlín: todos los otoños caen suavemente en Manos de Aquel que no vino a condenar sino a escribirnos de nuevo. Todas las mañanas del mundo el infatigable Logos, inclinado con esmero sobre las dóciles arenas del tablero paterno, reescribe el corazón humano. Uno. Cien. O millares. Infinitas hojas componen el vertiginoso Libro de Arena. Allí, con la grácil caligrafía de quien escribe con los dedos, se modifica el guión de un florista fanfarrón del mercado del bajo Flores porteño, a un rudo y mudo marinero mercante del gélido Báltico, de un vietnamita vendedor ambulante de linternas de papel en la abarrotada Hoi Àn, a un frustrado cura perdido en un lazareto del Congo, o el de un vendedor de alquimias en los arrabales de Bikaner.
Como dice Keats, Infatigable es de los más preclaros nombres divinos.
Pero hay llanto en Patmos por quienes se resisten.
Todas las cenizas, son olivo; todos los olivos son aurora; todas las auroras, adulterio y templo; templo y palabra. Todas las palabras, La Palabra. Y la Palabra se hace arena, y todas las mañanas del mundo, nos vuelve a escribir. En ceniza y olivo.

***
—Pero entonces, si este arcano Libro es infinito, ha de estar compuesto de variadísimos recursos literarios, incontables estilos y cadencias, coloreado de cuanta tonalidad combina las entrañas del orbe —le dijo Oliveira al Mendigo, acompañando su sentencia con el torpe ademán de quien cree estar entendiendo.
—No! —fulminó el Mendigo— No son más que variaciones sobre un mismo tema. Siempre en aurora. Y todo en ceniza y olivo. Es Mi paleta.

el athonita


21-III-2010


[1] El fin de la aventura, se entituló en la versión castellana. En verdad dice: El final del amorío.
[2] Con ademán de negación. Alude a un verso de Otoño, el famoso poema de Rilke.
[3] “¿Quien no se maquilla?” Aunque ‘grimer’ dice también la caracterización con que un actor asume su rol. Escrito por Georges Rouault al pie de la Lámina 8 de su Miserere, 1927.



[4] Ocurre (o está) en todo. Verso del ya citado poema de Rilke.
[5] Hágase en mí, según tu Palabra.




viernes, 19 de marzo de 2010

Si así trata a sus amigos...



Confesiones a mano alzada sobre la figura de San José en mi vida espiritual

De chico nunca reparé mucho en la figura de San José. Lo poco que pensaba en él era más bien "romántico": qué suerte la de este santo, ¿qué más se puede pedir que vivir y morir con María y con Jesús?, qué lindo, qué envidia, etc.

Cuando me casé primero y cuando nació la primera niña después, la cuestión fue cambiando.

Es complicado trasmitir la sensación del padre. Uno pasa a ser responsable, a cargar con la manutención, la educación, el cuidado, etc. de una familia entera. En particular los niños aparecen como una carga (hermosísima sin ninguna duda) que hay que cuidar, proteger, educar.

Uno puede privarse de más o menos cosas pero privar de algo a un hijo es una llaga. Si incluso cuando uno lo priva de algo que sabemos malo para él no podemos dejar de sentirnos mal.

Como todas las cosas grandes la paternidad es algo tan hermoso como terrible.

Y San José tampoco me decía mucho al respecto. Sabía que era modelo de padre propuesto por la Iglesia pero nunca meditaba lo suficiente en él.

Es que nunca fui muy santero ni santurrón. Nunca fui de las novenas, los triduos, los cuatriduos, etc. Siempre le tuve una mezcla de miedo y respeto a una fe supersticiosa. Y quizás por eso siempre estuve del otro lado, del que pasa de largo por todas las imágenes hasta encontrar a Cristo (y, confieso también que después de un tiempo, a la hermosísima María).

Pero un día, no sé muy bien por qué, me empezaron a aparecer en la mente todos los problemas de San José.

Y lo vi descubriendo que su promesa-esposa estaba embarazada. Aceptando con Fe ciega y absoluta un sueño que le ¿¡explicaba!? la realidad.

Los sueños y San José, que tema. Enormes noticias y desafíos para cualquier hombre se le presentaban en sueños. Como al otro José. ¡Qué Fe! ¡Qué seguridad!

Y, como transversalmente se ve (en realidad lo veo yo...) en el cuadro dibujado por Mary, uno piensa en la reflexión de Orual sobre la realidad de los sueños. La diferencia entre lo que ocurre en el sueño y lo que ocurre despierto es la cantidad de gente que mira la misma realidad. ¡Pero cuánta Fe requiere!

Y le dicen que va a ser el padre de Dios. Si yo me siento responsable no puedo imaginar si te dicen que estas cuidando no sólo a tu hijo sino a......... Dios.

Y tenés que ir con la hermosa Virgen parturienta caminando hasta Belén. Y nosotros en el último mes casi que ni salimos en auto para que no nos agarre afuera.....

Y llegan a Belén en pleno invierno y no tiene donde alojar a María. Y le encargaron el cuidado de Dios y no tiene dónde hacerlo nacer. Y dice "Dios proveerá" y Dios no provee....

Y cuando provee provee un pesebre entre animales, pajas, mugre y frío.

Y Dios proveerá pero él no puede dejar de sentirse responsable y culpable.

Y nace y otro sueño y otro viaje con la Virgen que, con un haz de luz y todo lo que quieran acaba de dar a luz. Y un viaje con un bebé recién nacido. Y nosotros teníamos guardadas a las gordas durante su primer mes para que no se contagien nada. Y ello pasean al Bebé-Dios por el desierto.

Y otro sueño y otro viaje y otra vuelta y volver a mantener a la familia.

Y el nene que se le pierde ¡le encargaron que cuide a Dios y se le pierde! Una vez perdí de mi vista en el zoológico a la mayor por no más de treinta segundos y todavía recuerdo la angustia y la sofocación en el pecho de esos segundos eternos y eternos. Y a San José se le perdió el Nene-Dios.

Y cuando lo encuentra, como si fuera poco, lo retan. El Nene-Dios lo reta y él se tiene que quedar callado.

¡Cuánta Fe! ¡Cuánta confianza en la Providencia!

Y uno entiende que sea quizás el más grande de los Santos.

Yo me la pasaría gritando con David:

¡Señor que me oprimen sal fiador por mi! o ¡hasta cuándo Señor!

Al tiempo que pensaría con Teresa:

Si así trata a sus amigos......

Natalio

Pd: Solicite ya al Athos su estatua de José (la de la foto). Si dice que viene por el post hasta quizás le hacen descuento. Llame ya.

viernes, 12 de marzo de 2010

Blogroll comentado VIII: Los papeles del silencio

El blog tiene el inmenso e inmerecido honor de presentar el próximo blogroll en la pluma de la amiga Mary.


Ella conoce muchísimo más que uno a la autora y al blog presentado: Los papeles de Ruth.


Yo me limito a un comentario.


Tienen los papeles de Ruth, al igual que el Jardín, una magia especial. Es algo parecido a lo que se percibe ante uno de esos paisajes naturales que impactan: se mezcla una suerte de intriga ante la inmensidad (siempre los temas son de gran profundidad), con algo de incomprensión (el recurso poético constante), con una especie de ansiedad por ver/leer más (suelen ser textos cortos) y con la sensación de que no se puede compartir la maravilla que se observa, de modo que la poesía queda reverberando (al decir del Athos) por dentro (no admite comentarios).

Los dejo entonces con la grande y pequeña Mary.


Natalio


“Lo que Tarquino el soberbio quiso dar a entender con las
amapolas de su Jardín, su hijo lo comprendió pero no el
mensajero”
(
Hammann)


De este modo comienza un muy interesante libro de Kierkegaard pero no es mi intención hablar del libro, sino de lo que está escondido en ese Epigrafe, el mensaje que sólo aquél que lo anda esperando puede encontrar. El mensaje que comunica una verdad propia tan propia que sólo aquel que la está buscando puede descubrir. Así son los papeles de mi amiga. Así es la luz que proyecta su estrella. Uno allí en silencio, sentado en su habitación puede encontrar, aquello que su corazón sin saberlo está buscando. Pero con un gran truco se le es comunicado a uno indirectamente a través de sus escritos, la musa canta al oído de la poeta que escribe en sus papeles lo que contempla, pero la musa también sopla al oído de quien las lee, llevándolo por lugares y paisajes familiares pero que a la vez, en mágica paradoja, encierran nuevos misterios.

Algo así como este dicho:

Cuando tengas problemas o estés afligido
Camina por el bosque con ojos bien abiertos
Porque en cada árbol, en cada arbusto, en cada uno de los animales
Y en cada una de las flores… sentirás el poder de Dios,
Él te dará consuelo y fuerzas.

Así el bosque que se encuentra escondido en los papeles de mi amiga refleja, cual luna, el secreto que la musa quiere cantarle a ella y a cada uno de nosotros al oído.

Por ello, allí no hay lugar para comentarios, sino que como María nos deja el lugar para que guardemos las hermosas palabras en el corazón.

El resto, mis queridos amigos, es Silencio.

Mary Lennox

lunes, 8 de marzo de 2010

Cristianismo Mendigo II: Desde lo hondo


Desde lo hondo a ti grito Señor

Subir o bajar: he aquí la disyuntiva de caminos. La opción es muy personal, muy concreta también; podríamos decir que es una cuestión de método: ¿dónde buscar a Dios? ¿En la ‘altura’ de mis logros, de mis destrezas, de mis cumplimientos, de mis éxitos, o en la ‘hondura’ de mis fracasos, de mis límites, de mis errores?


Peguy le cantaba a la Noche, llamándola “madre de ojos negros: eres tú quien sacas el agua más profunda del pozo más hondo”. Si hay algo de cierto en aquello de Nietzsche de que la noche es más profunda que el día -en la acepción de más ‘veraz’- esto se debe a que en ella la verdad no rebota, no refracta, sino que reposa quieta, es absorbida, como ocurre con la luz: sólo el negro no rechaza la luz, es hospitalario con la luz, como sólo el silencio es apertura a la palabra. De igual modo, nuestras carencias son las únicas ‘ventanas’ por las que acoger la Salvación. Para el pagano fuerte y valiente la noche es ‘soportable’. Para el cristiano débil y pobre, la noche es ‘amable’...

¿Dónde está tu Dios?, ¿dónde hallar a Dios?


Nuestra propuesta es fijar como coordenadas del encuentro el propio fango. ‘Allí’ se da el ‘contacto’. ¿Por qué? Las razones son varias y diversas. Responden, algunas, al modo de ser nuestro; otras, al modo de ser Suyo. Veamos:


Algo ya está dicho: la carencia destraba lo más genuino del grito de auxilio. La necesidad nos enseña a pedir ‘de verdad’.


Dice un gran poeta, F. Hölderlin:

“desde que el hombre sufre, sabe expresar lo que quiere;
sólo entonces,
las palabras justas brotan
abriéndose como flores al sol.”


Es decir, la necesidad enseña a expresar. Lo que parece ser noche cerrada es el único sol que hace florecer ‘la palabra justa’ que rasgue el Cielo para ser palabra escuchada. San Juan de la Cruz acotaría: oh Noche amable más que la alborada... oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada. Nunca terminaremos de entender la increíble paradoja que encierra una Religión que celebra, en la centralidad de su fe y de su culto, una ‘Noche’ que llama, sin más, ‘Buena’, cuando la Humanidad de todos los tiempos y de todos los cultos ha despreciado siempre la oscuridad como lo contrario a todo atisbo de bien.

Pero, volviendo al poema de Hölderlin, hay más: no es un mero asunto de ‘buena dicción’. Dios -insiste Jesús- sólo admite adoradores que lo hagan en espíritu y verdad, es decir, desde muy adentro y desde lo muy auténtico. Desde lo-que-soy. Y podría brotar la objeción: mi carencia es justamente lo que me falta de ser, lo que no-soy; no es mi verdad; mi verdad es lo que he acaudalado, no lo que he perdido o nunca tenido...

Veámoslo de este modo: si en clase de geografía, en amplio mapa de América Latina nos pide la profesora: señale cuál es la Argentina, dónde está, márquela no a ojo, sino nítidamente, en el mapa...¿Qué haré? Mi dedo irá deslizándose por el contorno, por lo que considero los límites del país... pues son esos los que constituyen la verdad de la Argentina. Toda definición es la demarcación de los límites de lo definido (por eso lo in-finito no es de-finible).

Volviendo a lo nuestro: ¿quién soy yo? ¿cuál es mi verdad? Todo lo que se da de mis límites para dentro, de mis precipicios para dentro. Ese soy yo. Por eso, cuando accedo a ellos, estoy palpando -cual un ciego- la rugosidad más genuina de mi ser: el contorno de mi ser.


Por eso, sumando razones, el límite no sólo me ayuda psicológicamente a expresarme, sino que me expresa por sí mismo, es expresamente yo mismo.


Pero hay más: desde que hay estructura de pecado interfiriendo en mi relación con Dios, lo más propio de la tarea humana no es construir sino destruir, no es poner lo que falta sino quitar lo que sobra. La soberbia es lo-que-me-sobra. Lo que tengo adherido a mí sin ser mío, sin ser yo. Y esto de la necesidad, de la carencia, hace de antídoto, de ‘removedor’ eficaz como ninguno. Podré leer cien libros que me expliquen la maldad que hay en la autosuficiencia, pero sólo el contacto con la carne viva de mi límite romperá el mito anidado en mis entrañas de que me las puedo todas. No hay atajo para esto.


Por eso, desde nuestra orilla, la necesidad desinhibe la súplica auténtica, nos instala en la verdad de nosotros mismos y nos libera de toda mentira.


Los Vulnerables

Dijimos que había razones para apostarle a los propios límites por parte nuestra y por parte de Dios. Veamos esto segundo.


¿Por qué Dios (sólo) escucha el clamor del pobre? No sólo por lo ya dicho, sino por algo más curioso: porque es el modo en que las Personas Divinas se escuchan mutuamente unas a otras.
Dios es pura saciedad. Decir lo contrario sería claramente incorrecto. No obstante la saciedad de “Dios” se da por una suerte de “autoabaste-cimiento” en el dar y recibir mutuo de las Personas divinas. Pero de éstas, individualmente, sí podemos atrevernos a decir que no se sacian a Sí mismas: ¿qué sería del Hijo si el Padre no lo engendrase? ¿Qué sería del Padre sin un Hijo que lo amase y confesase como tal? ¿Qué sería del Espíritu sin este amor mutuo? A tal punto las Personas divinas se necesitan unas a otras que podemos decir que son “Pura necesidad Unas de Otras”.


Dios es un mendigo de Dios.

Y por eso, cuando Uno de la Trinidad se hizo hombre tradujo esta ‘costumbre divina’ en costumbre humana: quiso hacerse pura necesidad. Llorar de hambre y frío al entrar, llorar de miedo y angustia al salir de este mundo. Si algo lo define a Jesús de Nazaret es su condición de pobreza. Y no en su acepción sociológica, sino en su acepción ontológica. Jesús fue un mendigo. Quiso necesitarlo todo de los otros.


Pero hay más: Dios no sólo se apiada del pobre porque ve en él la imagen y semejanza Suya y la del Hijo encarnado, sino porque encuentra en ese ‘vacío’ en esa ‘concavidad’ la forma perfecta en que encastra su Plenitud. Dios gusta engolfarse, inclinarse, volcarse sobre nuestra carencia, pues encuentra máxima armonía, coincidencia, en estos contrarios. Esto es muy bello y muy concreto: la Misericordia de Dios se despliega, ‘luce’ -diría santa Teresa- en mi miseria. Sin ella, podríamos arriesgar, la misericordia sería puro deseo divino. Sin mi necesidad de ser salvado, la Navidad es inútil, innecesaria.

Navidad es la fiesta de la luz, fiesta de la verdad. Es la fiesta en que todas las necesidades de todos los hombres de todos los tiempos son escuchadas, atendidas y respondidas. Y de esto es paradigma el Antiguo Testamento: dos mil años de generaciones de patriarcas, reyes y profetas, pidiendo, con el agua al cuello: ¡Si rasgaras el Cielo y descendieses!

Desde lo hondo de los pobres de la Escritura y desde lo hondo de la Humanidad entera brota este grito suplicando ser salvados, suplicando por un Dios-que-salve... Y cuando esta noche llegó a su ‘cenit’ a su media-noche, a su máxima oscuridad... se rasgó el Cielo y descendió. Por eso la esperanza cristiana no es la apuesta optimista de que ‘esto va a cambiar’, sino un salto mucho más osado: es la certeza de que ‘esto tiene sentido’... La necesidad tiene cara de orante, de orante escuchado; y la oración escuchada tiene cara de un Niño envuelto en pañales, cuyo nombre es Ieshuá, Jesús, Dios-está-salvando...


el Athonita


martes, 2 de marzo de 2010

Combate litúrgico


Una introducción sólo para que se entienda.

Resulta que a raíz del tema del post ¿Cristo está? se armó un interesante diálogo en los comentarios. Principalmente entre Gandalf y el Athos que se empeñaban en demostrar que no son los archirivales que el insidioso de Natalio quería presentar a la sociedad.

Pero la paz duró poco y se vienen los golpes.... (si el Athos quiere contratacar con post "ad hoc" sabe que está en su casa).

Nosotros, sin pizza y sin birra por cuaresma, podemos sentarnos a ver los embates.

Pongo los comentarios de "la anónima" y el del Athos que dieran lugar al inesperado embate.

Natalio

Dijo la anónima:

Ay, aquí siempre me encuentro con vocabulario nuevo, a ver, don Ludovicus, si me clara qué es eso de "córico".Muy bueno el "diálogo" entre los Athos y Gandalf. A ver si se repite. Encuentro un poco rara esa liturgia, que mezcla de todo un poco, pero soy nula en la materia. En fin, a ver si en el Athos se atreven al rito extraordinario, al menos cada tanto. Ahí me encantaría ir a visitarlos.


Dijo el Athos:

Estimado Gandalf: le contesto breve, dado el medio. Por mail, si quiere, le detallo más. Tras muchos años de tanteos, aquí hemos celebrado durante algunos años la Liturgia de las Horas de Rito Bizantino. (Para los Sacramentos nunca dejamos el latino). El proceso de búsqueda es largo de relatar... Usted conocerá el camino hecho por las Hermanas de Belén y la Asunción: pues algo bastante similar (en escala local, claro). Pero tras algunos años, vimos mejor retomar el Rito latino para las Horas. Justamente porque nos parecía que el “mensaje” que destilaba nuestra opción era: “para celebrar con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía... no queda otra que saltarse de Rito”. Y no.Y no, entre otras cosas, porque la Liturgia Latina admite un montón de “ad libitum” que bien aprovechadas, amplifican la “parquedad” del esquema latino básico. Y así, desde el esquema latino, sin salirnos un ápice de su estructura, y asumiendo el Tessaurus benedictino para la distribución del salterio, empleamos como HIMNO, como RESPONSORIOS (largos y breves) y como ANTÍFONAS incontables troparios y kondakions y demás yerbas buenas de la Tradición de Oriente, o del Occidente del Protomilenio, como el Ofrecimiento del incienso y el “Oh Luz Gozosa” para las Vísperas. Entre estos tesoros, no quisimos “renunciar” al Canon de san Andrés de Creta para la Cuaresma: cuidadosamente seccionada, todos los Laudes de Cuaresma van cantando —a modo de “Himno de la Hora”— un segmento del mismo. Como que en el tiempo pascual, hacemos otro tanto con el Canon de san Juan damasceno. Me interesaría mucho alguna vez conversar con Usted estos temas, sabiendo de su pericia en la materia. Sin duda el riesgo es generar una ensalada rusa, al mejor estilo Annibale Bugnini o el mix de Andrè Gouzes OP... pero nos ha parecido que el desafío es lícito. Por caso, también durante el Ofertorio de la Misa cantamos el Querubikón, para parejo escándalo de progres y latinistas a ultranza. athos

Pega Gandalf

Estimados Athonita y anónima pendiente: Pido perdón por el retraso pero las cosas se me complicaron y no he tenido ocasión antes de sentarme a escribir lo prometido. No quiero dejar pasar mas tiempo y quiero empezar, aunque no pueda acabar con todo.

Antes que nada quiero aclarar que considero que el tema es arduo y no haré otra cosa que "intentar pensar" como es denominador común en este Blog.


También como preliminar quiero aclarar a la Anónima que se declara ignorante (en postura socrática la sabiduría más alta sería descubrir la propia ignorancia, por lo que la Anónima no andaría entonces tan mal en el camino del saber), que mi ejemplo del himno griego de los Querubines adaptado en gregoriano latino, no era para decirle que no debía encontrar "rara" una liturgia que mezcla un poco de todo, sino que no es en nombre de la "latinidad" que deba venir la objeción.

Y comienzo. Antes que nada me parece que no es bueno que se produzca una "dislocación" entre los dos miembros de la liturgia que son el oficio y los sacramentos, en especial la Misa. Esto rompe la unidad profunda que debe unir a ambos y que se expresa por algunos elementos que se encuentran en uno y en otra, sirviendo justamente como elemento de unidad característico de la celebración de cada día, en especial: la oracion colecta en el rito latino, los troparios en el bizantino. Además de que cada rito tiene su calendario propio y cambiarlo para adaptarlo al otro sería desnaturalizar el rito.

Por eso es que no me parece buena solución aquella que habían adoptado en una época, y menos aún tratándose de una comunidad monástica que debe hacer girar su día en torno al "opus Dei".

Pero mucho más me preocupa un principio que ud parece considerar el punto clave para su visión del problema y el criterio para hallarle solución. Y es cuando dice que ha sido determinante en su búsqueda el poder “celebrar con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía...". A mi entender aquí hay un problema, no propio del Athonita, sino un problema que está "en el aire": la Idea de que la oración de la Iglesia es algo que tenemos que "hacer" nosotros.

Que después lo concreticemos buscando hacer algo "ecuménico" para que puedan participar miembros de diversas confesiones sin distinción, algo "pastoral" para que la gente venga atraída por un clima de festichola alienante o por el contrario algo “con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía..." tomando de aquí y de allá de la rica panoplia eucológica de la Iglesia, no es lo esencial por más que estas diversas opciones sean lo que en general primero impresiona (aún en las reacciones "tradicionalistas") a quien se acerca a una celebración litúrgica; en el fondo todos parten del mismo principio: al "preparar" una celebración se preguntan "a ver que puede quedar bien acá" y lo solucionan según uno de los "criterios guía" arriba enumerados u otros de los múltiples imaginables, y los resultados serán mas o menos serios, según la profundidad espiritual, cultura y buen o mal gusto del que tiene a cargo la "preparación" de la celebración.

Pero la liturgia de la Iglesia no es eso, y acá nos encontramos ante el eje de la argumentación de J. Ratzinger ahora Benedicto XVI. La liturgia es algo que nos "precede" que "nos es dado". Y esto lo ha convertido en el gran adversario de lo que llama la "liturgia de laboratorio", la "liturgia fabricada" este es un tema recurrente en sus escritos sobre liturgia y la clave de bóveda de la "reforma de la reforma" y del "nuevo movimiento litúrgico" por él fomentados.

Por eso cuando usted dice "la Liturgia Latina admite un montón de “ad libitum” que bien aprovechadas, amplifican la “parquedad” del esquema latino básico". Eso, no es propio de la "liturgia latina", sino de la concepción de la reforma de Bugnini y es su quintaesencia y es, probablemente elemento clave a corregir en una eventual "reforma de la reforma".

Justamente en el libro que usted acaba de recibir, Athos, verá como en diversos articulos se apunta de un modo u otro a combatir eso, fundamental en ese sentido es por ejemplo la conferencia del gran Musicólogo y director de Gregoriano (de la excelente "Schola hungarica", de la cual se pueden conseguir, o al menos se podía hace un tiempo, grabaciones en nuestro país) el húngaro Lazlo Dobzay, quien escribió además un libro excelente llamado "The Bugnini-liturgy and the reform of the reform" que tiene cosas extraordinarias. Si le interesa se lo puedo enviar en PDF, tiene conceptos muy interesantes a propósito de los problemas que ud plantea y propone soluciones prácticas que él aplica en Hungría desde hace años.

La cuestión es que no hay el menor rastro, ni lejano, de esa presunta característica de la "liturgia latina", si uno la analiza a lo largo de su historia. El principio sí aparece, y claramente en Lutero y los reformadores protestantes (y lo digo, objetivamente, "técnicamente", no como recurso retórico barato para descalificarlo a ud.) en ellos sí el principio son ese "montón de “ad libitum” que bien aprovechados, amplifican la “parquedad” del esquema básico". En ellos, en los más serios digo, también está la búsqueda de un modo de “celebrar con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía..." y con frecuencia lo logran: en un oficio Luterano bien celebrado, con una Cantata de Bach como centro, o en el "Evensong" de un College de Oxford o de una catedral angla uno ve lo que es “celebrar con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía...".

El asunto es que en la liturgia católica, lo que se busca no es “celebrar con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía..." si no celebrar con y en la Iglesia insertándose en una de sus diversas y ricas tradiciones y una vez que recibimos ese rito que nos es "dado", ahí sí, celebrarlo en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades “con gusto, solemnidad, sacralidad y poesía...", descubriendo en aquello que nos es "dado" esos elementos.

Y todo esto es de enorme importancia: en general las reacciones contra lo que pasa de aberrante en la liturgia, sea las de los "linea media" o de los "tradi", es siempre contra la "calidad" de los elementos que se usan en esa fabricación, pero lo grave liturgicamente hablando, es el hecho mismo de la fabricación, y la mentalidad que conlleva aunque esté hecha con materiales de primerísima calidad.

Ya lo decía el entonces "profesor" Ratzinger en 1976: "El problema del nuevo Misal está en su abandono de un proceso histórico siempre continuado, antes y después de S. Pio V, y en la creación de un volumen del todo nuevo, por mas que sea compilado con material viejo, cuya publicación fue acompañada de un tipo de prohibición de todo lo anterior, prohibición, que por otra parte, es inédita en la historia jurídica y litúrgica. Esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II, puedo decirlo con seguridad, basada en mi conocimiento de los debates conciliares en la reiterada lectura de los discursos hechos por los padres conciliares".

Esta mentalidad lamentablemente no empezó recientemente, ni siquiera con el concilio (el cual en realidad ni habla de promover esto, al contrario, parece mas bien querer cerrarle las puertas...), pero en la reforma consecuente alcanzo su culminación y se convirtió en "principio". Es más, curiosamente, el mismo Pablo VI estaba ya alarmado de las consecuencias de este principio (tal vez sin ver claro la raíz) y el mismo Misal de Pablo VI fue un intento, al dejar la posiblilidad de varios "ad libitum" "controlados", de poner fin al "ad libitum" total, aunque con el éxito que está a la vista.

Por eso el que ha vivido el "ritmo" de una tradición litúrgica experimenta un rechazo instintivo de esta actitud "demiúrgica". En una liturgia tradicional (en el verdadero sentido del término, no en el de hacer lo que hacía la abuelita) uno se siente dentro de una corriente, de un flujo, que lo excede, que viene de antes y que va a continuar. Ahí se trata, al preparar una celebración no de pensar "a ver que puede quedar bien acá", sino ver "que corresponde hacer acá", pues recibo algo que me es dado y debo aprender cómo hacerlo.

Por supuesto que todo esto es esquemático y habría muchísimo que matizar.

Un par de cositas mas: aparte de la cuestión de "principios" recién expuestos, tampoco me parece afortunada la solución concreta actual. Por ejemplo, usar como himno del oficio latino partes del Canon de San Andrés o del del Damasceno es, creo, fruto de unequívoco. El Canon es un "himno" de la liturgia griega, es cierto, pero en ella "Himno" no tiene el mismo sentido que en el Oficio latino. En este es una poesía, con varias estrofas, de métrica regular, que tienen un cierto esquema, mas o menos seguido. Y se inspira en principio en el modelo de San Ambrosio.

El Canon griego, en cambio, no es una composición poética de métrica regular, sino una prosa "poético musical", por lo que en la práctica, al quitarle la música propia y la lengua original queda pura prosa. Por otro lado este género está íntimamente ligado a las "Nueve odas" bíblicas que como bloque se cantan en Maitines bizantinos como complemento del salterio. Los "cánones" son comentarios intercalados a los versículos de las odas. En ese sentido, como género, se asimilan más bien a los "tropos" latinos que a los himnos. Por otro lado el Canon de San Andrés incluye un contexto ritual muy determinado, alternancia entre celebrante y coro, postraciones en el suelo (unas 100 a lo largo de la ceremonia).

Pero siempre hay que tener precaución, porque la liturgia tiene un fuerte sentido "holístico" es decir, de "totalidad". Hay que tener cuidado de no hacer una especie de selección como esos CD de "las más bellas melodías clásicas", donde te ponen un movimiento de sinfonía de Mozart, uno de sonata de Beethoven, una Mazurka de Chopin, un aria de Puccini y un coral de Bach. Tararear la "oda a la alegría" no es la Novena sinfonía de Beethoven...

La liturgia tiene un sentido de "integralidad" adquirido a lo largo de los siglos, que es mas fuerte aún que una obra musical o literaria, por eso una Misa o una hora litúrgica tienen su unidad propia y forman a su vez parte de una unidad mas grande, en el ciclo litúrgico temporal y anual. Por eso es muy delicado tomar partes de uno y otro lado y entremezclarlas.

Sin embargo, y volviendo al plano más general, habría sí una forma que entiendo que sería la "buena" (o más bien el mal menor) de aprovechar los "adlibitums" de la nueva legislación litúrgica y es que donde puedo "elegir" meto lo que nos fue dado; vendría a ser una especie de aplicación litúrgica de otro tema caro a nuestro Benedicto: el de la "hermenéutica de la continuidad". Eso es lo que hacen algunos por ahí, creo que no tan mal, y lo que en una época se proponían hacer los del Opus. Sería utilizar la amplitud del "ad libitum" contra él mismo, "neutralizando" en cierto modo el principio corrosivo. Aunque no sea lo ideal.

Pero yo creo que el tema tiene una posible solución en la amplitud que propone Benedicto en cuanto a la inserción ritual (y es justamente para esto que la da), creo que ud y su comunidad no tienen que pensar en el "mensaje" que pasan o que no pasan (¿A quien?) sino en encontrar un modo de oración litúrgica de cuya riqueza sean "instuídos" y nutridos en su vocación monástica, y que conserve su autenticidad, es decir su unidad orgánica. Si no quieren dejar "mal parado" al rito romano, "saltando" a otro, la opción por este en su forma orgánica recibida a través de los siglos, está al alcance de la mano gracias a Benedicto...

Gandalf

NB para Natalio: Esto no es un misil contra el Athos de parte de su "archienemigo", son reflexiones en alta voz sobre un problema real, cuya solución es el gran desafío de este momento.